Andrés Trapiello. ¿Qué parte de mí preferiría no contar?

Leer Próspero viento (2025) produce una sensación curiosa (bastante frecuente en la literatura política). Uno empieza creyendo que va a encontrarse con unas memorias y termina preguntándose si no estará leyendo, sin más, una larguísima justificación política.

El autor reparte a siniestra, se guasea del antifranquismo, pero apenas hay autoanálisis.


Si lo pensamos bien, las memorias siempre parten de una pregunta incómoda: ¿quién fui yo?
La justificación, por el contrario, parte de otra muy distinta: ¿cómo he llegado a tener razón? Es más: ¿cómo pude tener razón incluso cuando apenas era un joven atolondrado sin pericia alguna?


Andrés Trapiello es un acreditado prosista. Basta leer unas pocas páginas de este o de cualquiera de sus libros para reconocer un oído privilegiado, un ritmo que hereda de Cervantes y Pla, una capacidad muy poco común para convertir la observación en literatura.


Es un buen escritor cuando deja que la experiencia gobierne la página. Sin embargo, en Próspero viento la experiencia parece estar constantemente subordinada a una tesis.


El propio autor reconoce desde el principio que la política española ha alcanzado un grado de estridencia desconocido desde la Transición. Esa constatación podría haber dado lugar a una indagación fascinante.


¿Cómo llega un escritor que hizo del matiz su principal virtud a intervenir también en esa política del grito? ¿Cómo se ha transformado el memorialista en un agrio polemista? ¿Qué responsabilidad tiene uno mismo en esa transformación?


Esas habrían sido preguntas literarias de enorme interés. Pero el libro apenas se las formula. La estridencia siempre parece pertenecer al adversario. Es más: el sectarismo siempre es ajeno y la simplificación es cosa de los otros.


Y, poco a poco, el lector advierte que el pensamiento y los actos dejan de ser un objeto de análisis para convertirse en una política de la animadversión. ¿Política de ideas? No, no: política del agravio y del ultraje.


El adversario no solo está equivocado. Es que, además, representa una degradación moral e intelectual del espacio público.


Paradójicamente, el escritor que parecía denunciar el empobrecimiento del debate acaba participando, aunque sea con esmerada sintaxis, del mismo clima de descalificación permanente.


La elegancia de la frase no neutraliza la violencia del juicio. Solo la hace potencialmente más persuasiva…, para quien se deje persuadir.

Pero hay otro aspecto que me interesa todavía más.
Trapiello insiste en recordar su juventud antifranquista, sus aproximaciones al maoísmo, sus simpatías comunistas, sus ignorancias, su paso por ambientes de la izquierda radical. Todo ello ocupa un lugar importante en la construcción del personaje.

Ahora bien, ¿qué hace exactamente con ese pasado?
Tengo la impresión de que lo utiliza más como credencial que como objeto de examen. No basta con decir: “yo también fui maoísta”, o “yo también estuve con la Joven Guardia Roja”.


Lo verdaderamente interesante sería preguntarse qué buscaba aquel muchacho, qué carencias o necesidades morales o sentimentales expresaban aquellas adhesiones, qué ingenuidades, qué deseos de pertenencia, qué miedos, qué ambiciones.


Eso habría sido convertir la biografía en autoconocimiento. Pero no es así. En ese punto, el libro resulta sorprendentemente reservado.

Sabemos bastante de los ambientes que frecuentó. Sabemos mucho de las lecturas a las que llegó. Y sabemos quién estaba con quién. Pero ignoramos casi todo del joven Trapiello.Y ahí aparece un curioso contraste.


El escritor posee una memoria prodigiosa para reconstruir conversaciones de hace cincuenta años, cafés, librerías, reuniones, nombres y fechas.


Sin embargo, cuando llega el momento de explorar sus propios sentimientos, levanta un muro. Habla de novias, de enamoramientos, de amistades intensas. Pero casi nunca sabemos qué ocurría dentro de él.

El lector conoce ciertos hechos. No conoce la intimidad. Quizá haya en ello algo profundamente severo, recio y español. Una educación sentimental donde el pudor constituye una forma de dignidad.
No hacer aspavientos, no exhibirse, no convertir la vida privada en espectáculo. Todo eso es perfectamente respetable.

Pero escribir unas memorias exige el desvelamiento. Las memorias pertenecen a un género que, precisamente, invita a romper tanta reserva.
Las mejores autobiografías no consisten en recordar hechos, sino en desmontar al sujeto, al personaje que uno ha terminado siendo.


Ahí reside la diferencia entre memoria de lo pretérito y confesión de los dolores y errores. Pienso en Rousseau, en Gide, en Canetti, en Semprún, incluso en algunos tomos del Salón de pasos perdidos, del propio Trapiello. Todos ellos acaban enfrentándose a una pregunta incómoda: ¿qué parte de mí preferiría no contar?


En Próspero viento esa pregunta apenas aparece. Se confirma que el narrador cree comprender mucho mejor las equivocaciones ajenas que las propias. Eso lo constatamos pagina a página. Por ello, quizá esa sea la principal limitación del libro.


No porque sus diagnósticos políticos sean necesariamente sesgados o completamente falsos (que los hay). Cada lector juzgará todo ello según sus propias convicciones.


Esa limitación del libro hace que la autobiografía pierda profundidad cuando el análisis de uno mismo cede terreno al análisis y hasta al ultraje de los demás.

Las memorias no consisten únicamente en reconstruir una época. Consisten en reconstruir la propia conciencia. No basta con contar quiénes eran los sectarios. Hay que preguntarse por la parte de sectarismo que también habitó en uno mismo.


En las memorias no basta con explicar cómo se equivocaron los demás. Hay que averiguar por qué uno necesitó creer determinadas cosas en determinados momentos de la vida.


Ese es el territorio de la literatura. Y sospecho que ahí reside la diferencia entre un prosista y un memorialista. Trapiello sigue siendo, a mi juicio, un refinado prosista.


Próspero viento no alcanza la misma altura como ejercicio del autoconocimiento. Quizá porque el escritor escucha con extraordinaria atención el rumor de la lengua. Pero el memorialista escucha menos el rumor de sus propias contradicciones.
Pero yo no me voy a extender…


Es Trapiello quien estaba obligado. Ahora bien, tal cosa la evita. Ya saben: ¿qué parte de mí preferiría no contar? Pues bien, eso —precisamente eso— es lo que, querido e hipócrita lector, te voy a ahorrar. Eso —precisamente eso— parece concluir Andrés Trapiello.

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