La máscara y la mascarilla

¿Qué rostro ofrecemos a quienes nos preguntan, interrogan o interpelan? ¿Qué cara ponemos con el fin de facilitar nuestra identificación?

Un dato… Para declarar, testificar o sencillamente para retratarse en comisarías, en aduanas, en juzgados, etcétera, nos obligan a quitarnos el sombrero, la gorra, las gafas de sol. Debemos aparecer tal como somos. ¿Y cómo somos?

Para explicarme mencionaré un caso bien cercano.

Recuerdo que, en la fotografía que me hicieron para la última renovación de mi pasaporte, me forzaron a desnudarme. Quiero decir, me obligaron a quitarme las gafas, el sombrero o gorra que entonces llevaba (no sé).

Dicho en otros términos: me forzaron a presentarme sin afeites. Fue una recomendación o conminación del policía de guardia, consejo u orden que corroboró el retratista.

Éste, el retratista, tenía su establecimiento al lado de la comisaría. Una casualidad…

El fotógrafo me convenció o me forzó: a desprenderme de todo aquello que pudiera alterar o modificar mi aspecto. Me sentía raro, claro. Desnudo.

Lo diré de manera cursi: lo que para él o el poli eran accesorios, para mí eran partes esenciales de mi ser.

Disparó. El retratista disparó mientras yo me sentía cegato y calvorota, sin la identidad con la que habitualmente me presento, incluso cuando cometo faltas.

Luego, una vez capturada mi imagen, el fotógrafo se aprestó a arreglar mi aspecto. Eso dijo. Se aprestó a mejorar la apariencia delictiva con la que yo había salido.

Sin duda, el fotógrafo era o se consideraba un artista digital. O un manitas. “Ahora le aclaro las cuencas de los ojos”. Eso me dijo sin haber visto yo cómo había salido.

El resultado, el resultado fue (y sigue siendo) espeluznante. Ese no era yo. Era otro… Hay varias posibilidades para interpretar tal cosa.

Primera. Si atendemos a aquella imagen, yo parecía regresar tras una vacación invernal, como si hubiera pasado un mes esquiando en los Pirineos o en los Alpes.

Se supone que, de haber hecho tal cosa, habría circulado con las preceptivas gafas. Esos anteojos de espejo, que no espejuelos, me habrían dejado un cerco en la cuenca.

Segunda posibilidad. Si miramos con atención la fotografía retocada, yo parecía un delincuente de pésimo pelaje, malcarado y malencarado, con una presencia turbia.

El mío sería así como el retrato policial de un detenido que mira al frente, sin anteojos ni sombrero.

Hemos visto muchas veces esas fotografías policiales en las películas. Los presuntos delincuentes, recién detenidos, tienen todos un aspecto fiero que los hace inevitablemente sospechosos. De frente y de perfil.

“Quieto, no se mueva”. Uno imagina la puesta en escena, el fogonazo que deslumbra y el rostro que queda detenido, también.

“La cara es móvil, tiene mil expresiones”, dice Giacomo Papi en Fichados. Una historia del siglo XX en 366 retratos policiales (2006). “¿Qué expresión hay que atrapar si se quiere representar la culpa y, además, detener eternamente al culpable?”, insiste.

En el retrato policial se deben evitar la máscara, el disfraz, los tics: los recursos que convierten al arrestado en un posible transformista, un tipo que hace muecas o improvisa gestos que confundan.

Abc, 25 de marzo 2021

Se fuerza al retratado en una circunstancia insólita. Por esto, el resultado pregona su mala índole, la mala cara de cualquiera.

Eso es precisamente lo que sucede cuando echamos un vistazo a las imágenes policiales de un cualquiera: que reconocemos o confirmamos lo que nos temíamos; es decir, que estamos ante un criminal que no puede disimularlo.

Pues bien, ese era el aspecto de mi fotografía para el pasaporte. Yo no era un detenido, pero mostraba un rictus malévolo o trastornado. O así me veía y aún me veo.

Hoy en día, las mascarillas nos camuflan, disimulando o taponando parte de nuestra identidad. No sabemos qué mohín o ademán está haciendo quien se halla cubierto con el barbijo (según expresion bellamente argentina).

Por incómoda que sea la mascarilla, el ocultamiento protege. Al estar emboscado no sabemos si tuerce el gesto quien nos mira o habla.

Fotografías: Audiencia Nacional

Además, si en ese momento te hacen un retrato con el barbijo, entonces tu imagen se desfigura hasta aparecer desleída, casi irreconocible. Como alma cándida.

Hay personas, sin embargo, que con mascarilla aún dan más miedo…

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