Ciudad y paisaje. El feísmo

Sábado, 23 de abril de 2022. En el suplemento literario de El País, en Babelia, Antonio Muñoz Molina dedica un preciso artículo a la fealdad de España. Es una reflexión a partir de un libro, España fea (2022), de Andrés Rubio.

Es un volumen que me apresto a leer, dejándome sorprender por el horror paisajístico que allí se recoge. Muñoz Molina destaca los espantos urbanos, principalmente urbanos, que se han perpetrado en los años del esplendor edilicio.

Su artículo, con leve sorna y evidente dolor, me ha recordado uno que escribí yo mismo hace unos años, en 2006, a partir de un caso muy parecido. Adolf Beltran acababa de publicar en 2005 un libro titulado justamente La Valencia fea (La València lletja) Me dejó anonadado.

Al leerlo y ver sus imágenes escribí. Me estaba escribiendo encima, dicho malamente. Mi reflexión, adolorido por el espanto local, se publico en la revista Ojos de Papel, dirigida por Rogelio López Blanco.

Reproduzco aquí algunos párrafos de aquella denuncia…

…Viajar no consiste sólo en recorrer geografías distantes e incluso inhóspitas. Hay una superstición novelesca que nos lleva a creer que la aventura es siempre lejana, que el riesgo que nos madura se da en parajes alejados.

Y, sin embargo, lo bueno y lo malo están aquí al lado, así como lo bello, lo siniestro, lo feo o lo sublime: no son sentimientos que se deban buscar a miles de kilómetros, en viajes intercontinentales que templen nuestro espíritu.

Hay aventuras sedentarias u ordinarias que nos sorprenden a la vuelta de la esquina. En efecto, el desplazamiento más chocante puede darse cuando nos adentramos en lo cotidiano, en lo más cercano, viéndolo de otro modo.

Con las pupilas bien abiertas, anonadado por las dimensiones de la ciudad y por la rareza de sus calles, el paseante inquisitivo mira pasmándose de lo que ve y de lo que no vio antes, de lo nuevo y de lo viejo, de la destrucción y del caos, de la coherencia arquitectónica y de la incongruencia estética. De lo feo.

La ciudad es, así, un contexto inevitablemente incongruente. Pero, en el peor de los casos, es una suma de trozos que no casan y que amenazan con apoderarse de la totalidad como si de un cáncer se tratara, como si ese órgano se implantara hasta hacer su presencia numerosa, visible, dominadora. A esto, en arquitectura, se le llama feísmo.

Enumeremos algunos de manifestaciones urbanas:

—fachadas arbitrarias, de un cromatismo chillón, por ejemplo, que rompen la visión uniforme e histórica de la calle o del barrio;

—edificios de perspectivas temerarias, grotescas, con esa propensión insólitamente piramidal que a muchos seduce; contenedores que tapan o que invaden la ciudad peatonal; antenas de televisión o de telefonía que se multiplican en las cubiertas…, punzando el cielo;

—maceteros, bolardos, farolas, quioscos, marquesinas, esculturas y chirimbolos cuya artificialidad impostora, cuya estética fallera o cuyo desencaje urbano dañan la vista;

—aparatos de aire acondicionado que lucen con ostentación en el frontispicio de los inmuebles;

—mármoles o granitos pretenciosos, suntuosos;

—soluciones arquitectónicas que reproducen un colosalismo déjà vu o un pasado sin ironía hasta hacer de la ciudad un entorno kitsch.

—Etcétera, etcétera.

Lo feo en la urbe es la exhibición de la asimetría ostentosa, es la afirmación vulgar de la desarmonía, la desfiguración pedestre y pomposa de quien cree mostrar algo nuevo u original, cuando en realidad sólo alcanza soluciones repetidas, deformes y descontextualizadas.

Pero lo feo, que atenta contra el equilibrio, contra lo apolíneo, contra lo estable, contra lo coherente, puede alcanzar el estatuto de lo sublime precisamente, hasta cobrar, con el paso del tiempo, una pátina de belleza.

Modas que fueron espantosas las vemos después con gusto o se recuperan como si fueran hallazgos involuntariamente refinados.

Adolf Beltran sabe bien que estas cosas pasan y que lo que él juzga feo, rematadamente feo, esa Valencia lastrada por horrores ornamentales de la que da buena cuenta en su libro, puede muy bien rehabilitarse estéticamente en un futuro no muy lejano.

Será entonces cuando nuestros descendientes tal vez vean la ciudad de ahora como si de una escenografía audaz se tratara, con logros inverosímiles, con transgresiones intrépidas.

Ahora bien, si esto llega a suceder, será sin duda en otro tiempo o para otras generaciones. Mientras tanto, empuñando su cámara fotográfica, Beltran registra lo que para nosotros es feo, sin asomo de duda.

Y si para nuestra generación, Valencia está repleta de sobresaltos decorativos y arquitectónicos, entonces hemos de preguntarnos por qué lo hemos permitido.

La especulación urbanística es un factor, sin duda. Pero otro no menos importante es la ignorancia. En efecto, la principal debilidad de nuestro espacio urbano es la escasa preparación de muchos de nosotros, una limitación rubricada incluso por la jactanciosa incultura de tantos agentes públicos.

Aunque estemos en mejores condiciones que décadas atrás, la riqueza sobrevenida parece habernos habituado a la exhibición ostentosa e ignara.

En parte, la Valencia fea es la urbe menesterosa, con un casco antiguo cariado, en demolición, en el que se inspiró Javier Fesser para filmar La gran aventura de Mortadelo y Filemón (2003).

Pero es también la Valencia de la prosperidad, la de la America’s Cup, esa ciudad rica y jactanciosa en la que habitan individuos adinerados, incluso escandalosamente ricos, aunque no siempre bien formados.

Adolf Beltran traza con ambas, con la menesterosa y con la jactanciosa, nuestro autorretrato.

Punto y seguido.

——

De paso les dejo el enlace al artículo de Antonio Muñoz Molina en Babelia, 23 de abril de 2022:

—https://elpais.com/babelia/2022-04-23/tanta-fealdad.html

Y el enlace a mi artículo completo de 2006 en Ojos de Papel, 4 de abril de 2006:

—https://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article=2383

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