El pasado que no cesa

Sábado, 5 de febrero de 2022. Leo dos sustanciosas reflexiones sobre Francisco Franco y el franquismo.

Una se la debemos a Enrique Moradiellos. Se trata de una entrevista en El Español a propósito de su nuevo libro, dedicado en este caso a la relación del régimen franquista con el Holocausto.

Distingue, como es pertinente, la judeofobia del antisemitismo y señala el pragmatismo con el que obró Franco ante el horror genocida. Creo que el volumen va a ser polémico. Espero leerlo pronto.

La otra reflexión se la debemos a David Montesinos, que en un post nos habla con finura y rabia de Francisco Franco. Y de una serie documental alemana que, a su juicio, ha servido por primera vez para que los espectadores españoles descubran cómo era el Caudillo.

Montesinos nos revela los sentimientos que le inspira el pasado español, el peso del franquismo: toda una vida (la suya y la de tantos) condicionada por ese hecho.

Me siento implicado también. Me siento concernido.

Voy a repetir unas palabras que condensan mi visión del Caudillo bajo cuyo régimen viví dieciséis años.

La verdad es que llevo mucho tiempo leyendo estudios y biografías dedicadas al Generalísimo.

No lo descubro ahora y, sin duda, la ambigüedad o el pragmatismo es rasgo permanente de un Franco en el poder y siempre suspicaz.

Aprender todo lo que puedo sobre el Generalísimo es un hobby que no abandono. Y es una obligación que asumo.

Como ciudadano.

Lo que sigue resume muy brevemente esas lecturas y los efectos que esos libros me han provocado. No pretendo aleccionar a nadie. Si acaso sintetizar este fenómeno para todos los públicos.

Empecemos…

Francisco Franco (1892-1975) fue un dictador de estatura menguada y ferocidad probada. Fue un general que, al frente de una coalición militar y civil, se alzó en armas contra el régimen constitucional existente en España.

Tal suceso ocurrió en julio de 1936. La consecuencia inmediata fue una guerra civil entre los sublevados y el ejército leal al sistema legítimo: la República española.

El conflicto fue español, en efecto, y fue internacional en un contexto, el de los años treinta del siglo XX, de grandes violencias europeas, de internacionalismo bolchevique, de fascismos, inspirados en la reacción, en la antidemocracia y en el antisocialismo.

La guerra y la posterior dictadura de España no fueron fatalidades históricas, no fueron plagas mandadas por una Providencia irascible, no fueron la justa reparación y castigo de una revolución inevitable.

Las religiones políticas del Novecientos inflamaron a las masas con inmundicia ideológica. Sus tiranos respectivos repartieron munición muy dañina y emprendieron y consumaron represalias, persecuciones, represiones, exterminios absolutamente sanguinarios.

Don Francisco Franco Bahamonde, de aspecto poco marcial, fue un militar recriado en África, en la guerra colonial. De esas atrocidades aprendió tomando buena nota para así tratar y eliminar a sus oponentes.

¿Quiénes?

Los enemigos de España, la AntiEspaña, el comunismo internacional y la democracia parlamentaria. Etcétera, etcétera.

Su régimen varió a lo largo del tiempo: de un sistema de inspiración fascista y filonazi, atemperado por el tradicionalismo y los monárquicos, pasó a ser una dictadura unipersonal con familias políticas forzosamente afines bajo el mandato del Caudillo.

La Iglesia Católica le propocionó durante décadas la argamasa ideológica con la que amasaba el cerebro de los afines y de los indiferentes. También ese mejunje sellaba las fracturas internas de la coalición que aupó a Franco.

El nacionalcatolicismo fue el principal nutriente de su régimen; y la Guerra civil, epopeya cruenta, permanentemente recordada como Cruzada para exaltación de ganadores y laceración de derrotados.

El Generalísimo prácticamente llevó a la ruina al país con su política de sustitución de importaciones, una rígida autarquía que esquilmó las capacidades productivas.

Sólo el apoyo de Estados Unidos sacó al régimen de los sistemas apestados: la lucha contra el comunismo exigía mantener el bastión de una España ferozmente antibolchevique.

Sólo la hecatombe probable de un fracaso industrial, comercial y financiero permitió cambiar la política económica, una liberalización que a partir de 1959 trajo cierta prosperidad en un contexto de recuperación internacional.

Franco fue amado y detestado, ensalzado con sonrojantes ditirambos y ultrajado con opúsculos y propaganda de opositores.

Murió en la cama, tras años de represión, tras una penosa enfermedad y tras una esperpéntica agonía.

Punto y aparte.

Nada de lo que he sintetizado tiene que ver con nosotros, con nuestro tiempo y con la España de hoy. Hoy no es ayer. La historia no nos determina con sus fatalidades.

Es decir, cada generación de jóvenes puede remontar los errores y los crímenes de sus mayores. Cada generación de españoles puede marchar ligera de equipaje.

Eso sí, siempre que esos jóvenes y esos españoles conozcan de dónde venimos, un tiempo cuyos efectos no cesan.

El pasado no existe: sus consecuencias perduran. Por eso, la ignorancia culpable o arrogante sólo es temeridad.

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