El Dr. Fleming y mi padre

La historia —y la historia del siglo XX especialmente— nos muestra un sinfín de espantos y de daños infligidos a conciencia, con cruel deliberación.

No es extraño que para el Novecientos se haya hablado del siglo de los genocidios. Y de los horrores en general.

Pero en la pasada centuria alcanzamos algunos de los logros más dignos y meritorios de la Humanidad.

¿Ejemplos? ¿Quieren ejemplos?

Pues hay muchos: desde el descubrimiento de la penicilina (1928) hasta la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948).

Aún podríamos añadir otros muchos logros, logros que los damos por evidentes, por conocidos, pero que no tienen nada de naturales.

El siglo XX es también la centuria de la participación política, de la extensión de la democracia parlamentaria y multipartidista.

Y es el siglo de las mujeres (con las pioneras del sufragismo), por parafrasear uno de los libros más bellos y enérgicos de Victoria Camps. Lo tituló así (El siglo de las mujeres) pero la filósofa se refería a esta centuria en la que ahora estamos.

Etcétera.

De entrada, el pasado es un repertorio inacabable de actos infames y matanzas frecuentes.

Pero también es un abundante muestrario de acciones moralmente decentes y eficaces, acciones que nos mejoran como seres humanos.

Al mencionar todo esto, al señalar estas cosas, siempre recuerdo a mi padre: recuerdo concretamente lo que me decía cada vez que se felicitaba por vivir en su tiempo.

Él era un superviviente de la posguerra española. Pero siempre se enorgullecía de la época que le había tocado vivir. ¿Y eso?

Parecía, en efecto, estar muy satisfecho.

Si atendemos a lo que él me recalcaba (ése es el verbo), entonces uno podía pensar que vivíamos en el mejor de los mundos. Que vivíamos en el mejor de los tiempos.

Y, cuando le entraba algo de melancolía por su infancia y juventud, entonces torcía el gesto mostrando toda esa ambivalencia que tan bellamente expresó Charles Dickens al inicio de Historia de dos ciudades (1859).

Ya saben:

“Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”.

Pero mi padre no se refería al Setecientos. Se refería particularmente a los años sesenta y setenta del siglo XX. ¿Y qué tiempos son ésos? ¿El mejor y el peor de los tiempos?

Pues justo cuando comenzó a ejercer su profesión, justo cuando mi madre y él empezaron su vida en común, justo cuando, al final, pudieron asistir al advenimiento de la democracia española, a su desarrollo.

¿Y después? ¿En los ochenta? En los ochenta fue precisamente la época en que yo empecé a impartir clases en la Universidad, tarea de la que mis señores padres estaban muy orgullosos.

En un par de generaciones habíamos pasado del ultramarinos o el arado, de la trilladora o la ganadería extensiva, a los estudios y al trabajo urbano.

Sin feria alguna y sin aspavientos.

Mi padre —sanitario esforzado, meritorio y de dedicación orgullosa— siempre me hablaba del Dr. Fleming, del Dr. Alexander Fleming, añadía con mucha reverencia.

Fotografía: Alexander Fleming (1943). The collections of the Imperial War Museums. Official photographer.

—Imagínate un mundo sin penicilina —me decía—. Imagínate un mundo de infecciones sin remedio.

Yo no me lo podía representar, claro. Como tampoco podía representarme un mundo sin anestesia, sin la bendición del cloroformo.

Punto y aparte.

Días atrás leí un editorial muy sensato de El País sobre las superbacterias. Inmediatamente me acordé de mi padre.

¿Qué hemos hecho para que los antibióticos pierdan eficacia?, se preguntaba y se lamentaba el editorialista en “El poder de las superbacterias”.

Y añadía: si no ponemos remedio (control farmacológico e investigación), lo que se avecina es un mundo en el que cualquier raspadura, herida o incisión pueda abatirnos.

Las infecciones se multiplicarán sin remedio. Como antes de la penicilina. Como antes del Dr. Fleming.

Por supuesto, al ser profesor de historia, eso lo sé. Y me hago cruces. Pongamos remedio. Pongamos investigación, anestésicos, vacunación, antibióticos.

Y sentido común. Y progreso moral.

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