En estos días ha vuelto el 23-F.
No me refiero al 23-F como acontecimiento histórico —ese no se ha ido nunca—, sino al 23-F como espectáculo periódico: el misterio renovado, la insinuación de papeles decisivos, la sospecha de un plan maestro cuidadosamente oculto durante décadas.
Cada cierto tiempo, el golpe de Estado reaparece envuelto en la promesa de una revelación que lo reordenará todo. Y, sin embargo, lo que suele reaparecer es otra cosa: el deseo de que exista un secreto proporcional a la magnitud del episodio.
Un artículo reciente de Javier Cercas en El País ha irritado a algunos colegas míos, los historiadores. Lo ha hecho porque sostiene, con una mezcla de ironía y contundencia, que el gran secreto del 23-F es que no hay un gran secreto.
Que las lagunas documentales, las zonas de sombra, las clasificaciones todavía vigentes no autorizan por sí mismas la construcción de una teoría total. Que el vacío no es una prueba; es, a menudo, solo vacío.
Soy historiador. Y, sin embargo, estoy de acuerdo con él. Conviene aclarar el terreno. Una cosa es la clasificación y desclasificación de documentos y otra, muy distinta, su pérdida o su destrucción.
La clasificación es un procedimiento administrativo y jurídico: establece tiempos, límites, carencias y protocolos de acceso. Puede discutirse su oportunidad, su duración, su racionalidad. Pero pertenece al orden de la norma.
La destrucción o desaparición de documentos pertenece al orden de los hechos materiales: puede deberse a negligencia, a rutina burocrática, a miedo, a limpieza apresurada, a cálculo político o, sencillamente, al caos de una coyuntura incierta.
Punto y aparte.
En 1982, tras el Juicio de Campamento, yo destruí documentación referida a Jaime Milans del Bosch. Lo he contado recientemente no para escandalizar ni para alimentar fantasías retrospectivas, sino para explicar el desconcierto de un jovencísimo historiador que entonces servía en Inteligencia Exterior de una capitanía general.
Aquello ocurrió en un contexto determinado, con jerarquías concretas y con una atmósfera en la que muchas decisiones se tomaban con una mezcla de temor, disciplina y prisa. ¿Significa eso que participé en un encubrimiento histórico de proporciones épicas?
No.
Significa que los archivos —esos templos laicos de nuestra profesión— no son el mundo, sino restos del mundo. Y que esos restos están sujetos a contingencias, a errores y, a veces, a actos que hoy juzgaríamos de otro modo.
Lo que me interesa subrayar es otra cosa: la existencia de documentos destruidos no equivale a la existencia de una verdad descomunal escondida tras ellos. Por favor lean lo que acabo de redactar.
Esa equivalencia automática es el motor de la sospecha sin freno. Se razona así: si faltan papeles, es porque hay algo decisivo que ocultar; si hay algo decisivo que ocultar, entonces la versión conocida es, por definición, insuficiente o engañosa.
Pero el historiador no puede permitirse ese salto lógico. Nuestra tarea consiste precisamente en medir el alcance de lo que sabemos y de lo que no sabemos, en establecer grados de probabilidad, en distinguir entre hipótesis plausibles y fabulaciones estimulantes.
En 2009, cuando apareció Anatomía de un instante, Javier Cercas se propuso reconstruir un gesto: el instante en que Adolfo Suárez, el teniente general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo permanecieron sentados mientras los representantes políticos presentes en el hemiciclo se arrojaban al suelo bajo los disparos.

Aquella reconstrucción no inventaba nada: el autor… finalmente narrador trabajaba con fuentes, testimonios, notas, documentos y, sobre todo, con una pregunta moral. ¿Qué significa permanecer en pie —o sentado— cuando todo alrededor se desmorona?
Que un escritor acometiera esa obra con rigor casi historiográfico incomodó a algunos. Que señale, además, la escasez de estudios monográficos académicos sobre el golpe resulta más molesto todavía.
La incomodidad es comprensible; el corporativismo, no. Hay buenos historiadores y malos historiadores, como hay buenos y malos escritores. El problema no es que se investiguen nuevas aristas del 23-F. Al contrario: siempre es saludable revisar, contrastar, ampliar.
El problema surge cuando la revisión se convierte en una competencia por el hallazgo espectacular, cuando la duda metodológica se transmuta en sospecha rentable.
Entonces, el acontecimiento histórico se desliza hacia el territorio del entretenimiento: la conspiración. Y el 23-F, por su carga simbólica, por su dramatismo televisado, por su condición de bisagra en la transición española, es especialmente propicio a esa deriva.
No ignoro que, hoy, quedan zonas oscuras. Toda investigación histórica convive con la penumbra. Hay conversaciones no registradas, decisiones tomadas en pasillos, documentos que no se conservaron.
Pero entre reconocer esa penumbra y convertirla en un puzle secreto en donde todo encaja hay una diferencia fundamental. La primera actitud es honesta; la segunda, seductora.
En estos días se ha hablado mucho de “lo que aún no sabemos”. Me parece legítimo preguntarlo. Lo que me preocupa es el uso que a veces se hace de esa pregunta.
Se insinúa que lo desconocido debe ser, necesariamente, lo más importante. Se desliza la idea de que la historia conocida es apenas la superficie de una trama mucho más profunda y determinante.
Y, sin embargo, la experiencia comparada —en otros países, en otros episodios— muestra que los grandes acontecimientos suelen ser el resultado de una combinación de factores visibles: ambiciones personales, cálculos erróneos, lealtades divididas, improvisaciones y miedos colectivos.
No siempre hay un cerebro único en la sombra. A menudo hay una suma de voluntades y torpezas.
Al releer Anatomía de un instante —por cuarta o quinta vez— he vuelto a encontrar esa virtud que tanto aprecio: la cabeza fría. No es un libro complaciente ni hagiográfico. Tampoco es un alegato conspiranoico. Es un ejercicio de análisis narrativo que intenta comprender, no deslumbrar.
En tiempos de ‘opinionismo’ acelerado, esa frialdad es casi terapéutica. Nos recuerda que el historiador no está para amplificar el ruido, sino para ordenar la información disponible, declarando con claridad dónde termina su saber.
Mi acuerdo con Cercas no me convierte en menos historiador.
Al contrario: me obliga a serlo más. Me obliga a defender la sobriedad causal frente a la tentación de la explicación total. Me obliga a admitir que el archivo (siempre) es incompleto, pero también a resistir la tentación de rellenar sus huecos con especulaciones.
Me obliga, en definitiva, a recordar que nuestro prestigio (el de los historiadores) no se asienta en la promesa de revelaciones espectaculares, sino en la prudencia con que administramos la incertidumbre.
El 23-F fue un momento crítico de nuestra historia reciente. Hubo responsabilidades claras, decisiones valientes, errores y una ciudadanía que, con más miedo que información, asistió a una noche incierta.
Ese núcleo no desaparece porque falten algunos papeles ni porque surjan nuevas hipótesis. Lo que sabemos —y es mucho— basta para entender la fragilidad de aquella democracia en ciernes y la importancia de ciertos comportamientos individuales.
Quizá lo que más irrita del “secreto vacío” es que nos priva del consuelo del gran desenlace oculto. Nos deja ante una realidad vulgarísima: que la historia es, con frecuencia, el producto de seres humanos limitados que actúan en circunstancias extremas.
No hay una revelación final que reordene el tablero, no. Hay decisiones, miedos y corajes que ya conocemos y que podemos seguir analizando sin necesidad de convertirlos en enigma permanente.
No escribo estas líneas para cerrar el debate o para defender a mi amigo Javier Cercas. La historia no se cierra; se trabaja sin desmayo.
Escribo con el fin de recordar que el prestigio del oficio depende menos de nuestra capacidad para insinuar misterios que de nuestra voluntad de delimitarlos.
Entre el silencio complaciente y la sospecha desbocada hay un espacio exigente y, a veces, ingrato: el de la investigación sobria.
Ahí es en donde, pese a las diferencias de estilo o de género, coincido con Javier Cercas. Y ahí es en donde creo que deberíamos encontrarnos quienes nos dedicamos a estudiar el pasado.
No en la pugna por el titular más inquietante, sino en el esfuerzo paciente por comprender lo que realmente ocurrió y por declarar, sin estridencias, lo que probablemente nunca sabremos.
Aceptar que no hay un gran secreto no empobrece la historia, sino que la humaniza. De paso nos recuerda que el verdadero desafío no es descubrir una clave escondida (al modo conspiranoico).
El verdadero reto es sostener con rigor y serenamente la verdad siempre limitada, imperfecta, que los documentos —los que aún existen— nos permiten reconstruir.

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