Marilyn Monroe by Elliott Ervitt

Sus gestos eran meditados, por supuesto. Ella quería actuar, no ser una chica del Oeste, espontánea y atolondrada.

Acudió al Actor’s Studio de Nueva York e hizo lo que pudo. No me refiero a que no llegara a alcanzar la excelencia dramática.

Me refiero a que sacó de sí la torturada vida que podía volcar en los personajes y en su existencia adulta.

Esperaba sacudirse el lastre de esos horrores infantiles. Pero esperaba también arrojar algo de luz sobre el fondo oscuro del alma.

Toda aproximación intelectual a Marilyn da juego. La podríamos someter a un psicoanálisis salvaje del que sacar algunas verdades.

Quedaríamos satisfechos, con la arrogancia de quien la ha sobrevivido. No es así. No la hemos sobrevivido.

Nuestra existencia vulgar será olvidada cuando faltemos, mientras ella aún fascinará con su mezcla de inocencia y voluptuosidad.

Mientras tanto, seguiremos sin saber la verdad honda y superficial de esta mujer, ella sí que es una esfinge con secreto.

Su epidermis clara, un simple albornoz, un pelo rubísimo que encubre el castaño que había bajo el tinte, su belleza, su serenidad.

No. Aún falta algo esencial: el gesto de su dedo índice sujeta y arruga la ceja, la levanta, cosa que le hace tener una mirada sonriente, reflexiva.

Sin ese gesto, la instantánea será una más, incluso vulgar. Es el ‘punctum’, la diferencia, lo que nos atrae de esta foto cuyo entero también fascina.

——–

Fotografías: Elliott Ervitt, 1956,

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