La fiesta nacional

Cuando digo fiesta nacional no me refiero a las corridas de toros, no. Aludo a las efemérides que las naciones, éstas o aquéllas, festejan.

Estamos a 12 de octubre: qué quieren… Estamos en un día de recogimiento patriótico.

Perdonen, pero no siento nada especial. Entiendo que ciertas personas, incluso muchas, se emocionen con los himnos, las banderas de nuestros padres y los sentimientos de los antepasados.

A mí, en cambio, me provoca tedio y hasta rechazo.

La fiesta es un residuo de otros tiempos belicosos, justo cuando había que lucir con ostentación la propia fuerza: los carros y los cazas, la legión y la tropa, vaya tropa.

Entiendo la necesidad de la organización militar, y no avizoro un mundo sin artillería (pongamos).

Pero, qué quieren, a las Fuerzas Armadas no las veo como el nervio de la Nación, según tópicamente se repite.

Para quitarse este vicio les recomiendo reflexionar sobre el peso muerto de la historia en estas celebraciones. Reparemos.

Mi tesis es que las Fiestas nacionales se basan en esta lógica que ahora desarrollo.

El peso del pasado se exhuma para determinar la comunidad de los vivos. ¿A qué cosa me refiero?

Al lastre que han de acarrear los contemporáneos, un fardo, un tiempo remoto de naciones ya formadas, ya constituidas, ante las que hoy supuestamente nos deberíamos prosternar.

Ha pasado el 11 de Setembre. Admito que me resulta de una pesadez insoportable, una queja lastimera que celebra una derrota militar y ahora simplemente dicho regocijo público no es más que la quimera de un separatismo anacrónico.

Ha pasado el 9 d’Octubre valenciano, un rito cristiano y municipal que festeja el fin de los moros de la morería, nada menos. Nunca acudo a la Procesión Cívica, una marcha de simbolismos menguados y de agresividades frecuentes.

Hoy está pasando el 12 de Octubre, día de la Hispanidad, antiguo día de la Raza, y ahora un “tostonazo” castrense (como dijo Mariano Rajoy en cierta ocasión).

Son todas ellas festividades de inspiración guerrera, de una belicosidad hoy atemperada.

Pero son motivo de exaltación patriótica, combustible para naciones incandescentes y, en los casos extremos, para gentes sencillas que buscan el calor de la tribu.

También estas fiestas nacionales tienen su estética. Lamento decir que, como los toros, siempre me han producido un desinterés igualmente preocupante.

Aunque hoy los desfiles militares suelen ser de poca ostentación y los actos de afirmación suelen ser tranquilos, con tibio entusiasmo, uno no puede dejar de recordar lo que era el día de la Pilarica cuando Francisco Franco tenía mando en plaza. Qué tiempos, qué abusos.

Menos mal que vivimos en un Estado democrático. De lo contrario, ustedes y yo cantaríamos marcialmente, como un solo hombre. Unanimidades…

Aunque bien mirado, un acto como el del desfile militar o el del homenaje guerrero suele ser hoy motivo de abucheos. Es la rutina ya establecida por ciertos bárbaros y es la rabia que tan bien da en televisión. Es la base de juegos aún peligrosos.

Antes, años atrás, el 11 de septiembre en Cataluña servía principalmente para que algunos independentistas increpasen con ferocidad a las autoridades que rendían el homenaje ritual a Rafael Casanova. Hoy, el paroxismo es patología más numerosa.

Por su parte, el 9 de octubre servía en Valencia para que ciertos extremistas, ultras de mala índole, vociferasen acusando a la izquierda de catalanista: todo ello bajo el amparo involuntario o la sombra tutelar del rey conquistador, aquel que nos libró del “yugo musulmán“.

¿Y el 12 de octubre? Ah, la fiesta nacional de España servía hace unos años para que en la parada militar unas docenas de personas insultaran a José Luis Rodríguez Zapatero o al Gobierno en pleno. Qué tiempos, qué abusos. Por lo que veo, las fiestas nacionales aún sirven y continuarán.

Aunque sean unos tostonazos. O en algún caso sirvan para calentar a la parroquia: a los parroquianos se les excita con exaltación sublime y hasta con bastonazos.

No me pillarán vivo.

——

De eso y de otra municiones patrióticas hablo en El pasado no existe. Madrid, Punto de Vista Editores, 2016.

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