Días atrás, Antonio Muñoz Molina publicaba un artículo titulado “Estado de delirio”. Era un texto duro, inmisericorde con los vicios adquiridos por la política española. De lo que se trataba era de denunciar la distancia creciente que se está dando entre los asuntos debatidos por la clase política y los intereses ordinarios de la sociedad civil. Apreciaba Muñoz Molina una enajenación cada vez mayor entre los partidos, entidades con inercias propias que les separan de la realidad cotidiana. El delirio –ya lo sabemos– es una dolencia de la psique humana, aquella por la que un individuo deja de ver lo que objetivamente existe, lo que convencionalmente todos vemos. Es probable que muchos de nosotros hayamos tenido la ocasión de tratar con personas delirantes o con individuos que padecen trastornos episódicos (yo, al menos, sí que he tenido la oportunidad de conocer a esas personas). ¿Cuál es la sensación que experimentamos? Que dicha persona se halla en otra dimensión, que se enajena de la realidad, que confunde persistentemente lo quimérico con lo real. No es una impostura, por supuesto: es una patología grave, incluso muy grave, que limita, que imposibilita. No saber qué tienes enfrente, ignorar qué obstáculos son los reales, desconocer cuál es el camino que debes tomar…, todo ello desarbola las capacidades humanas convirtiendo al individuo en una especie de zombi. ¿Se imaginan que nuestros mandatarios fueran zombis? ¿Se imaginan que nuestros representantes, los que deben oponerse al Gobierno, fueran tipos delirantes sin ningún sentido de la realidad?
Para caracterizar el estado de la política española, Antonio Muñoz Molina empleó la voz “delirio”, pero lo hizo en un sentido metafórico. Es decir, he de suponer que nuestro novelista no cree que los representantes españoles sean delirantes en su acepción patológica. No cree que padezcan individualmente confusión mental, alucinaciones, incoherencia, incluso paranoia. Lo que sostiene es que el mundo de la política se aleja del mundo real, que las discusiones de nuestros mandatarios y opositores se distancian de lo ordinario. Lo que diagnostica es una manía o síndrome colectivo: que las descripciones de lo real están desajustadas, desenfocadas (como en aquella película de Woody Allen); que el lenguaje político se ha convertido en un argot cifrado autosuficiente. Comparto el pesimismo de este dictamen, pero no coincido tanto en algunos ejemplos concretos que Muñoz Molina propone, tal vez expuestos de manera hiperbólica. Hay en el artículo de nuestro novelista un descarnado retrato de la vida política que veo muy preciso, pero hay también en su radiografía ciertos aspectos enfáticamente exagerados que le llevan a alguna hipergeneralización. Pero no es eso lo que ahora me preocupa destacar de un autor con el que suelo estar siempre fervorosamente de acuerdo. Me importa más convenir con él en su diagnóstico.
¿Qué es lo que está pasando para que el caos verbal y el encono semántico se hayan adueñado de las relaciones políticas. No lo dice Muñoz Molina exactamente, pero yo me atrevería a señalar que lo que sucede es una guerra mediática de enormes proporciones (y pingües beneficios) que intoxica todo y que hace del bla-bla-bla la materia prima de las audiencias y del interés, sin que audiencia e interés sean paradójicamente el calco de la gente. La gente atiende a lo que los medios le proporcionan e incluso discute sobre ello, pero eso sobre lo que discute no es lo que verdaderamente preocupa en su vida cotidiana. Por ejemplo, debatimos sobre Julián Muñoz con una mezcla de actitudes: escándalo por el enriquecimiento presuntamente delictivo y corrupto y, a la vez, interés morboso por el famoseo. Esto lleva a que lo mediático y lo político se intoxiquen creando una realidad (ahí, sí) delirante. No sé.
Lo que sí sé es que a Muñoz Molina su atrevido, quizá su temerario dictamen, ya le ha valido la descalificación (expresada con sordina) o el desprecio silencioso. He de admitir que su artículo, en el que reparte mandobles a derecha e izquierda, no facilita la adhesión de los seguidores o de los fieles, sino el repudio de aquellos a quienes retrata. Como decía, hay en el texto de Muñoz Molina hipergeneralizaciones con las que no estoy exactamente de acuerdo, pero hay, por otro lado, una prudencia descriptiva que la realidad se encarga de rebasar. Véanse, si no me creen, las manifestaciones que se organizan sectariamente para socorrer al mandatario de turno o para instrumentalizar el número de vociferantes. Etcétera.
Como analista político, Antonio Muñoz Molina no lo tiene fácil. Su independencia de criterio y sus diagnósticos (con los que no siempre tiene uno que coincidir) casan mal con el estado general de sectarismo que hoy reina en la prensa. La opinión publicada, que decía Felipe González hace un tiempo, te pone en el disparadero y, en momentos graves de sectarismo como los que vivimos desde hace años, te clasifica según posiciones predefinidas. El mal que aqueja al periodismo de opinión en España es el alistamiento, el prietas las filas, el estás conmigo o estás contra mí. Ciertos periodistas exaltados, gárrulos y vocingleros, en el papel o en las ondas, tocan a rebato y reclutan a los afines, a los aliados, con el fin de oponerse a quienes juzgan como enemigos, como vendepatrias incomprensibles o estafadores, dispuestos sólo a enriquecerse frente a lo que es de ley que, por casualidad, coincide con los intereses del bullicioso de turno. El problema de este estilo que lamentablemente se impone es que incluso sin leer a quienes obran así ya sabes lo que van a decir: temen tanto provocar la ojeriza de los afines, que se muerden la lengua para no hurgar.
“En el articulismo contemporáneo español”, decía José María Pozuelo Yvancos hace meses, “es muy raro encontrar autores que tengan discurso. Lo común es que quien escribe en los periódicos artículos de fondo se amolde a otra concepción de ‘‘discurso’’ más extendida hoy y muy utilizada por los ensayistas franceses: la que lo concibe como ideología o punto de partida de quien habla, como posición que le define o a la que se amolda. Por desgracia la pobreza del articulismo español contemporáneo es que vamos del bla, bla, bla al discurso concebido como porción de una ideología cerrada, y a menudo blindada de quien habla o escribe, que casi nunca parece hacerlo desde una posición intelectual sino ideológica, esto es, definida previamente al propio discurso y de la que todo el artículo depende”.
Entiendo estas perezas y colusiones. Es tan cómodo sentirse acompañado, paciendo con otros en un establo común, sintiendo el calor del limo. ¿Cómo salir al exterior sin miedo, sin hacerse escoltar? Los colectivismos se basan eso, pero también el sectarismo, que lo hay de izquierdas, de derechas, socialista y sedicentemente liberal: me entiendo con los míos y sólo argumento con las razones de mis conmilitones, haciéndome portavoz de otros, hablando por otros. Es cómodo vivir en un espacio imaginario o físico o electrónico en donde todo encaja y todo se amolda, en donde no hay fisuras. Si no me equivoco, en las próximas semanas, Antonio Muñoz Molina regresa a Nueva York, a la vida de docente que allí lleva. Los que seguimos aquí, incluso ejerciendo de profesores de historia, no nos iremos muy lejos ni muy atrás, aunque les aseguro que dan ganas de leer sin parar: ganas de escapar al pasado o a una ficción. Pero, ahora que lo pienso, eso que digo es exactamente lo más parecido a un delirio. En fin, ustedes me perdonarán…
Scriptorium. “Tan pronto como uno se pone a escribir para el público, entra en la categoría de justiciable. Usted, este señor de aquí delante, yo, pasamos a ser justiciables. Me he dedicado toda la vida a escribir para los demás, y mi experiencia es un poco larga. Se pasa a ser justiciable de quienquiera que sea, tanto si esta persona conoce mejor que uno la matera del propio escrito como si no sabe ni papa. Es un oficio que comporta, como ningún otro, el embate de la gente. Estos embates pueden causarles, a las personas que escriben, momentos de gran malestar; a algunas, las llevan a abandonar esta actividad y a dedicarse a tareas más plácidas y tranquilas. Hay personas que son muy sensibles a ello –demasiado sensibles–. Esta situación es la que ha dado pie a que se diga tan a menudo, que la actividad literaria –y en general todas las actividades artísticas—está llena de envidiosos de la más baja calidad, que son los que actúan por vanidad y por popularismo. Hay que saber aguantar estas embestidas, y, para lograrlo, lo mejor es estar seguro de lo que uno escribe y no caer en la pereza del oficio, no darle muchas vueltas, no responder jamás, permanecer hábilmente firme y con un tacto perfecto. Pero como los embates van a continuar por mucho que uno siga tan buenos consejos, lo mejor es acostumbrarse a ellos, reírse de ellos, pero sin ofender. La gente quiere que se le respete la vanidad y la fachendería que arrastra”.
Josep Pla


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