Uso tópico

image¿Somos originales? ¿Pensamos las cosas que decimos? De repente, un día tengo una idea. Constato que no repito lo que otros antes ya habían escrito.

Cuidado, mucho cuidado, nos advierte André Comte-Sponville: una idea nueva tiene muchas probabilidades de resultar una estupidez.

Eso que digo aquí o allí y que creo distinto y chocante puede ser una repetición; o aquello que afirmo y que juzgo inaudito puede ser una ocurrencia, una mera ocurrencia.

Bien mirado, el ingenio nos incomoda. La gente original nos fuerza, nos saca de nuestras rutinas o de nuestras casillas. ¿Y por qué? Porque los seres humanos solemos ser repetitivos: simplemente reiteramos lo que ya ha sido dicho o hecho.

Con eso evitamos la cavilación, la cogitación, la faena de pensar. Es más fácil mirar de lejos: así todo se desdibuja mejor, ea.

Pero hay personas que se estrujan las meninges de verdad: que meditan y evitan la ocurrencia o la pura repetición. Son individuos que se interrogan sobre lo que creen o lo que ven o lo que creen que ven.

La cultura humana está hecha de experiencia y de singularidad. Está hecha de ideas ya consumadas y de originalidades. Sobr esto, de las originalidades, Joan Fuster escribió un ensayo (1952) muy penetrante

La humanidad avanza a golpes de ingenio.
Los grandes del pensamiento nos fuerzan a percibir las cosas de otra manera, a abandonar incluso el sentido común.

Pero la humanidad también es rutina, rutina y rutina o mecanismo: frases comunes, tópicos mil veces pronunciados que nos ahorran esas cavilaciones a las que antes aludía.

¿Para que nos sirve un tópico? Pues para eso: para evitar el ingenio, para no tener que ingeniárnoslas, para sentirnos acompañados en los lugares comunes.

Un lugar común es eso que ahora llaman zona de confort. No hay ideas, sacudidas o protuberancias que te fuercen a salir de ti mismo. Y ahí estás: cómoda, perezosamente instalado, aplicándote el tópico.

Hace años leí un libro de Aurelio Arteta que aún les recomiendo vivamente: es un tratado sobre esta materia. Era y sigue siendo un volumen utilísimo, una obra que luego el autor ha completado con otras.

Dicho escrito era un preservativo contra el tópico, contra lo obvio, contra las obviedades, contra las trivialidades que proferimos: un antídoto contra la pereza.

Arteta es filósofo moral y justamente por ello hace una historia del pensamiento descuidado, de las negligencias. La obra se titula Tantos tontos tópicos (2012).

El autor la podría haber titulado ‘Tantos tristes tópicos’ (como él mismo admite en alguna página). Los califica de tontos porque corroboran la necedad. Son tristes porque confirman nuestra abulia intelectual.

Pensar es dar vueltas a lo evidente; aunque también es dar la vuelta a lo evidente. Pero es sobre todo hablar por uno mismo evitando ser mero portavoz de ideas ajenas.

En los tiempos actuales, los tópicos tienen dos fuentes: la tradición y el refrán, por un lado; y la publicidad y la propaganda, por el otro.

O, en otros términos, con las frases hechas suturamos nuestras heridas, sellamos el miedo que lo inesperado nos provoca: y lo inesperado es la muerte; el dolor o, simplemente, la vida.

El tópico es ganga verbal, adhesión a las convenciones y a las percepciones corrientes. El pensamiento es un esfuerzo contra el sentido común, contra las evidencias que se imponen y sobre las que no nos interrogamos, decía Émile Durkheim, siempre tan preocupado por el estudio de la moral.

Si los tópicos son repeticiones y vulgaridades, ¿de qué sirve hacer un inventario o de qué sirve analizarlos, como hace Arteta?

El filósofo vasco pisa terreno firme: el lugar común. Si examinamos el repertorio de frases hechas, averiguaremos lo endeble de nuestras construcciones; averiguaremos por qué nos dejamos llevar, por qué nos dejamos arrastrar por el engaño y las ilusiones.

En el País Vasco, Arteta se ha destacado como pugnaz oponente de lo obvio, de lo presuntamente obvio, del terror presuntamente fatal. Con sus libros y con sus artículos ha cavilado y ha demostrado que lo que muchos creían necesario e irremediable no era más que vagancia o cobardía.

Tantos tontos tópicos es un manual de instrucciones o una caja de herramientas: como un artificiero o como un sutil mecánico, Arteta desactiva los mecanismos colectivos, los engranajes a los que los individuos se dejan encadenar.

Ataca lo políticamente correcto y para ello, con inteligente paradoja, se vale de la tradición, del mejor pensamiento heredado. Esto no es filosofía corriente: es filosofía práctica.

Una de las primeras cosas que digo cuando llegó a clase a principio de curso es lo siguiente. Hay un patrimonio de cosas bien sabidas y aprendidas. No nos deshagamos de ellas

Pero a la vez vamos a desaprender, a intentar no repetir lo que ya sabemos o creemos saber. Vamos a discutir la respuesta inmediata y casi instintiva. Vamos a destapar la caja de sorpresas y la caja de los truenos.

Vamos a pensar individual y lateralmente, según nos enseñó Elías Canetti. ¿Ah, bien, y cómo se hace eso? ¡A usted se lo voy a decir!

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