Hubo un tiempo (no tan lejano, aunque ahora lo parezca) en el que hablar de Juan Carlos I equivalía a entrar en un territorio prácticamente sagrado.
Su figura no pertenecía del todo al ámbito de la discusión ordinaria. Se la presentaba rodeada de una legitimidad superior, como si el juicio crítico debiera detenerse ante ella o, al menos, moderarse.
Yo fui un creyente.
Juan Carlos no era simplemente un rey. Era, en el imaginario público de la España democrática, el rey.
El artífice de la Transición, el garante de la democracia, el hombre providencial que habría guiado al país desde la oscuridad de la dictadura hacia las libertades parlamentarias.
Ese fue, durante décadas, el relato dominante. Y, como sucede con todas las narraciones dominantes, acabó convirtiéndose en el sentido común de las gentes.
La historia, sin embargo, suele llevarse mal con el sentido común, sobre todo cuando este se convierte en ortodoxia.
Allí en donde se impone un relato demasiado perfecto, armónico, moralmente tranquilizador, el historiador tiene la obligación —intelectual y cívica— de sospechar.
¿Para qué?
No para destruir por destruir, no para sustituir un mito por otro, sino para devolver complejidad a aquello que el tiempo, la repetición y la pedagogía pública han simplificado en exceso.
En el caso de Juan Carlos I, esa simplificación fue particularmente intensa y extensa.
Durante años, una parte sustancial del discurso político, mediático e incluso historiográfico construyó un personaje coherente, casi lineal. Juan Carlos era el reformista precoz, el demócrata estratégico, el piloto del cambio.
El problema con esas tipificaciones, con esos relatos, no es únicamente que embellezcan y aseen.
En realidad, el problema es que explican demasiado bien. Y cuando algo detalla demasiado bien, conviene desconfiar.
Lo aprendimos de Carlo Ginzburg. Yo, al menos.
Eso es, precisamente, lo que vuelve tan relevante el libro de Juan Cerdán, Juan Carlos I. El personaje (Editorial Trea). No estamos ante una obra escrita para alimentar la nostalgia de la Transición ni tampoco ante un ajuste de cuentas retrospectivo.

Su mérito es otro y, a mi juicio, mucho mayor: desmontar las simplificaciones sin caer en simplificaciones inversas.
El revisionismo perezoso también existe. Y suele ser tan tosco como la hagiografía que pretende combatir.
La gran virtud del trabajo de Cerdán reside en la palabra que ha elegido para el título: personaje.
Parece una elección simple, pero no lo es. Un personaje no es solo una persona. Tampoco es únicamente una biografía.
Un personaje es una construcción histórica. Se forma en el cruce entre acontecimientos, instituciones, intereses, discursos, estrategias y relatos.
Un personaje actúa, por supuesto, pero también es narrado, interpretado y modelado por quienes lo rodean. En ocasiones, el relato del personaje llega a ser tan poderoso como sus actos. O más.
Eso ocurrió con Juan Carlos I.
Durante décadas, la figura del rey, ahora emérito, fue ‘cuidadosamente’ integrada en el gran relato legitimador de la democracia española. Y conviene subrayar el adverbio: cuidadosamente.
Loss mitos políticos no nacen solos. No brotan espontáneamente. Se elaboran, se consolidan y se difunden. Necesitan instituciones, mediadores, voces autorizadas y soportes culturales eficaces.
En el caso español, la prensa, la televisión, buena parte del discurso político y una cultura pública ampliamente consensual contribuyeron a fijar la imagen canónica del monarca.
Cerdán se sitúa fuera de esa zona de comodidad interpretativa. Lo hace, además, con una ventaja decisiva: trabaja desde la documentación y no desde la consigna. Y eso se nota ya en las primeras páginas.
Uno de los grandes aciertos del libro es devolvernos al Juan Carlos anterior al mito.
No al rey constitucional consagrado por el relato posterior, sino al príncipe formado en el franquismo.
Devolvernos al personaje educado bajo sus parámetros ideológicos y designado por Francisco Franco como heredero de una monarquía concebida para garantizar la continuidad del régimen.
Conviene recordar algo que con frecuencia ha sido suavizado o reinterpretado: Juan Carlos no fue designado sucesor de la democracia. Fue designado sucesor de la monarquía del 18 de julio.
La diferencia es sustancial.
Eso no invalida su papel posterior en la democratización. Pero obliga a colocar su trayectoria en un marco menos sentimental y más histórico. Es decir: menos teleológico.
La historia no estaba escrita de antemano. No había una hoja de ruta secreta e impecable que condujera inevitablemente al desenlace que hoy conocemos. Había incertidumbre, conflicto, cálculo, improvisación y presión social.
Y aquí aparece otro de los méritos mayores del libro: desplazar la mirada desde la cúspide institucional hacia la sociedad.
Durante demasiado tiempo, la Transición fue narrada como una historia de élites.
Reyes, presidentes, ministros, grandes negociadores. Desde arriba, un reducido grupo de hombres prudentes y sensatos (varones) habría conducido al país hacia la democracia.
La sociedad, en ese relato, quedaba en un segundo plano, como telón de fondo o acompañamiento. Sabemos que no fue así.
La conflictividad laboral, las huelgas, la movilización estudiantil, el movimiento vecinal, la oposición clandestina y la transformación cultural del país fueron elementos decisivos.
La democracia española no fue una concesión graciosa del poder. Fue también el resultado de presiones, tensiones y luchas prolongadas. Ignorar esto empobrece radicalmente nuestra comprensión del proceso.
Otro aspecto particularmente sólido del libro es su análisis del contexto internacional.
La Transición española no se produjo en un vacío geopolítico. Ocurrió en plena Guerra Fría, bajo la mirada constante de Washington y de las grandes potencias occidentales.
Estados Unidos no observaba España movido por filantropía democrática alguna, sino por cálculo estratégico. Le preocupaban la estabilidad, las bases militares y el equilibrio del sur europeo.
Cerdán reconstruye con detalle ese contexto y lo incorpora al análisis sin caer en determinismos fáciles.
Pero quizá el núcleo más sugestivo del libro sea el estudio de la construcción mediática del mito ‘juancarlista’. Ahí el análisis alcanza una notable densidad interpretativa.
Porque, en efecto, Juan Carlos I no solo gobernó, sino que también fue narrado. Su figura fue construida como un emblema. Como un símbolo estabilizador. Como una solución política y moral.
El 23 de febrero de 1981 ocupa aquí un lugar central, como no podía ser de otro modo.
Aquel episodio consolidó definitivamente la imagen canónica del monarca: el rey salvador, el garante último de la democracia frente al golpismo.
Cerdán aborda este episodio con inteligencia y prudencia. Rechaza tanto la devoción cortesana como el conspiracionismo simplón. Y esa doble distancia crítica es una de las mejores virtudes del libro.
Como director de la tesis doctoral de la que originariamente procede este volumen, he tenido la fortuna de seguir de cerca la investigación que lo sustenta.
He visto cómo una intuición inicial se convertía, poco a poco, en una obra madura, sólidamente documentada y guiada por una voluntad de comprensión poco común.
Como prologuista del libro, conozco también su estructura intelectual y el largo proceso de elaboración que lo sostiene.
Puedo decir, sin reservas, que Juan Cerdán posee una cualidad poco frecuente en el oficio de historiador: sabe desconfiar.
Desconfía de los relatos heredados, pero también de las modas interpretativas.
Desconfía de las certezas demasiado cómodas y de las explicaciones excesivamente satisfactorias.
Y esa desconfianza, cuando está bien orientada, constituye una de las virtudes mayores del historiador.
Juan Carlos I. El personaje no clausura ningún debate. Ni debería hacerlo. Los buenos libros de historia no cierran discusiones, sino que las reabren.
Nos obligan a formular mejores preguntas, a revisar relatos consolidados y a pensar de nuevo aquello que creíamos conocer.
Este libro hace justamente eso. Despoja o desnuda al personaje de buena parte de sus ropajes míticos y nos devuelve una figura más compleja, más contradictoria y, por ello mismo, más histórica.
En el fondo, esa es la verdadera aportación del libro de Juan Cerdán. No nos entrega una nueva ortodoxia. Nos ofrece algo mucho más valioso: una mirada más lúcida.

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