El viaje. It’s so cold in Alaska

La aventura es un reclamo para muchos de nosotros. Nos imanta. Incluso aunque estemos mayores: ¿con achaques, quizá?

Con el porvenir resuelto o incierto, el viaje es lo que nos saca de quicio o de lo obvio.

Adentrarnos en terreno ajeno u hostil nos obliga a sopesar lo propio.

También nos fuerza a vernos como lo que somos: un parte exigua del mundo.

Eso sí, de esa manera nos veremos siempre que viajemos y nos comparemos con liberalidad y soltura. Siempre que no nos desplacemos para corroborar lo bien que se está en casa.

Lo propio es bueno, malo o regular, pero no es lo único existente. Y en todo caso hay que medir las cosas de dos maneras: en contexto local y en contexto universal.

Con una vara de medir corta y otra larga.

Hay que someter lo particular, lo que nos caracteriza, a ambas operaciones. Lo que hacemos, sentimos o pensamos tiene su circunstancia bien cercana. Perdonen la evidencia.

Lo que hacemos, sentimos o pensamos también tiene su dimensión más amplia. Perdonen nuevamente lo obvio.

Ni es natural ni general lo que cada día emprendemos ni tampoco lo es aquello que hace ese pueblo distante y del que nos sentimos próximos o ajenos.

No sé si me explico o me estoy liando.

Viajar con criterio abierto nos oxigena, nos libera de las ataduras cotidianas.

O eso creemos.

O ése es el efecto, el mejor efecto.

Es también un afecto: nos hace sentirnos próximos a lo que, de entrada, no nos concierne.

Vuelvo a experimentar cierta confusión. No sé si me explico o lo estoy enredando aún más.

Para no liarlo más de lo debido, les recomiendo un libro del que yo no soy autor. Es un volumen bello, espléndidamente escrito y entretenido.

A todo se le pueden poner pegas. Pero ahora no quiero, que ha procurado horas de felicidad y hasta de risa.

Es una obra de filosofía.

Dicho así, el libro parece disuasorio. Pues no.

La autora es inglesa. En este ramo (me refiero al de la alta divulgación), los anglosajones nos ganan por goleada. Sean las ciencias duras o las humanidades, los ingleses particularmente son imbatibles.

En fin, perdón por la metáfora.

Aunque, bien pensado y hablando de ingleses, eso —así dicho— no es tan improcedente. Fútbol e Inglaterra van de consuno, aunque a mí en particular me importe un comino el balompié.

Me explico y me justifico. Mi desdén no indica o implica sentimiento superior o supremacismo alguno. Mi desdén es una carencia o un herida infantil.

I suppose.

Pero vuelvo a lo que quería decir, que me pierdo.

Les hablaba de un libro de viajes…

La autora es Emily Thomas, una jovencísima y prometedora estudiosa, y su volumen se titula originariamente The Meaning of Travel. Philosopher Abroad (2020).

Su traductora, Silvia Moreno Parrado, es respetuosa y audaz. En castellano, editado por Shackleton Books, se titula El viaje y su sentido. Cuando los filósofos se hicieron nómadas (2021).

Yo, ahora, podría sacar todo lo que de ella he aprendido o recordado. Con ello podría destripar sus contenidos. Ustedes no se lo merecen.

Me niego. Simplemente quiero estimular su lectura. La autora se plantea por qué no ha existido como tal una filosofía del viaje. Y, a la vez, nos muestra cómo la filosofía indirectamente se ha ocupado del viaje.

Al mismo tiempo, Emily Thomas narra su experiencia en Alaska.

Viajar no es exactamente hacer turismo. Al menos no es lo que la autora quiere hacer.

Viajar es descubrir lo ignoto o mal conocido, rastrear lo extraño. ¿Con qué objeto? Con el fin de sopesar lo propio, contextualizarlo.

Por ello, Emily Thomas se va a Alaska. It´s so cold in Alaska… Toma la decisión de marchar a esas frías tierras para experimentar lo distante y hasta lo inaudito. Y ello a pesar de la literatura que la precede.

Por ello, Emily Thomas se hace acompañar por quienes han filosofado sobre el viaje. Te hace pensar sobre el extrañamiento, sobre ti mismo, sobre lo que aprendes cuando rozas lo distante.

Un viaje.

Y ahora para acabar en parte parafraseo, reproduzco y repito unas palabras de Italo Calvino, de un libro suyo que trata de viajeros, de la metáfora de la lectura como viaje, precisamente. La sensación es la misma.

Esas palabras dicen más o menos así…

…Estás a punto de empezar a leer un nuevo libro sobre viajes y viajeros. Relájate. Recógete. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto.

Adopta la postura más cómoda: sentado, tumbado, aovillado, acostado. Acostado de espaldas, de costado, boca abajo. En un sillón, en el sofá, en la mecedora, en la tumbona, en el puf.

En la hamaca, si tienes una hamaca. Sobre la cama, naturalmente, o dentro de la cama.

Bueno, ¿a qué esperas…?

——-

https://youtu.be/YsDByp1e9Ks

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