Mark Twain y sus criaturas

Historias cruzadas. Diálogos hispano–atlánticos
Ricardo Cortés y Justo Serna
, 2021
http://www.fheargentina.com.ar/dialogo-vi/

Ricardo Cortés: Sé muy bien que desde que eras apenas un adolescente encontraste en la literatura una verdadera fuente de inspiración. ¿Qué recuerdos tienes de aquellos momentos algo lejanos, en la casa de tus padres, en los que comenzaste a descubrir historias y lugares a partir de esos primeros contactos con los libros? ¿Cómo llegaste a la literatura?

Justo Serna:

…que un adolescente no se sienta conforme con el mundo, con la realidad, con lo que le ha tocado vivir es obvio. Es común y hasta universal.

Ahora bien, objetivamente eso que le ha tocado vivir y de lo que se lamenta el púber quizá no sea para tanto, quizá no sea tan grave ni tan tremendo como piensa la persona a los doce o a los catorce años.

A esas edades uno tiende a exagerar las malas composturas o las malas hechuras del mundo adulto. Razones no faltan…

Los adultos pueden ejercer violencia real o simbólica sobre los niños. Además, esos mayores suelen ser unos embusteros y encima frecuentemente fracasan cuando pregonan sus metas.

Por otra parte, la realidad es muy vulgar y desmiente casi todas las expectativas que la gente sensata y madura o inmadura se hace. En fin, de pronto o poco a poco quien es niño o ya adolescente advierte la hipocresía o el conformismo de sus mayores.

A partir de ahí, el púber busca maneras de huir, quizá abandonándose a la religión, quizá a las drogas, quizá al whisky. Pues bien, una de esas vías de escape, y bien egregia, es precisamente la literatura.

Es justo en esa circunstancia cuando yo empiezo a leer de manera frenética y, además, con fruición. Si no me equivoco, comienzo justamente a partir de los doce o trece o catorce años.

A los dieciséis ya padezco de manera definitiva ese vicio, esa compulsión.

Insisto en esta trivialidad: la adolescencia es ese instante de la vida cuando la infancia se rompe, se desvanece, y cuando lo que nos sobreviene, la pubertad, solo nos provoca decepciones y temores.

En ese contexto, la literatura te permite escapar, pensar (en) otros mundos posibles y no (en) éste, tan averiado, que te ha tocado vivir.

Hay una anécdota de esa época, que es también una imagen perdurable en mi vida. Es un episodio de la adolescencia, pero no recuerdo bien la fecha: debió de ser a principios de los años setenta del siglo XX.

Se desarrolla en el hogar, en casa de mis padres.

A partir de un cierto momento, en una de las paredes del salón aparece una pintura al óleo. Mis padres mejoran su posición social e imagino que lo que ellos creen un mueble decorativo ennoblece la vivienda, pregonando su cambio de estatus.

Ese óleo que allí aparece es un elemento exclusivamente ornamental, sin valor artístico alguno. Es un cuadro en el que hay representados un río y su rivera feraz, abundante.

No sabía, ni sé, cuál podía ser el referente real de dicha pintura, si es que el autor se había inspirado en algún río lejano o cercano. Pasé muchas horas de mi adolescencia mirando ese cuadro y su flora, tan opresiva, con un ensimismamiento malsano.

Pasé mucho tiempo examinando, escrutando su superficie e intentando ver más de lo que en realidad había.

Entonces, para mí, la imagen de aquella pintura era la de un recodo del Mississippi, tan distante y tan evocador. Me imantaba aquel óleo por decirlo de manera cursi.

Que volcara mi ensoñación en aquel Mississippi apócrifo o presunto se debía a la literatura, al efecto que la literatura me ocasionaba.

Yo había leído Las aventuras de Huckleberry Finn (The Adventures of Huckleberry Finn’, 1884) justo cuando mis señores padres decidían decorar aquel salón con dicho cuadro.

Ignoro qué veían ellos en esa pintura. Quizá combinaba bien con el resto del mobiliario, no sé.

Pero eso no me importaba. Me importaba Mark Twain y sus criaturas, que en el cuadro no aparecían, quizá porque estaban agazapadas.

Mark Twain, 1902.
Bolles, Charles E., 1847 -1914, photographer – Library of Congress Catalog

En ese momento, sus novelas me trastornan, me cambian, me obligan a repensar una situación tan vulgar como la mía, tan poco aventurada o aventurera como la mía.

Admiro y envidio las audacias o travesuras de Tom Sawyer y, sobre todo, de Huckleberry Finn. Creo que fue la primera vez que percibí con claridad uno de los efectos que la literatura podía tener en mí: la lectura como escape, en el sentido más vulgar y evidente de la palabra.

Gracias a la literatura de ficción podía evadirme de esa situación tan ordinaria, tan vulgar y tan predecible como era mi propia vida.

Ricardo Cortés: ¿Por ese entonces tendrías ahí quince o dieciséis años?

———

Diálogo VI: Justo Serna

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