Fernando Savater y yo. Memoria y duelo

Alguien, privadamente, me pregunta algo quizá embarazoso. No creo que lo sea. Respondo a esa persona públicamente.

“¿Podría interpretar el libro Fernando Savater. La deriva de un intelectual como unas memorias en las que el autor, usted, revela y describe sus relaciones con el intelectual vasco?”

Por supuesto.

Mi ensayo, publicado por Sílex ediciones, puede interpretarse como una forma de memorias personales en las que exploro el vínculo intelectual y emocional con alguien, con un referente que, junto a otras fuentes, marcó mi formación y mi visión del mundo.

Aunque el ensayo es crítico —muy crítico, incluso áspero—, hay en él una carga confesional, casi autobiográfica, que lo aleja del simple ajuste de cuentas y lo acerca al género del testimonio o la crónica íntima.

Jamás fui discípulo directo de Fernando Savater, pero sí un lector fiel y apasionado. Lo seguí durante décadas, lo defendí, lo cité e, incluso, lo imité. Esa fidelidad me convirtió en una suerte de discípulo a distancia.

Por eso, cuando escribí mi ensayo no estaba escribiendo sólo sobre Savater, sino también sobre mí, un lector que lo estudió y lo admiró.

Pero mi volumen es el relato de un desengaño. Si se me permite decirlo así, la trama del libro recuerda la narrativa clásica de la desilusión, con sus pasos y sus fases.

Hay un maestro brillante, hay un seguidor devoto y respondón y hay una caída de ese preceptor: desde la altura intelectual hacia la caricatura de sí mismo. Ese declive no lo cuento con frialdad analítica, sino con tristeza, enfado y nostalgia.

El tono, por momentos, tiene mucho de relato de pérdida: “lo estamos perdiendo”, escribo en uno de sus apartados. Es una crítica que nace de la decepción afectiva.

El texto funciona como un espejo doble: retrata a Savater, pero también refleja al Serna lector, ciudadano y joven profesor, aún en evolución.

No escribí este libro para saldar cuentas con él ni para ganar ninguna batalla cultural. No hay triunfo posible cuando uno escribe sobre alguien que admiró tanto.

Escribí porque sentía la necesidad de entender qué había pasado, no sólo con Savater y algunos de sus colegas, también referentes, sino conmigo mismo.

Al ver su deriva tuve que revisar también mi propia historia de lector, de ciudadano. ¿Qué dejé pasar, qué celebré demasiado, qué callé por respeto, por afecto, por comodidad? Savater no me debe explicaciones.

Yo, en cambio, sí me las debo a mí mismo. Y este libro es eso: una explicación íntima hecha pública, una carta al individuo que fui y que Savater fue, y al que —me temo— ya no volveremos a ver.

Lo digo sin inquina, pero también sin consuelo. Lo admiré porque me ayudó a pensar con libertad. Hoy escribo porque esa misma libertad me obliga a decir: ese Savater ya no está.

Durante décadas, Fernando Savater fue el intelectual por excelencia en España. Irónico, libre, culto, desafiante. Supo hablar de filosofía con humor, defender la ética en tiempos oscuros, enfrentarse al fanatismo con argumentos. Fue, para muchos, eso: un referente.

Este libro no es una biografía convencional, como algún crítico despistado me exigía hacer. Tampoco es un ensayo académico, exactamente académico.

Es algo más incómodo o más sincero: una memoria crítica escrita desde la admiración rota. Ese lector devoto y atento que fui recorre la trayectoria pública de Savater desde la Transición hasta hoy, confrontándola con la propia evolución de uno mismo.

¿Qué ocurre cuando el maestro que creí iconoclasta se convierte en un reflejo iracundo de sí mismo? ¿Qué pasa cuando quien te enseñó a pensar libremente ya no escucha a nadie, sólo a sus amigos reaccionarios?

Un descenso: de la lucidez ética al ruido reaccionario; del gesto festivo al mohín agrio; del referente público al columnista agraviado y ultrajante.

Pero éste no es sólo un ajuste de cuentas. Es también el relato de un duelo, una reflexión sobre el paso del tiempo, la responsabilidad del intelectual y la dignidad de saber callar a tiempo.

¿Y por qué este libro ahora?, me pregunta la persona que motiva estas palabras. Pues por mi propia edad… y por el estado de las cosas.

Vivimos una crisis profunda de figuras intelectuales públicas. La polarización mediática y política ha desplazado a no pocos pensadores hacia el espectáculo, la irrelevancia o el grito: la decadencia del pensamiento matizado.

Insisto: mi libro se presenta como una suerte de «memorias intelectuales» en relación con la figura de Savater. La clave para entender esto reside en la forma en que está concebido: a partir de mis escritos fechados, datados.

Esto implica que el libro refleja en tiempo real cómo he percibido y reaccionado ante la evolución del pensamiento y la figura pública de Fernando Savater.

En este sentido, las memorias intelectuales en clave no son (no podrían ser) las de Savater, sino las mías, que me valgo del escritor donostiarra como un eje y ejemplo.

Es una mirada crítica y reflexiva, que no busca ser una exposición objetiva de la vida de Savater, sino una interpretación personal y contextualizada de su evolución, a través de la lente de mis propios textos y observaciones.

Alguien me reprochó algo cierto. ¡Pero es usted muy subjetivo! Claro: no podía serlo de otra forma. Pero la subjetividad no es arbitrariedad o simple encono. Es, puede ser o debe ser, autoanálisis.

Así es. Y yo, qué quieren, tampoco salgo bien parado.

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