Primera parte.
Leo y reproduzco la sinopsis de La sociedad de la nieve (2023), de J. A. Bayona.
“En 1972, el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, fletado para llevar a un equipo de rugby a Chile, se estrella en un glaciar en el corazón de los Andes. Solo 29 de sus 45 pasajeros sobreviven al accidente. Atrapados en uno de los entornos más inaccesibles y hostiles del planeta, se ven obligados a recurrir a medidas extremas para mantenerse con vida”.
En algún momento me propuse escribir extensamente sobre esta película. He renunciado a ello.
Es más: me propuse contar pública y largamente las pegas que, como espectador o historiador, le pongo a La sociedad de la nieve.
A las personas más próximas les he confesado cuál es mi reproche, cuál es la pega fundamental que pongo a esta película, técnicamente irreprochable.
Ahora, de manera abreviada, lo diré para todos. Por supuesto mi criterio no es infalible, ni mucho menos.
Pero sí que quiero manifestar mi punto de vista que, según creo, algunas personas comparten.
La sociedad de la nieve es, sí, una película emocionante que destaca el lado altruista de los seres humanos.
En las peores circunstancias, cuando podríamos ser básicamente egoístas, hay algo en nosotros que nos impulsa a ser solidarios, que nos mueve a ser copartícipes de una experiencia colectiva, común.
¿Algo que objetar? En absoluto. El mensaje es muy positivo.
Salvo algún fallo de raccord (esas gafas con el rótulo de Ray Ban), La sociedad de la nieve es técnicamente irreprochable. Insisto en ello.
Pero, a la vez, La sociedad de la nieve es muy condescendiente. Apenas arriesga, con un Bayona que, como siempre, pisa sobre seguro.
Mostrar la calidad humana en una historia que sabemos con un final parcialmente feliz.
Recordemos Lo imposible ( 2012), también de J. A. Bayona. Ya saben: se trataba de una historia igualmente inspirada en hechos reales sucedidos en el momento del tsunami asiático de 2004.

Una familia lucha bravamente contra la naturaleza y sobre todo contra los vestigios de una civilización que son obstáculos más que auxilios.
Los pecios de aquel gran naufragio son la base con la que reconstruir la vida, pero los restos que quedan, objetos materiales arrasados y miles de muertos y heridos, son peligrosos.
El mundo se hunde, todo marcha a la deriva y no hay orden humano que ciña, no hay fundamento.
La familia, si es que sobrevive, ha de reconstruir los lazos primarios y una existencia digna, decente. Un mensaje igualmente excelente.
El film es, sí, espectacular (como el cine de catástrofes de los años setenta) y despliega un ternurismo moderado: la influencia de Steven Spielberg es patente en los niños valientes, en el padre obstinado y sobre todo en la madre coraje, María.
El relato es muy concreto, pero a la vez permite extaer lecciones sobre la vida, enseñanzas metafóricas.
Pues bien, la película es larguísima. A mi juicio le sobran veinte minutos o más.
Ya sé que las catástrofes duran y que sus efectos se prolongan a lo largo del tiempo, pero quien idea una historia no está obligado a extenderse sin contención alguna. La ficción y la vida no se parecen.
Bayona juega siempre sobre seguro, en Lo imposible o en La sociedad de la nieve, ya digo.
Los espectadores salimos recompensados, aliviados, con la ligereza de lo que sale bien…: sin plantearnos nada que nos incomode.
Segunda parte.
Que un simple espectador ponga pegas a una historia muy bien contada y recreada puede parecer una temeridad.
Es más, puede parecer que quien pone peros sólo aspira a llevar la contraria.
Al fin y al cabo, La sociedad de la nieve ha tenido una grandísima recepción, y tanto espectadores como críticos han reconocido sus méritos.
Hay un consenso en admitir las virtudes de un film que, sin didactismos, nos muestra la mejor cara del genero humano.
Quiero decir, el director ha sabido poner en el límite a los actores para reproducir el hecho real, acontecido, y para recrear el estremecimiento ante lo sublime.
Desde el romanticismo sabemos que la Naturaleza indómita forma parte de ese concepto y de ese efecto: el ser humano apenas es nada frente a la grandiosidad y fatalidad de los fenómenos atmosféricos, por ejemplo.
Los picos inaccesibles, las montañas lejanas, los valles inacabables, etcétera, todo ello nevado provoca ese efecto de magnificencia, de admiración y de horror.

Esa Naturaleza está muy por encima de las posibilidades humanas, lo factible frente a lo imposible.
Lo humano reducido a su auténtica y limitada dimensión: somos partes infinitesimales de un todo que siempre nos sobrepasa.
Precisamente, lo que la película se propone mostrarnos es una paradoja: la gesta de lo imposible humano frente a la inevitabilidad de lo probable, la muerte.
La fuerza del colectivo, la capacidad de respuesta, el empeño solidario y, sobre todo, el ansia de vivir de los pasajeros, de los supervivientes, pueden con todo.
El grueso de quienes sobreviven son muchachos que forman precisamente un equipo de rugby. La individualidad no basta, pues.
Y, en la nieve, en el abandono extremo, arrojado a lo inalcanzable, un equipo humano se sobrepone a los miedos y a las sacudidas de la Naturaleza, bella, pero siempre amenazadora.
La lección moral, como antes señalé, es irreprochable. Pero aquí no juzgamos conductas humanas. Aquí hablamos como espectadores.
¿Qué habría pasado si Bayona hubiera optado, con los mismos recursos, por realizar un film de ficción?
Los espectadores ignoraríamos cuál es el saldo de esos padecimientos. Ignoraríamos si el embate contra el azar y la naturaleza tendrán o no recompensa.
Imaginemos sólo la posibilidad de que los náufragos no pudieran efectivamente superar la fatalidad de lo sublime, de lo terrorífico.
Quizá en ese caso la incomodidad y la impotencia de todos nosotros serían manifiestas, puro estremecimiento.
En ese caso, la historia sería menos consoladora, obligándonos el director a plantearnos cuestiones que están en el límite de lo humano.
En cambio, en una historia basada en hechos reales cuyo fin no ignoramos, los espectadores y el cineasta caminamos con red, sin el peligro de despeñarnos.
Sabemos cuál es el final de las cosas, que ya no sería la muerte irreparable, sino la salvación, la redención: una moraleja reparadora.
Por tanto, como espectadores de La sociedad de la nieve reflexionamos, sí, pero sin arriesgar demasiado.

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