Antonio Muñoz Molina. Delirio o dolor

monigotepress.jpg Ilustración: Monigote

Días atrás, Antonio Muñoz Molina publicaba un artículo titulado “Estado de delirio”. Era un texto duro, inmisericorde con los vicios adquiridos por la política española. De lo que se trataba era de denunciar la distancia creciente que se está dando entre los asuntos debatidos por la clase política y los intereses ordinarios de la sociedad civil. Apreciaba Muñoz Molina una enajenación cada vez mayor entre los partidos, entidades con inercias propias que les separan de la realidad cotidiana. El delirio –ya lo sabemos– es una dolencia de la psique humana, aquella por la que un individuo deja de ver lo que objetivamente existe, lo que convencionalmente todos vemos. Es probable que muchos de nosotros hayamos tenido la ocasión de tratar con personas delirantes o con individuos que padecen trastornos episódicos (yo, al menos, sí que he tenido la oportunidad de conocer a esas personas). ¿Cuál es la sensación que experimentamos? Que dicha persona se halla en otra dimensión, que se enajena de la realidad, que confunde persistentemente lo quimérico con lo real. No es una impostura, por supuesto: es una patología grave, incluso muy grave, que limita, que imposibilita. No saber qué tienes enfrente, ignorar qué obstáculos son los reales, desconocer cuál es el camino que debes tomar…, todo ello desarbola las capacidades humanas convirtiendo al individuo en una especie de zombi. ¿Se imaginan que nuestros mandatarios fueran zombis? ¿Se imaginan que  nuestros representantes, los que deben oponerse al Gobierno, fueran tipos delirantes sin ningún sentido de la realidad?

Para caracterizar el estado de la política española, Antonio Muñoz Molina empleó la voz “delirio”, pero lo hizo en un sentido metafórico. Es decir, he de suponer que nuestro novelista no cree que los representantes españoles sean delirantes en su acepción patológica. No cree que padezcan individualmente confusión mental, alucinaciones, incoherencia, incluso paranoia. Lo que sostiene es que el mundo de la política se aleja del mundo real, que las discusiones de nuestros mandatarios y opositores se distancian de lo ordinario. Lo que diagnostica es una manía o síndrome colectivo: que las descripciones de lo real están desajustadas, desenfocadas (como en aquella película de Woody Allen); que el lenguaje político se ha convertido en un argot cifrado autosuficiente. Comparto el pesimismo de este dictamen, pero no coincido tanto en algunos ejemplos concretos que Muñoz Molina propone, tal vez expuestos de manera hiperbólica. Hay en el artículo de nuestro novelista un descarnado retrato de la vida política que veo muy preciso, pero hay también en su radiografía ciertos aspectos enfáticamente exagerados que le llevan a alguna hipergeneralización. Pero no es eso lo que ahora me preocupa destacar de un autor con el que suelo estar siempre fervorosamente de acuerdo. Me importa más convenir con él en su diagnóstico.

¿Qué es lo que está pasando para que el caos verbal y el encono semántico se hayan adueñado de las relaciones políticas. No lo dice Muñoz Molina exactamente, pero yo me atrevería a señalar que lo que sucede es una guerra mediática de enormes proporciones (y pingües beneficios) que intoxica todo y que hace del bla-bla-bla la materia prima de las audiencias y del interés, sin que audiencia e interés sean paradójicamente el calco de la gente. La gente atiende a lo que los medios le proporcionan e incluso discute sobre ello, pero eso sobre lo que discute no es lo que verdaderamente preocupa en su vida cotidiana. Por ejemplo, debatimos sobre Julián Muñoz con una mezcla de actitudes: escándalo por el enriquecimiento presuntamente delictivo y corrupto y, a la vez, interés morboso por el famoseo. Esto lleva a que lo mediático y lo político se intoxiquen creando una realidad (ahí, sí) delirante. No sé.

Lo que sí sé es que a Muñoz Molina su atrevido, quizá su temerario dictamen, ya le ha valido la descalificación (expresada con sordina) o el desprecio silencioso. He de admitir que su artículo, en el que reparte mandobles a derecha e izquierda, no facilita la adhesión de los seguidores o de los fieles, sino el repudio de aquellos a quienes retrata. Como decía, hay en el texto de Muñoz Molina hipergeneralizaciones con las que no estoy exactamente de acuerdo, pero hay, por otro lado, una prudencia descriptiva que la realidad se encarga de rebasar. Véanse, si no me creen, las manifestaciones que se organizan sectariamente para socorrer al mandatario de turno o para instrumentalizar el número de vociferantes. Etcétera.

Como analista político, Antonio Muñoz Molina no lo tiene fácil. Su independencia de criterio y sus diagnósticos (con los que no siempre tiene uno que coincidir) casan mal con el estado general de sectarismo que hoy reina en la prensa. La opinión publicada, que decía Felipe González hace un tiempo, te pone en el disparadero y, en momentos graves de sectarismo como los que vivimos desde hace años, te clasifica según posiciones predefinidas. El mal que aqueja al periodismo de opinión en España es el alistamiento, el prietas las filas, el estás conmigo o estás contra mí. Ciertos periodistas exaltados, gárrulos y vocingleros, en el papel o en las ondas, tocan a rebato y reclutan a los afines, a los aliados, con el fin de oponerse a quienes juzgan como enemigos, como vendepatrias incomprensibles o estafadores, dispuestos sólo a enriquecerse frente a lo que es de ley que, por casualidad, coincide con los intereses del bullicioso de turno. El problema de este estilo que lamentablemente se impone es que incluso sin leer a quienes obran así ya sabes lo que van a decir: temen tanto provocar la ojeriza de los afines, que se muerden la lengua para no hurgar.

“En el articulismo  contemporáneo español”, decía José María Pozuelo Yvancos hace meses, “es muy raro encontrar autores que tengan discurso. Lo común es que quien escribe en los periódicos artículos de fondo se amolde a otra concepción de ‘‘discurso’’ más extendida hoy y muy utilizada por los ensayistas franceses: la que lo concibe como ideología o punto de partida de quien habla, como posición que le define o a la que se amolda. Por desgracia la pobreza del articulismo español contemporáneo es que vamos del bla, bla, bla al discurso concebido como porción de una ideología cerrada, y a menudo blindada de quien habla o escribe, que casi nunca parece hacerlo desde una posición intelectual sino ideológica, esto es, definida previamente al propio discurso y de la que todo el artículo depende”.

Entiendo estas perezas y colusiones. Es tan cómodo sentirse acompañado, paciendo con otros en un establo común, sintiendo el calor del limo. ¿Cómo salir al exterior sin miedo, sin hacerse escoltar? Los colectivismos se basan eso, pero también el sectarismo, que lo hay de izquierdas, de derechas, socialista y sedicentemente liberal: me entiendo con los míos y sólo argumento con las razones de mis conmilitones, haciéndome portavoz de otros, hablando por otros. Es cómodo vivir en un espacio imaginario o físico o electrónico en donde todo encaja y todo se amolda, en donde no hay fisuras. Si no me equivoco, en las próximas semanas, Antonio Muñoz Molina regresa a Nueva York, a la vida de docente que allí lleva. Los que seguimos aquí, incluso ejerciendo de profesores de historia, no nos iremos muy lejos ni muy atrás, aunque les aseguro que dan ganas de leer sin parar: ganas de escapar al pasado o a una ficción. Pero, ahora que lo pienso, eso que digo es exactamente lo más parecido a un delirio. En fin, ustedes me perdonarán…

Scriptorium.  “Tan pronto como uno se pone a escribir para el público, entra en la categoría de justiciable. Usted, este señor de aquí delante, yo, pasamos a ser justiciables. Me he dedicado toda la vida a escribir para los demás, y mi experiencia es un poco larga. Se pasa a ser justiciable de quienquiera que sea, tanto si esta persona conoce mejor que uno la matera del propio escrito como si no sabe ni papa. Es un oficio que comporta, como ningún otro, el embate de la gente. Estos embates pueden causarles, a las personas que escriben, momentos de gran malestar; a algunas, las llevan a abandonar esta actividad y a dedicarse a tareas más plácidas y tranquilas. Hay personas que son muy sensibles a ello –demasiado sensibles–. Esta situación es la que ha dado pie a que se diga tan a menudo, que la actividad literaria –y en general todas las actividades artísticas—está llena de envidiosos de la más baja calidad, que son los que actúan por vanidad y por popularismo. Hay que saber aguantar estas embestidas, y, para lograrlo, lo mejor es estar seguro de lo que uno escribe y no caer en la pereza del oficio, no darle muchas vueltas, no responder jamás, permanecer hábilmente firme y con un tacto perfecto. Pero como los embates van a continuar por mucho que uno siga tan buenos consejos, lo mejor es acostumbrarse a ellos, reírse de ellos, pero sin ofender. La gente quiere que se le respete la vanidad y la fachendería que arrastra”.

Josep Pla

0 comentarios

  1. No puedo estar más de acuerdo con tu artículo, y también con el de Antonio Muñoz Molina, que leí con sumo interés el día de su publicación, pues su diagnóstico coincide con el mío. El estado de delirio, la glosolalia delirante, el caldo de cerebro en estado puro sin filtro de razón alguno, ha ganado los medios de comunicación. ¿Por qué? Poco a poco, la profesión periodística ha ido degradándose en nuestro país. En el periodismo, tan sólo existen dos principios sacrosantos: el respeto a la verdad y a las fuentes, y la diferencia nítida y sin matices entre infornación y opinión. Pero insisto ¿por qué esa degradación paulatina? En España, los medios han entrado sin andamiaje institucional alguno en el libre mercado. Los medios no son ya aquellas columnas vertebrales que sostenían la conciencia de una nación, hechas de rigor, patriotismo y respeto democrático a la verdad, fueran del signo que fueran: Han desaparecido los auténticos empresarios de periódicos para ser sustituídos por los bancos que, aliados de fortuna con los partidos políticos, controlan a través de la vida financiera a las sociedades editoras.Tanto tirios como troyanos de la historia actual de este país han abusado de los medios sustituyendo a los auténticos periodistas por editorialistas improvisados que se hacen pasar por tales: Y tal es el espectáculo de las tertulias y los blogs. El editorialista alienado, a sueldo de sus mentores políticos, no tiene el menor empacho en recurrir a la mentira, la calumnia, la media verdad —más peligrosa a veces que la propia mentira— de modo machacón, encontrando desprotegida la conciencia cívica, las más de las veces, del receptor del mensaje que se identifica pronto con el discurso simple y sin matices.
    Pero me gustaría añadir un complemento de opinión a las vuestras, tan autorizadas: La actual situación denuncia al mismo tiempo un espantoso déficit de lectores. Los lectores de prensa, como los de literatura, disminuyen en progresión geométrica inversa a como crecen las innobles ediciones de best-sellers asimismo delirantes de psicagogia y los programas baratos donde se mezclan corrupción, boato, política y miseria moral. Solamente la educación, la enseñanza paciente, la labor de maestros vocacionalmente entregados a su labor al margen de religiones e ideologías podría obrar con el tiempo un milagro, como lo obró en Francia la Escuela Pública y como lo intentó la República Española. Desgraciadamente mis palabras sólo son palos al agua y los tragones delirantes de bazofia seguirán comulgando con las ruedas de molino fabricadas en los gabinetes de prensa para mejor intoxicar a los votantes. Siento el ostracismo, que acertadamente denuncia Justo Serna, al que se está viendo sometido Antonio Muñoz Molina: Decir la verdad, y sobre todo si se hace desde la lúcida perspectiva con que la ha captado él tras su estancia en el formidable observatorio democrático que son los Estados Unidos, tiene esos riesgos. Quien lo probó, lo sabe. Un abrazo de compañero a los dos.

  2. Ya te dije Justo que fuimos amigos. Leo tu blog con interés y veo que estás tratando cosas que no siempre interesan a la gente normal. Eso que dices que denuncia A. Muñoz Molina es lo que el hace y tu tambien. Los intelectuales? Valoro tu esfuerzo, pero no pienso que la politica este fuera de onda. Si vivieras en el pueblo en el que viviste verias como la politica es cosa de todos los dias. Tengo amigos que son concejales que se implican y trabajan. No están en las nubes.

  3. Me parece muy adecuado y triste el diagnóstico de M.Veyrat sobre el periodismo. Que es la carrera que estudio. Ya me dijo en este blog que no estudiara eso y que probara con otra cosa. La verdad es que la mezcla de política y periodismo ha dado unos resultados dudosos en España. Pero ¿está libre de cargas la generación de M. Veyrat? Ahora las cosas no parecen ir bien. Perdone mi pregunta.

  4. Con un tono apocalíptico se expresa Paul Auster sobre cuestiones semejantes. En ‘Dossier Paul Auster’, el libro de Gérard de Cortanza dice refiriéndose a Estados Unidos: “Desde el principio me negué a desperdiciar mi tiempo en esos escándalos. Actualmente, la concentración de los medios de comunicación en los Estados Unidos es tal que tienen poder suficiente para desviar la atención de la gente –¿voluntariamente?, ahí está la cuestión– hacia temas sin importancia. Desde hace varios años, una sucesión de escándalos ha venido copando sistemáticamente la atención de un país tan escindido y fragmentado que ya no se puede hablar ni de historia ni de narración común. De hecho, esos escándalos acaban siendo la única narración capaz de agrupar al país. Ya no existen puntos comunes, sino una participación común en una empresa de descerebramiento”.

    Exagerado, pero revelador.

  5. Estimado Jaime: Yo no le hubiese podido decir nunca que se buscase otra cosas que estudiar. Recuerdo muy bien cuanto le dije porque es lo mismo que recomendé a mi propio hijo, con resultados satisfactorios. Mi consejo fue que estudiase usted una carrera relacionada con la sociedad —o no— como sociología, derecho, psicología social, o medicina si le atrae, economía o empresariales, porque un periodista debe tener bien, muy bien, amueblado el cerebro y sobre todo saberlo utilizar adecuadamente. Tras adquirir esos conocimientos y el hábito de manejarlos y de investigar, mi recomendación fue que hiciese usted un máster específicamente de periodismo, pues los hay excelentes como el de El País, que dura un año y sigue el curriculum de la Universidad de Columbia (el más prestigioso del mundo), ya que el periodismo es un oficio. Sin menoscabo alguno: un oficio maravilloso, sublime si queremos, pero un oficio al fin y al cabo, que se aprende en la práctica uniendole muy buenas dosis de sentido ético. Un abrazo y no se decepcione. Mi hijo Pablo, que está cursando el master de El País, precisamente, me ha contado que la mayoría de alumnos (sólo se admiten 40) son licenciados en Ciencias de la Información: Una carrera a mi juicio, con un curriculum frustrado y frustrante.

  6. Gracias sr Veyrat por sus recomendaciones. Pero insisto. Está libre de cargas su generación? La de los periodistas que transmitieron en vivo la transición política?

  7. Los periodistas que debimos ejercer nuestro oficio durante la dictadura nos esforzábamos en desconchar esquirlas de verdad en las más duras piedras de la censura: En ese ejercicio arriesgado se formaron muchas conciencias democráticas y también muchas conductas oportunistas que, disfrutando de las prebendas que el Régimen bindaba a sus adictos, en la nueva etapa constitucional se cambiaron rápidamente de camisa: Todos eras ya socialistas o comunistas, todo lo más liberales, de la noche a la mañana. Muchos de ellos, cuando el PP llegó a las urnas democráticamente, regresaron a sus dulces pastos de antaño. Y ahí están, predicando la buena nueva desde las emisoras y los blogs. Hablamos pues en estos casos de conductas individuales,estimado Jaime, pues corporativamente los medios estuvieron sin excepciones al servicio de la voluntad el dictador, salvo quizás algunos que dieron signos de oportuna y tibia rebeldía en los últimos años de su vida. No cabía otro remedio: Era la sumisión y la vida muelle, o la rebelión y la cárcel, quizás la propia vida. Los propietarios de los medios eran del Estado o excepcionalmente algunos empresarios fieles, entre ellos los monárquicos de ABC, los Luca de Tena, que pagaron al dictador el flete del avión que lo llevó al escenario de su alzamiento contra el Régimen legal.

  8. Embarullado momento político el que atravesamos en estos momentos en España.
    El acoso en el que está metido el poder judicial con el problema vasco es de órdago. El etarra De Juana Chaos condenado a 3.000 años de cárcel por diversos asesinatos y que tras cumplir 18 de condena salió en libertad según la ley penitenciaria de la época. Ahora encausado por dos artículos periodísticos amenazantes está en “prisión preventiva” en espera de juicio.

    Pues bien, como protesta por dicha actuación lleva varios días en huelga de hambre. Visitado por un grupo, -creo que de Amnistía Internacional-, parece ser que está cercano a momentos en que será irreversible la muerte si no abandona la huelga. La Audiencia Nacional reunida en pleno ha acordado que se le alimente a la fuerza y que no abandone el Hospital en el que se encuentra. Puede ser que un recluso en prisión preventiva, muera en la cárcel antes de que se efectúe el juicio pertinente. Hay una petición para que se revoque la prisión preventiva de la Audiencia Nacional. Si ésta fuera aceptada no habría posibilidad de efectuarla si De Juana muriera antes.
    Ayer un miembro de la judicatura dijo “que más allá de la Justicia no hay democracia”. Aberrante frase digna de un energúmeno totalitario e irresponsable. No sabe distinguir “Justicia” de “Ley”. Los jueces no están para aplicar la justicia si no para aplicar las “LEYES”. No es lo mismo, no es lo mismo.
    Una Ley puede se INJUSTA, pero es la LEY.

    Esta semana el Lendakari vasco está llamado a declarar por una reunión con Arnaldo Otegui. El Juez lo cita irresponsablemente. Es de tal naturaleza esa citación que me veo en la necesidad de no adjudicarle nombre. ¿Qué pasaría si se citara a un miembro del Gobierno por entrevistarse con etarras en la actual negociación con la organización armada?. Los jueces están entrando en un terreno peligrosísimo. La culpa la tienen los partidos políticos PP y PSOE que han politizado la judicatura hasta extremos inadmisibles. ¿Cómo es posible que el “Poder Judicial” le prohíba al “Poder Ejecutivo entrevistarse con quién crea conveniente para el ejercicio del Gobierno del Estado? Además, tiene la autorización del Congreso de los Diputados, -o sea el Poder Legislativo-, para ello. Situación gravísima la que estamos atravesando.
    Montesquieu adulterado.

  9. Al artículo de Muñoz Molina sólo le pondría una objeción. Aprecio que el autor puede caer en el delirio que denuncia al escribir: “Y no quiero pensar qué ocurrirá cuando los cerebros políticos de mi tierra natal descubran por azar algún libro en el que se muestre que hubo una época en la que el territorio de Al-Andalus cubrió casi entera la península Ibérica y una parte del norte de África.”. En esta frase el escritor puede sufrir el delirio del intelectual que se considera superior y desprecia al resto de humanos. Escribir que todos los políticos son ignorantes puede ser un argumento(?) socorrido en tertulias tabernarias y foros livianos, pero en un artículo de opinión y en el tema que trata parece poco afortunado y contradictorio. Porque en la expresión, “cuando…. descubran por azar…” otorga nula capacidad en la clase política y sólo le concede la posibilidad del azar.

    Sobre la prensa publicada sólo una apreciación personal. Observo que desde la última publicación del último EGM dónde El Mundo crecía a costa del ABC, el diario monárquico ha cambiado su línea editorial y se ha lanzado a la recuperación de esos lectores que fueron dejando en el camino. Al final el balance de resultado prima sobre otras cuestiones.

  10. Muñoz Molina mencionaba en su artículo a Suso de Toro.

    Hoy tenemos la contestación en El País.

  11. “Mucho delirio”, Suso de Toro

     Estado de delirio, la tribuna de Antonio Muñoz Molina, informa de delirios que “casi todo el mundo ya los confunde con la realidad”. En todo caso, lo rodean a él y amenazan su sentido de la realidad. Le llegan no de ETA o de una derecha salida de madre, sino de un ente catalanovasco con incrustaciones gallegas y con un deje andalusí. Denuncia ridiculeces y errores aviesos en libros de texto de esas ominosas nacionalidades, aunque me parece que lo que verdaderamente extraña es la España de la Enciclopedia Álvarez. Pero percibe también que los catalanovascos y sus aliados no están solos en la fabricación de delirios, también acecha gente acrítica y servil ante este Gobierno y la izquierda existente. Y todo es delirio, se iguala en el delirio aquella participación española en la guerra contra Irak a este diálogo con ETA para el fin del terrorismo. Me parecía que era el discurso de la Cope, aunque más campanudo, pero tan oblicuo que no sabía bien adónde conducía hasta que se aclaró algo tanta bruma y, ay…, se concretó mi nombre. Va a ser moda.

    Aunque nacimos el mismo día y tenemos por tanto la misma edad, Muñoz Molina dice que considero el cumplir años una “enfermedad política”. No hay tal, todos envejecemos pero lo importante es estar vivo y no siempre se consigue: Tartufo, elocuente y solemne, simulaba virtud pero estaba muerto y no lo sabía.

    Pero los delirios lo obsesionan desde hace tiempo. Ya en 2004, el día siguiente al atentado del 11 de marzo, escribió en este diario Con plomo en las entrañas, sobre los “delirios colectivos que se han superpuesto a la realidad y a la razón”. Y una acusación inédita y descarnada: que los ciudadanos que nos habíamos opuesto a las políticas e ideología del Gobierno de Aznar habíamos ayudado a crear un “delirio conveniente” que culpabilizaba a la ciudad de Madrid. Aquel crimen era una consecuencia. Eso, negro sobre blanco el día después de aquel terrible atentado en la capital de España.

    Nunca pidió disculpas por aquella acusación, tan baja y falsa. Y tan grave en aquel momento. Aquel atentado sí tuvo relación con una decisión tomada por el Gobierno de entonces, al que él veía, en cambio, injustamente calumniado.

    La realidad no es tan confusa y vamos viendo en qué sitio está cada uno, aunque haya quien se crea sobre una columna y desde una altura fingida acuse y salpique a los demás. Es posible que “casi todo el mundo” delire colectivamente pero es más probable que sea Muñoz Molina quien se vea atormentado por un padecer individual, a no ser que sea un “enfermo imaginario”. Siempre queda acogerse a este Estado de las autonomías tan odioso, ser “obsequioso” con sus “dignatarios que cultivan un delirio grandioso de política internacional” para conseguir alguna canonjía en alguna institución, marchar “enchufado” a alguna capital de ese “extranjero” mítico al que alude.

    Tanto delirio, real o fingido, no me cabe en la cabeza; me debo estar haciendo viejo, efectivamente.

    —————

    http://www.elpais.com/articulo/opinion/Mucho/delirio/elpporopi/20070131elpepiopi_8/Tes

  12. El artículo de Antonio Muñoz Molina contiene en efecto distorsiones y afirmaciones simplistas, muchas de las cuales señala Suso de Toro, quien hace buenas las afirmaciones de seguidismo acéfalo de Muñoz Molina de algunos sieles creyentes, con su airada y casi insultante respuesta. La tesis fundamental del académico persiste: El Estado de delirio en la opin ión pública española, expresada por los políticos y sus voceros, pagados, apesebrados, o simples simpatizaantes, es una realidad en la España actual. No hay más que salir un poco a tomar el aire por las ondas o las páginas de la prensa.

  13. Por supuesto, quise decir “fieles” creyentes, no “sieles”. Perdón y gracias.

  14. Muñoz Molina escribe desde la independencia de criterio, a contracorriente. En estos momentos es políticamente incorrecto y hasta da miedo atreverse a decir que el nacionalismo (todos los nacionalismos) contienen un sustrato profundo de violencia y de exclusión del otro, son reductores, exclusivistas y potencialmente delirantes. Esta legítima apreciación se ha convertido en un anatema; en algo que no sólo no se puede decir sino que, si alguien se considera de izquierdas, no puede siquiera pensar. Ahí está el delirio, una parte de él al menos. Con intervenciones como la de Muñoz Molina el enrarecido ambiente del articulismo español se airea. Gracias.

  15. Brillante el artículo que ha escrito Muñoz Molina y su título no podía ser más acertado para presentar una radiografía actual de la vida política española. El delirio, la fantasía, los egoísmos y el tremendo afán de ir o llegar a no se sabe dónde, pero ante todo, el nivel extremo de lo absurdo es de tal calibre, que ni el mismo D. Quijote se hubiera atrevido a llegar tan lejos.

    Es más que evidente que resulta complejo, y quizás hasta ridículo, tratar de explicar en el extranjero el estado actual de la vida política española. De todas formas, no se puede olvidar que en el exterior también tienen sus problemas y diferencias pero en España se está llegando o se ha llegado a unos límites que ya han superado o están superando lo “razonable”.

    ¿Por qué se ha llegado a este punto de locura? La respuesta a esta pregunta será distinta según quién la conteste pero no se trata, a mi juicio, de un buscar uno o varios culpables sino que se debería analizar, con sosiego y sin estridencias ideológicas, el cómo y por qué se ha llegado a este punto. El “lío” y el “jaleo” deben dejar paso al diálogo y a la reflexión… La sociedad española tiene la palabra y con ella la clase política.

  16. Tallaferro, el lío y el jaleo no dejan paso al diálogo y la reflexión. El empuje general de los políticos españoles es de vuelo gallináceo. No se trata de exigir su conversión en intelectuales (algunos intelectuales son especialmente detestables), sino de que la hondura de su pensamiento sobrepase la epidermis. De todos modos, yo insisto en que el problema es la ‘mediatización’ de la política. Volveremos…

  17. Pienso, Justo, que el lío y el jaleo convienen a quienes los provocan como cortina de humo ante su propia indigencia intelectual, carencia de argumentos. En este caso, el PP no ha dejado de provocar mediante sus activistas en cargos institucionales o en diversos medios de comunicación. Está ya claro el Estado de Delirio con que sustituyen al Estado de Derecho a medida que avanzan los días. Está claro que la “bête à abattre” es el presidente Zapatero a quienes juzgan ilegítimo y desacreditan por todos los medios, incluídos el iusulto y la calumnia, desde llamarle “bobo de solemnidad” (Rajoy no se ha mirado al espejo) hasta cómplice de ETA. Pero aún y así no consiguen avanzar en las encuestas que prueban que el pueblo español es mucho más maduro de que lo que ellos piensan. No estoy de acuerdo con la teoría de la equidistancia, no es justo meter en el mismo saco a Zapatero y sus seguidores que a Rajoy y los suyos. Y además, a mi juicio humildísimo, a la vista de todos está.De todos los que quieran verlo, claro.

  18. Estoy de acuerdo con las opiniones de Justo Serna y Miguel Veyrat. El “lío” y el “jaleo” son recursos que se utilizan para tapar “miserias” y sobre todo son estrategias para desacreditar al adversario o poner cuantas zancadillas sean necesarias, en el contexto de la tremenda carga mediática a la que estamos sometidos diariamente; cada vez que se abre “la caja de los truenos” o se “pone en marcha el ventilador” se manifiesta una falta de “talla” y “coraje” político para afrontar, con sensatez y lógica, los retos y demandas del presente y del futuro.

    La política española actual navega entre constantes turbulencias y previsiblemente así va a continuar al menos durante los próximos doce meses, repletos de calendarios y citas electorales. Mucho me temo que hasta la primavera de 2008 la “calentura” irá en aumento y los resultados electorales serán quienes marcarán una rectificación o continuidad. Los ciudadanos tenemos la palabra y la posibilidad de decidir, al menos, en cada jornada electoral.

  19. Leo con tristeza no fingida el artículo de Muñoz Molina; pero, aun más, los comentarios laudatorios que ha merecido. ¿Hasta este punto se ha extendido el “estilo COPE”?

    En otro foro he comentado que el artículo es decididamente sectario; no porque los hechos que presenta sean falsos; sino porque son hechos sesgados.

    Dice Antonio Muñoz Molina que es difícil explicar la “política española” y que vivimos en un “Estado de delirio”; así, sin matices. No es que uno sea ciego para la violencia de ciertos sectores de la juventud, los disparates e indignidades de muchos nacionalistas, los despropósitos de casi todos los políticos y la diarrea mental de todos los planes educativos de la enseñanza pública; pero, leyendo el artículo de Muñoz Molina, uno podría tener la impresión de vivir en un país donde las calles están ocupadas por terroristas juveniles con “pakistaníes”. Y no es así.

    Muñoz Molina incurre en una trampa dialéctica no por extendida menos falaz: la metonimia o sinécdoque, figura retórica que consiste (entre otras cosas) en tomar la parte por el todo.

    Cierto: hay en España discursos políticos delirantes; pero también los hay sensatísimos. Hay jóvenes violentos; pero también los hay ejemplarmente demócratas. El discurso esencialista del nacionalismo está muy extendido; también lo está el racional e ilustrado.

    No soy sospechoso de tibieza crítica; al contrario, me paso el día diagnosticando males e intentando, humildemente, aplicar terapias (lo primero sin lo segundo me repugna). Pero Muñoz Molina nos pinta un falso apocalipsis. España no es el infierno: es, como casi todos los países del mundo en casi todas las épocas, un purgatorio más bien inhóspito.

    Sin embargo, el metonímico artículo de Muñoz Molina no aporta absolutamente nada para solucionar los males que denuncia: al contrario, sólo crispa aún más los ya muy crispados ánimos. Es un desahogo para el autor y para ciertos lectores, más propensos a la reacción visceral y a la diatriba indiscriminada (tan peligrosamente extendida en los últimos años) que a intentar solucionar los problemas que tanto parecen alarmarles.

    Me hubiera gustado leer los comentarios que habría merecido el artículo si lo hubiera firmado, pongamos, Federico Jiménez Losantos. Habrían caído sobre él los habituales (y justos) anatemas: agresividad, ausencia de matices, ánimo belicoso, ausencia de musculatura intelectual…

    Pero no querría caer en el error que critico. El artículo de Muñoz Molina habría sido menos sesgado y, sobre todo, más útil, si hubiera diagnosticado nítidamente con hechos, declaraciones o nombres concretos (qué fácil y qué poco constructivo es acusar sin señalar al acusado), los “delirios” que denuncia y (aun mejor) si hubiera propuesto también medidas concretas que, a su entender, pudieran contribuir a solucionar o debilitar esos “delirios”.

    Este artículo no es un análisis serio: es, insisto, un desahogo; y, además, un desahogo mixtificador y contraproducente. Autor y lectores entusiastas caen, paradójicamente, en lo que el autor denuncia: el delirio ideológico. Los problemas (reales) que denuncia Muñoz Molina son demasiado dramáticos para tratarlos con esta superficialidad.

    Un saludo cordial.

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