Hermann y Franz Kafka. De padre y muy señor mío

Empecemos con algo archisabido y hasta trivial.

El padre, la figura del progenitor o quien la encarne, es uno de los personajes esenciales de la vida, de la vida de cada uno. 

A Él le debemos parte de nuestra existencia, parte de la herencia grande o pequeña, material o inmaterial, que hemos recibido. Es más: incluso le debemos aquello que ni si quiera no nos otorgó.

Para bien y para mal, la carga es onerosa.

Con Él, todo son deudas… O, como se dice en castizo, con Él estamos entrampados.

Y, sí, menuda trampa: le debemos lo legado y también lo que suponemos que nos dio. Pero le adeudamos también aquello que fantasiosamente creemos deberle, es decir, hasta lo que Él ignora.

Como todos comprenderemos, esto es un lío de padre y muy señor mío.

En tiempos de Sigmund Freud –a finales del siglo XIX y principios del XX–, el progenitor no sólo era el guardián de la herencia, aquel que tutelaba los linajes y el buen nombre.

Por razones obvias también era la figura indiscutida de la autoridad doméstica.

La madre tenía un papel socialmente secundario, ancilar. A ella se le reservaba la dispensa del amor, de la ternura, de los afectos. La madre era sólo o casi exclusivamente el roce carnal, la succión y la nutrición.

En cambio, ya digo e insisto, el padre encarnaba otro papel bien distinto. Era un señor distante, externo, incluso enojado y malencarado, con un rictus que expresaba permanente enfado o cólera.

Ese padre, en tiempos de Freud, solía vestir de oscuro, con aspecto grave o severísimo. De miedo. Admitámoslo: era todo un personaje…

Punto y aparte.

“Desde tu butaca gobernabas el mundo”.

En 1919, Franz Kafka escribe una carta, una carta más de las muchas que redacta y remite por aquellas fechas.

Pero esta a la que aludo permanecerá inconclusa. Jamás llega a su corresponsal, permaneciendo editorialmente inédita hasta años después.

Más adelante, se publicará como Carta al padre. Su progenitor, Hermann Kafka, era el destinatario y, por lo leído en la misiva, un tipo al que Franz temía.

Él era un hombre gigantesco –precisaba el hijo– y sobre todo alguien que «podía venir a mí casi sin motivo alguno, sacarme de la cama en plena noche y llevarme a la terraza».

Kafka, incluso maduro, seguía temiendo al padre.

‘Me sentía ya oprimido por tu simple corpulencia», admite.

“Yo, flaco, débil, esmirriado; tu, fuerte, alto, de anchas espaldas», reconoce.

«Desde tu butaca gobernabas el mundo. Tu opinión era justa; cualquier otra era disparatada, extravagante, absurda», añade Franz en 1919.

Kafka y nosotros nos medimos con Él, con el padre real, pero también con su aura, con su representación, con su fantasma.

Para Sigmund Freud, el progenitor no sólo es una presencial real. Es también –y sobre todo– un espectro interior, una figura interna, todo lo que de Él hemos fantaseado.

De entre las figuras que han pasado y pasarán por el Aula de Historia Cultural de la Llibreria Ramon Llull está Hermann Kafka.

A pesar de la exhaustiva e interesantísima biografía de Reiner Stach, nunca accederemos a él, nunca sabremos con precisión aquello que representó para la familia y, especialmente, aquello que de verdad provocó a su hijo Franz.

Este martes, 17 de enero de 2023, a las 18:30, hablaremos de la relaciones familiares, de los vínculos que se establecen entre el padre y el hijo, entre Hermann y Franz Kafka.

Hablaremos de herencias y deudas, de amores y reproches. Y hablaremos de lo que significaba ser padre a comienzos del siglo XX. 

¿Que queda de esa masculinidad parental? Rastrearemos algunos de aquellos relatos de Kafka en donde se presentan desnudas y crudas las relaciones de padres e hijos.

Entre ellos, los que iban a formar el volumen nonato ‘Los hijos’. Kafka intentó publicar un libro, titulado así, en el que reunía tres relatos compuestos entre 1912 y 1913: La condena, La metamorfosis y El fogonero.

Y rastrearemos los relatos que Jordi Llovet, máximo especialista en la obra de Kafka, reunió muchos años después bajo el título de Padres e hijos’. Son narraciones que abarcan de 1911 a 1922.

A saber: El mundo urbano, Barullo, La condena, Once hijos, Carta al padre, Regreso al hogar, El matrimonio.

La sesión del aula de historia cultural de la Ramon Llull va a ser intensa. En ella van a aflorar emociones propias y ajenas.

Y, sobre todo, vamos a nutrirnos otra vez con una literatura siempre vigente: la de Franz Kafka.

Imaginen el disfrute.

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