¿’Yo no me callo’?, de Esperanza Aguirre

imageEl aguirrismo, la enfermedad senil del liberalismo

He devorado el último libro de Esperanza Aguirre. Admito haberlo leído entero pero a trote gorrinero: para quitarme pronto el polvo del camino y la hediondez que despiden algunas de sus páginas. Hediondez, esa pestilencia de azufre de una líder que se hace la ingenua cuando es pérfida y hasta diabólica; uña líder que se calla una parte de sus responsabilidades en el desastre que atraviesa el partido popular.

Le echa a las culpas a la inacción de Mariano Rajoy y al progresivo arrinconamiento de que ella ha sido objeto. Frente a las blanduras del presidente del Gobierno, Aguirre se presenta como la dama de hierro. Cita, cómo no, a Winston Churchill por enésima vez. Emplea al líder británico para zaherir a Rajoy:

“…si, además, hubiera hecho una llamada a los españoles para que, con su sacrificio, se pusieran a la tarea de sacar a España de la terrible situación en que la había dejado Zapatero, un poco en la línea épica del Churchill del «sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas», pues yo creo que todo habría ido mejor”.

En efecto, frente al dubitativo Rajoy, ella tiene las ideas claras. A su jefe Mariano le horrorizan los debates, añade inmediatamente. ¿Por qué razón? Pues porque sólo es conservador y no profesa el liberalismo, como manda la Providencia.

Así es, ella se declara providencialista. Es decir, se sabe devota de Dios y de sus prodigios. Si por ella fuera, la realidad estaría constituida por individuos soberanos en comunión con Dios. Las instituciones o el Estado sirven, ciertamente, pero son instrumentos invasivos que tienden a sofocar o eliminar la libertad irrestricta del prójimo.

¿Y por qué ella lleva treinta o treinta y tantos años en la política? Pues para frenar ese expansionismo, para desregular, para liberalizar, para achicar el Estado del Bienestar, ese ogro filantrópico en expresión de Octavio Paz. Etcétera, etcétera, etcétera.

Bla, bla, bla

Los tres etcéteras de doña Esperanza son la retahíla que me niego a reproducir de lo archisabidos que son.

El volumen está generalmente bien escrito (quien lo haya escrito: Aguirre-Agamenón o su porquero). Eso significa que es la suya una sintaxis sin graves incoherencias o errores. Eso sí, la Sra. Aguirre es muy dada a la expresión vulgar, a la sabiduría popular, al refrán y a la frase hecha. Como es ella, con esa campechanía de los nobles, esos que tratan con distancia y suficiencia a los plebeyos.

Ustedes se preguntarán. Si tanta ojeriza le tiene a doña Esperanza, ¿por qué se tortura con volúmenes de personajes a los que no profesa simpatía alguna? Quienes me conocen saben que me gusta la literatura circunstancial. Pero también el género apodíctico, didáctico y hagiográfico. No sólo para los domingos.

Entre semana y en entretiempo me alivio de cuando en cuando con libros-basura o con volúmenes de mucho empaque, esos que debemos a ciertos próceres de España. Sigo con fervor lacayuno la producción editorial de Esperanza Aguirre. Me ha dado muchos momentos de placer lector y de risas involuntarias, culpables.

Por eso, en ocasiones me lamento y me digo: “Justo, por Dios, relee ‘¿Qué es la Ilustración?’, de Inmanuel Kant, y déjate de literatura fantástica”. Pero no, no hay manera. Siempre regreso a Aguirre.

Trolas y medias verdades

¿Qué le encuentro a este libro, que tanto me imanta y que mucho me irrita. Lo enumero y me voy.

1. El descaro verbal, esa locuacidad presuntamente atolondrada que le hace dañar, insultar, engañar. Y ello con actitud boba e supuestamente inocente. Los aristócratas de estirpe siempre afectan actitudes de mucha sorpresa ante el plebeyismo. “Algunos pueden pensar que mi ofrecimiento era consecuencia de unas irrefrenables ansias de poder”, admite Aguirre. Pues “pueden pensar lo que quieran…” Ah, de acuerdo, ya queda todo aclarado.

Menuda caradura ideológica, la mendacidad con la que defiende su causa: la suya, la de ella y no más. La caradura es morro, largar con suficiencia y con ostentación, con pose de señora bien, sexagenaria e inocente.

2. El liberalismo rancio que dice defender. No intervención del Estado. Ésa es la divisa, pero cuando hace justiprecio de su legado se enorgullece del gasto público de la Comunidad de Madrdi: hospitales inaugurados, kilómetros de Metro abiertos a la circulación. Etcétera. Como una vulgar socialdemócrata, admite en alguna página de su prosaico volumen.

3. El barniz ‘British’ del que bobamente se cree tocada. Declarar simpatías por Gran Bretaña es una tradición poco frecuentada por la derecha española. Al fin y al cabo, de la Pérfida Albión siempre sospechamos, siempre esperamos traición. En cuanto puede, Aguirre se profesa anglófila. Hoy en día da mucho lustre. Sacas a Winston Churchill y a Margaret Thatcher y quedas como una triunfadora: de la Segunda Guerra Mundial y del izquierdismo bronco de los setenta. Pero la anglofilia le sirve para otra cosa: para sotanear a Rajoy:

“La tradición británica, la que a mí me gusta de verdad y la que a mí me gustaría que imperara en España, exige que el líder del partido que pierde unas elecciones dimita o ponga su cargo a disposición de los órganos o de los militantes del partido inmediatamente después de hacerse públicos los resultados”. Evidentemente, Rajoy ha ganado las pasadas elecciones, pero con tan magros resultados que su insuficiencia parlamentaria hace de él un perdedor.

4. La concepción nacionalista de la Historia que ella profesa aunque lo niegue. Son los otros quienes falsean el pasado, dice. Son aquellos izquierdistas y demás ralea los que recrean el tiempo remoto con fantasía mixtificadora:

“…cuando nuestros adversarios quieren descolocarnos, nos sacan algunos de estos asuntos y nuestras respuestas son siempre timoratas, balbucientes, acomplejadas y, con mucha frecuencia, insatisfactorias para los ciudadanos que nos escuchan, que, no hay que olvidar, saben muy poco de Historia de España, pero que, además, lo poco que saben está tomado del canon «progre», que es el único que se explica en nuestros colegios e institutos”. Lean otra vez, por favor: “lo poco que saben está tomado del canon «progre», que es el único que se explica en nuestros colegios e institutos”. Ahora bien, España es una gran nación desde la Hispania romana, a la que cita con legítimo orgullo.

5. La corrupcion del Partido Popular, admite, es un problemón. Ella destapó el ‘Caso Gürtel’, como ya se encarga de repetir hasta la saciedad. Y en todo caso el problema se agrava, nuevamente, por la inacción o incapacidad de Mariano Rajoy. Cuando se trata de su rival interno, sus análisis se vuelven afilados e inmisericordes:

“La corrupción no solamente es un problemón para el PP, sino que también lo ha sido, sobre todo, la respuesta que se le dio. La respuesta al caso Bárcenas, a mi juicio, fue lamentable. Aquel sms fue letal para todo el PP. Y para rematar, la triste sesión del Congreso el 1 de agosto de 2013, cuando los diputados del PP, puestos en pie, aplauden durante unos minutos a Mariano Rajoy por haber reconocido que se equivocó nombrando a Bárcenas, al que ni siquiera nombró, fue algo bastante surrealista”.

En fin, dice tantas trolas y tan seguidas, que no parece darse cuenta del ridículo de algunas de sus expresiones y conclusiones. ¿Que hay una rivalidad personal entre Alberto Ruiz-Gallardón y ella? No, en absoluto, qué va, sólo es una sana confrontación ideológica, pues Alberto es “progre”, “socialdemócrata”. Es más, concluye, “siempre he sentido por Alberto un gran afecto, no sólo de amistad, sino que, además, como soy algo mayor, mis sentimientos hacia él han sido, aunque casi no me atrevo a confesarlo, como un poco maternales”.

¿Maternales? La Madre de Dios. ¿Se puede decir mayor majadería? En fin, me voy. Háganme un favor. El último de ustedes que salga, que apague, que la Providencia ya nos iluminará ante un ser dotado de tantas luces.

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