Fuimos a ver La zona de interés (2023), de Jonathan Glazer. Es un bellísimo y estremecedor film sobre la vida en Auschwitz.
Sobre la vida, sí, pero contemplada desde la perspectiva de la familia del comandante, Rudolf Höss.

No quiero revelar nada, pero sí que voy a detenerme en el responsable del campo. Lo que digo quizá ayude a captar mejor el film.
Leí, he vuelto a leer Yo, comandante de Auschwitz, de Rudolf Höss.
Apresado por los británicos en 1945, entregado a los polacos, Höss será obligado a escribir sus memorias. Lo hará con ganas. Todo está perdido. Puede explayarse.
Nos relata desde su infancia anodina en Baden-Baden, con un padre católico, muy piadoso, pero distante, frío, exigente, hasta la llegada a Auschwitz en 1940, con expectativas de alto funcionario.

Höss ha llevado una existencia ordinaria y contradictoria, de bronca y disciplina, de guerra y de camaradería recia, viril, en los Freikorps.
Eso sí, con una aspiración: alcanzar y organizar una vida familiar con granja y jardín.
Es laborioso, con ese activismo neurótico del que cree posible gestionarlo todo.
Es riguroso, con la obediencia del que sabe cumplir su “deber de manera puntillosa”, dice.
Así, con esos ideales domésticos, este probo ciudadano regentará el campo de exterminio ideal, aquel al que hubiese querido dar el orden definitivo y eficaz.
El orden, precisamente, y su expresión más pequeña, recóndita y bella: como un jardín bien cuidado, como una granja familiar, en una vida ordinaria y previsible.
Toda su existencia se organiza en torno a ese ideal de orden doméstico. Las cosas en su sitio, con cada pieza funcionando.
“Habituado desde niño a la obediencia absoluta, a la limpieza y el orden meticulosos, no tenía inconveniente en someterme a las duras exigencias de la disciplina”, dice.
Ése será su modelo de vida, el esquema que aplicará en Dachau, en Sachsenhausen y, después, en Auschwitz: ya afiliado al NSDAP y ya oficial de las SS.
Pero en esa gestión del orden, todo serán tropiezos.
La desatención de los superiores, dispuestos a poner en marcha la Solución Final (1942) sin los medios pertinentes. La pillería de los subordinados, dispuestos siempre a evitar el trabajo, el rigor o la responsabilidad.
Parafraseémoslo: hice lo que debía y no pude hacer más, como era mi propósito, porque ni superiores ni subordinados me ayudaron lo suficiente.
«Yo no podía estar en todo”, se lamenta. Por eso, “debido al ambiente de desconfianza general que reinaba en Auschwitz, yo mismo me acabé transformando en otro hombre”, pues “no hacía más que pensar en mi trabajo”, ese que no podía delegar con tranquilidad.
Por ello, “relegaba a un segundo plano todo sentimiento humano” y no era infrecuente que buscara “refugio en el alcohol” o en el trabajo incesante.
“No podía reflexionar: tenía que ejecutar la consigna. Mi horizonte no era lo bastante amplio para permitirme elaborar un juicio personal sobre la necesidad de exterminar a todos los judíos”.
Höss escribe con placer, orgullo, detalle. No oculta su aportación al exterminio. No se molesta en designar la naturaleza de sus crímenes, ni siquiera los califica en esos términos. Höss habla de error (el exterminio judío).
Pero eso no hace inválido dicho testimonio. Lo que nos muestra es su percepción.
“En resumen”, dice Primo Levi en la introducción (1985) que acompaña al texto, “el libro es una autobiografía esencialmente verídica, y es la autobiografía de un hombre que no era un monstruo”.
“Intento decir”, añade Levi, “que se le puede creer cuando afirma que nunca ha disfrutado al infligir dolor y al matar: no ha sido un sádico, no tiene nada de satánico”.
Es decir, que era un tipo normal de vida ordinaria que suspendió el juicio moral, que no opuso la moralidad a la presión violenta, destructiva, de su ambiente ideológico.
Y ahora, si me hacen la caridad, vean la película.
Hoy, 27 de enero, es un día señalado: la liberación de Auschwitz.

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