El ciudadano moral

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1. El ciudadano moral. Después de semanas y semanas de campaña electoral, leyendo eslóganes previsibles y oyendo una salmodia  propagandística, hay que regresar  a la gran  literatura. Para sanarse de la actualidad especiosa, no hay nada como leer libros intempestivos, ajenos a nuestros días: libros inactuales que, sin embargo, son novedades de hoy, simplemente porque las editoriales los han rescatado para nosotros o, mejor, porque los editores los han compuesto para nuestro deleite y reflexión. Me refiero a Hermano Hitler y otros escritos sobre la cuestión judía, de Thomas Mann, y a Responsabilidad y juicio, de Hannah Arendt, dos volúmenes que sus autores no vieron en vida y que ahora aparecen como recopilaciones post mortem de artículos, de ensayos, de conferencias. ¿Hasta cuándo seguirán apareciendo textos y más textos de los grandes autores ya muertos? No es como en el caso de Fernando Pessoa, que dejó un baúl repleto de originales, de manuscritos, de inéditos que muchos años después colmarían los anaqueles de las librerías. Ahora mismo, por ejemplo, un amigo muy atento me ha regalado El regreso de los dioses, del escritor portugués: un libro que jamás existió pero que, según Ángel Crespo, Pessoa tenía como proyecto. El volumen está compuesto de esos fragmentos que presumiblemente debían haber servido para completar ese proyecto ideado. Libros de fragmentos, un verdadero género del siglo XX, de la modernidad troceada, una manera de rehacer los cachitos rotos del mundo a partir de las percepciones particulares, ocasionales, de los grandes autores.  

Pero, en el caso de Mann y Arendt, no hay propiamente inéditos, originales desconocidos. Los textos reunidos son artículos conocidos, incluso muy conocidos, que ahora en su nueva compilación cobran un sentido distinto o refuerzan otros textos mayores de los autores. Hermano Hitler… podemos verlo como un libro hermano de Oíd, alemanes, del que hablé en la primera etapa de este blog: aquel libro que reunía aquellos discursos radiofónicos que Thomas Mann dirigiera contra Adolf Hitler desde la BBC. Por su parte, Responsabilidad y juicio es una secuela, si podemos decirlo así, de la gran obra de Hannah Arendt Eichmann en Jerusalén, seguramente uno de las reflexiones más polémicas y debatidas del siglo XX. Por tanto, si las editoriales publican estos libros no es, desde luego, porque sean futuros best sellers (cosa improbable), sino porque completan y complementan esas obras mayores de clásicos del siglo XX.  

No hemos conseguido quitarnos de encima la pasada centuria básicamente porque el totalitarismo (esa peculiaridad perversa del Novecientos) sigue exigiéndonos reflexión y atención. Permítanme el didactismo. El sistema totalitario no es una dictadura, no es ni siquiera una tiranía cruel. Es algo más: es la identificación completa del Estado con la sociedad civil y es la conversión de ciertos seres humanos en tipos superfluos. No es que el totalitarismo persiga sañudamente a sus enemigos (que también); no es que elimine a los adversarios (que también); no es que suprima cualquier forma de disidencia o controversia o conflicto (que también). Lo significativo del totalitarismo es que no se concibe nada sin el Estado: por eso, las instancias intermedias de la sociedad civil (los agregados o asociaciones de particulares) o son destruidas o son absolutamente controladas y dominadas por los hombres del partido único que representan al Estado. Lo definitivo del totalitarismo es que al individuo se le expropia su individualidad, su condición de ser moral: se piensa su vida como obediencia, es decir, se le fuerza a prestar su apoyo para poder sobrevivir o malvivir. Por eso, quienes no se oponen, no se excluyen de la organización o del sistema, devienen seres amorales. No se trata de que el individuo corriente deba convertirse en héroe o en santo, sino de que el humano ordinario ha de tratar de pensar por sí mismo. Aunque no se cometan crímenes, si se colabora, si se prospera bajo un régimen totalitario, anestesiando la conciencia, entonces uno sobrevive, sí, pero acompañado de un asesino. No basta con pretextar que uno sólo es o ha sido el engranaje sustituible de un sistema: uno siempre puede oponerse a la prosperidad o a los honores con que le tienta el régimen totalitario… 

Thomas Mann y Hannah Arendt fueron dos centroeuropeos que se exiliaron, que se expatriaron, para finalmente afincarse en los Estado Unidos. Con el pensamiento y con la palabra fueron combatientes tenaces del nazismo y ambos encarnan algunas de las mejores tradiciones alemanas. ¿Qué tienen de común los libros que ahora se publican y leo? Como antes decía, son volúmenes hechos de trozos, obras compuestas con textos circunstanciales que, sin embargo, conservan toda su fuerza: aún nos interpelan precisamente porque son formas de pensamiento urgente en la circunstancia penosa que cada uno tuvo que enfrentar. Sin duda, el libro de Arendt tiene mayor vuelo teórico, como corresponde a una filósofa que reflexiona sobre la sociedad y la esfera pública. Los textos recopilados en Responsabilidad y juicio pertenecen a la última parte de su vida: es más, hay alguno de 1975, el año de su muerte. La obra de Mann reúne artículos anteriores, siendo los más numerosos aquellos que corresponden al período 1935-1945. A pesar de la distancia cronológica entre ambos y a pesar del distinto sentido que tienen, ¿hay algo que los relacione? No sólo el repudio del nazismo: lo que en ambos coincide es la pregunta por la condición moral del individuo.  

Lo que ambos se preguntan una y otra vez es por la inacción de tantos y tantos compatriotas suyos que no hicieron nada por oponerse o por no facilitar el horror. Hitler, dice Mann, no es un monstruo ajeno a Alemania. Es, por el contrario, “un hermano… Un hermano un poco desagradable y bochornoso. Lo saca a uno de quicio. Sin duda, un pariente bastante embarazoso. Aun sí, no quiero cerrar los ojos ante la realidad de su existencia, pues, lo repito, mejor, más honesto, más alegre y más productivo que el odio es el reconocerse a sí mismo, la predisposición a fundirse con lo aborrecible, por mucho que eso pueda conllevar el riesgo moral de olvidar el no”. En realidad, hay que ver a Hitler como hermano porque nace de la sociedad germánica: un tipo que hace del resentimiento su combustible, sin que nadie pueda sentirse ajeno. “Nadie se libra de ocuparse de su turbia figura, algo que reside en la naturaleza burdamente efectista y amplificadora de la política, es decir, en el oficio que él resulta que ha escogido, y es bien sabido hasta qué punto se debe sólo a su incapacidad para dedicarse a cualquier otro. Tanto peor para nosotros y tanto peor para la indefensa Europa de hoy, que él”, concluye Mann, “salte de una victoria sobre la nada, sobre la más absoluta falta de resistencia, a la próxima”. Thomas Mann habla expresamente de “castración moral” de tanta gente corriente que pudo ver al dictador como un tipo nacido del pueblo aunque aparentemente dotado de virtudes que lo hacían carismático e irrepetible. Y es acerca de ese punto, acerca de la castración moral, sobre lo que Hannah Arendt dedica las páginas más enérgicas de su libro.  

Cuando definimos la moral en términos de costumbres y hábitos, incluso como las costumbres y hábitos respetables, no estamos inmunizados contra el mal. Quienes se aferraron al orden moral respetable en la sociedad hitleriana sucumbieron fácilmente a la perversión: simplemente no tenían nada que preguntarse, pues lo correcto era seguir desempeñando las obligaciones de cada uno. Por el contrario, quienes no concibieron la moral como el orden imperante, quienes se preguntaron sobre lo que hacían, asumían la responsabilidad de sus actos y, por tanto, pudieron percibir en toda su cruel evidencia el efecto de la anestesia moral. Los grandes responsables del totalitarismo no son necesariamente unos tipos diabólicos, unos monstruos que padecerían todas las formas de patología. Lo terrible es que el Estado totalitario puede sostenerse en criminales corrientes y en ciudadanos que se apresuran a dejar de serlo, que procuran no interrogarse sobre lo que hacen y sobre las consecuencias de lo que hacen. Después, el pretexto habitual para exculparse sería el de… yo sólo era el engranaje prescindible, intercambiable, de un sistema que obligaba: si yo no lo hubiera hecho (con grave riesgo de mi vida), otros lo habrían hecho. Por tanto, resistir carecía de sentido. Como dice Arendt, quien arguye esto no se ha parado a pensar qué le habría sucedido a dicho sistema si muchos hubieran optado por no apoyar. No era obediencia, era apoyo. Había numerosas formas de no apoyar (y por tanto de no obedecer), pero para ello no había que ser un héroe: bastaba con no prosperar en la sociedad totalitaria.  

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 2. Scriptorium. Unas palabras procedentes de Eichmann en Jerusalen, de Hannah Arendt

–“Entonces, se produjo la última declaración de Eichmann: sus esperanzas de justicia habían quedado defraudadas; el tribunal no había creído sus palabras, pese a que él siempre hizo cuanto estuvo en su mano para decir la verdad. El tribunal no le había comprendido. Él jamás odió a los judíos, y nunca deseó la muerte de un ser humano. Su culpa provenía de la obediencia, y la obediencia es una virtud harto alabada. Los dirigentes nazis habían abusado de su bondad. Él no formaba parte de reducido círculo directivo, él era una víctima, y únicamente los dirigentes merecían el castigo (…). Eichman dijo: ‘No soy el monstruo en que pretendéis transformarme… soy la víctima de un engaño’…”

–“Lo más grave, en el caso Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de dlincuente (…) comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad”.

–“No, Eichmann no era un estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión –que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez– fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como banalidad, e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad cabe atribuir a Eichmann diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común”.

–“Debido a que la sociedad respetable había sucumbido, de una manera u otra, ante el poder de Hitler, las máximas morales determinantes del comportamiento social y los mandamientos religiosos —no matarás— que guían la conciencia habían desaparecido. Los pocos individuos que todavía sabían distinguir el bien del mal se guiaban solamente mediante su buen juicio, libremente ejercido, sin la ayuda de normas que pudieran aplicarse a los distintos casos particulares con que se enfrentaban”. 

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3. Otras lecturas de filósofas 

María Zambrano o la continuidad de la filosofía española, por Miguel Veyrat, en Ojos de Papel. 

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4. Hemeroteca de JS. 

Días de diario, de Antonio Muñoz Molina. Reseña de JS, 1 de junio de 2007. 

Si yo fuera rico, artículo de JS en Levante-EMV, 1 de junio de 2007.

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5. Hace tres años y medio.

Decíamos ayer…

27 comments

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  1. Pavlova

    Tres artículos; hoy Justo Serna ha publicado en distintos lugares tres artículos. Fuca hablaba de envidia a la capacidad del anfitrión. Envidia y perplejidad; yo estoy con los ojos desobitados y con dos muellecitos sujetos a sus cuencas,como en los dibujos animados. Son tres artículos bellísimos, profundos y clarísimos (qué suerte tienen sus alumnos, qué suerte tenemos nosotros), pero “el nuestro” es de una clarividenia cegadora. No dice nada que no haya sido dicho, pero lo dice de la forma más clara, con la razón más limpia. Su reflexión sobre la amoralidad del individuo que vegeta y no se opone a la iniquidad del dictador, me la guardo aparte en la carpetita que tengo de las cosas magníficas y ya, sin pedir siquiera permiso (qué mala es la confianza, el otro día oí que la confianza es eso que tiende a oler mal) me llevo éste artículo a mi foro, un lugar que tengo casi abandonado porque dedico el poco tiempo que me queda a estar aquí.

    Hay gente que escuda su inactividad en la vieja idea de que ya está todo dicho, todo hecho. Hoy Justo nos habla de algo sobre lo que se ha escrito hasta a saciedad y ha hecho algo distinto, lúcido y tan claro que lo podría entender un niño ¡y que bien le vendría a los niños leer cosas así! y demuestra que él puede, con la sencillez y la modestia de un amable profesor, crear razón y belleza nuevas.

    Qué bien lee Justo, que bien escribe, qué bien piensa y qué bien hace pensar. Me ha alegrado el día su lectura.

    Y perdón por la explosión, pero es que ésto es un placer verdadero.

  2. Concha

    Respecto al artículo del señor Serna en Levante, sobre las elecciones, decir, que la ley de publicidad instituticional de la Comunidad Valenciana (7/2003, 20 de marzo), es una ley hecha a medida de ese populismo, o parternalismo. Las campañas de las administraciones públicas valencianas, en pleno período electoral, con formatos similares a la campaña electoral del partido en el gobierno, o con eslóganos muy semejantes: son cuanto menos sospechosas. Todo ayuda ante esta enorme campaña de marketing aderezada con “pan y circo.”

    Del artículo de Mª Angeles Feliu Albaladejo se desprende que la publicidad institucional puede tener unos efectos políticos, al margen de los que le serían propios, cuando coincide con campañas político-electorales de los partidos en el gobierno. El artículo parte de un ejemplo tomado de su entorno más próximo, las Elecciones Municipales y Atonónicas en el ámbito de la Comunidad Valenciana (2003), su lectura pone de manifiesto el vacío legal existente o como ella dice: ” la insuficiencia de alguna de las disposiciones normativas en vigor, que permiten situaciones que parecerían difícilmente aceptables en otras condiciones.”

    Nada, “hecha la ley, hecha la trampa”

  3. Concha

    La amoralidad es una cuestión de la que se ha escrito mucho. La exposición que J. nos hace hoy es profunda, sentida y, muy clara. Un placer leerla. A los que regularmente le seguimos, nos estimula; aunque no siempre estemos a la altura de los sesudos comentarios del blog, no nos desanimamos.

  4. Bonociudad

    El pasaje sobre la crítica de Mann a la inacción de sus compatriotas
    -esa “castración moral” de su pueblo- tiene como referencia la noción de
    “héroe”, aunque sea de forma remota o parcial. En efecto, si el héroe
    es aquel capaz de arriesgar su propia supervivencia en favor de un acto
    moral, podemos concluir que aquel que con su silencio, o su refugio
    en la vida cotidiana, facilita la consecución por otros de una fin
    anti-moral sería una suerte de “anti-héroe”, precisamente porque no
    arriesga lo más mínimo y el fin perverso consigue así su ejecución.

    Cabe preguntarse también, dado que los códigos penales condenan
    la complicidad tanto por acción como por omisión, si el penalismo
    -que es el máximo exponente tecnocrático de la moralidad- nos permite
    condenar, a efectos de simple indignación, la actitud, a priori, más
    que cobarde de estos colaboradores pasivos.

    En esta misma línea consideraríamos la derrota de Churchill
    en las urnas al finalizar la segunda guerra mundial, al menos,
    como propia de un pueblo desagradecido. ¿Y qué decir de lo mal
    que se portaron los votantes con el PC en las elecciones de
    junio de 1977? Precisamente el partido modélico durante el franquismo,
    el que más luchó contra el régimen, el que más generoso se mostró para
    unir a todos los opositores contra el tirano. ¿NO es esto también de
    desgradecidos?

    Arendt, Mann y nuestro PC tenían algo más en común que el simple exilio.
    Y esto es lo que precisamente nos impide estar de acuerdo totalmente
    con su simplista crítica de la inacción ante la tiranía (que no de los que colaboraron
    y/o prosperaron) Y este algo es el equívoco, implícito pero nada gratuito,
    entre cotidianeidad, supervivencia, moralidad y heroísmo. En situaciones
    extremas, incluso las moralmente extremas como una tiranía, la supervivencia
    de uno, y sobre todo de los seres queridos, es el valor más importante.
    Alguien que tiene un comportamiento extraordianario ante un ser anti-moral
    ,como bregar contra el tirano desde una situaciones poco común
    como el exilio, no debe exigirnos comportamiento virtuoso
    en condiciones de una difícil cotidianidad. Inmersos
    en una tiranía y sin haber podido, o no haber querido, exiliarnos
    o refugiarnos en otro país, bastante tendremos con la supervivencia propia y
    de los nuestros. Bastante tuvieron con su supervivencia política los que lucharon
    contra el franquismo desde dentro.

    Los votantes así lo debieron ver en junio de 1977. No votaron al que más
    se lo merecía, sino a los que habían llevado la cruz a cuestas con ellos
    durante tanto tiempo. NO se identificaron con los héroes, sino con los que ellos veían como iguales.
    Los códigos penales también opinan así: el que en estado
    de necesidad y para evitar un mal propio o ajeno (extrapolable todo ello
    a la superviencia o a la normalidad en condiciones adversas) infrinja un deber
    (claro está, un deber moral en nuestro caso) estará exento de responsabilidad
    criminal (extensible, pues, al campo de lo moral) Incluso ésta se puede
    ver atenuada si no concurren todos los requisitos (CP, arts 20 y 21)

    Con este razonamiento, no creo pertinente condenar al pueblo que tuvo que
    aguantar a Hitler y no colaboró ni en su favor ni en su contra.

  5. jserna

    Sra. Pavlova y restantes contertulios, gracias por sus exageradas palabras.

    Leyendo a Mann y leyendo a Arendt, yo no busco al héroe moral. Como dice Arendt, no hay culpa colectiva, pero hay que distinguir ésta –la culpa–, que es siempre imputable a un individuo por un crimen que ha cometido o ha facilitado para que se cometa, de la responsabilidad, que podría llegar a ser colectiva (en un sentido moral). Como dice la filósofa, los ciudadanos actuales de Alemania cargan con lo hecho por sus antepasados, lo bueno y lo malo. Los ciudadanos de un sistema totalitario que prosperan sin hacerse demasiadas preguntas no pueden escudarse en la ignorancia o en la imposibilidad de impedir el crimen. Desde la antigüedad sabemos que es preferible padecer injusticia a cometerla, lo cual es un principio moral difícil pero universalizable. De todos modos, el debate sigue abierto.

  6. Pavlova

    Sí, Joaquín, Justo es un lector como tú y como yo, pero resulta que él es más cosas que no somos ni tú ni yo y también resulta que, a la hora de comentar, de compartir lo leído, no lo hace como tú ni como yo.

    Bonociudad, no creo yo que Justo condene a los que no lucharon contra Hitler, él mismo lo ha dicho. Todos somos conscientes del terror que produce una situación como la de entonces. No es eso lo que Justo nos trata de decir. No se pretende la lucha a cuerpo descubierto contra algo semejante, pero todos tenemos una voz, como la tuvo Arendt y puede levantarse. Lo que no puede hacerse, en ningún caso, a no ser que haya algo que ocultar, un leve asentimiento al menos, es decir “yo no supe”. Todos sabían. Era difícil no saber.

  7. Bonociudad

    Era difícil no saber, en efecto, pero más difícil era poder exiliarse, especialmente para judíos, como lo era Arendt. La situación se parece demasiado a la de muchas familias cuando los padres envejecen. Los que tienen que hacerse cargo seguro que se indignan cuando el hijo que vive lejos, en una breve visita, critica la forma de cuidar del abuelo o de la abuela. También podemos pensar del caso de Steven Hawking, cuya mujer se divorció de él tras años y años de convivencia, con él y con su enfermedad. Podemos criticar cruelmente y culparla de falta de sensibilidad. Sin embargo, la realidad es que ella tuvo que vivir esa situación mucho tiempo y nosotros no. Los toros siempre se ven mejor desde la barrera.

    Tanto Justo como yo hemos dejado claro nuestro desprecio a los que se enriquecieron y colaboraron con el régimen. Exiliarse no es nada fácil. Pero así Mann y Arendt tuvieron una oportunidad que se les negó a millones de alemanes que no colaboraron con el régimen, sino que simplemente lo vivieron y aguantaron con dignidad. No niego la existencia de una responsabilidad, en sentido abstracto, en sentido absoluto si preferimos usar términos penales, de la sociedad alemana en su conjunto. Pero esta responsabilidad se divide, se relativiza, en cuotas. Incluirlos en el mismo saco de la responsabilidad (delito por imprudencia) o de la culpa (delito doloso, a sabiendas) me parece una importante falta de matización.

    Es natural que Arendt, como judía, se considere víctima de la barbarie nazi. Es totalmente legítimo. Pero, precisamente por tal carácter, debemos someter su análisis de las culpas a un escrupuloso escrutinio. Podemos pensar en la realidad más inmediata para ver que las víctimas deben ser oídas, pero sin tener el monopolio de la expiación. Muchas veces se le ha criticado al estado israelí el abuso de su discurso victimista.Y qué decir de Mann, que tras simpatizar con el nacionalsocialismo cambió su credo político. Rectificar es de sabios y errar es humano, pero abandonó un camino que otros nunca tomaron. No hay fe más devota que la del converso, ni carácter más mesiánico.

    Además, mirándonos al ombligo, ni siquiera la sociedad española ha aceptado su responsabilidad global de la dictadura franquista, que duró cuarenta años. El consenso social sobre la dictadura, que alcanzó su cénit durante los sesenta precisamente, es poco menos que tabú. Por no hablar de Chile, Argentina, Uruguay…

  8. Pavlova

    Agggg. Había escrito una respuesta larga a Bonociudad y se me ha borrado. ¡¡Dita sea!! No tengo tiempo ahora de reconstruirla, pero sí de hacerle una puntualización en algo en lo que se equivoca y es normal que lo haga porque es que parece increíble: no fue la mujer de Steven Hawking la que se cansó de cuidarlo y se divorció de él, fue él el que le pidió el divorcio porque se había enamorado, no recuerdo si fue de su secretaria o su enfermera y, además, se ha casado con ella.

  9. Paco

    Serna: te pones divino con Thomas Mann y con Hanna Arednt porque no quieres hablar del fracaso de los socialistas?

  10. Bonociudad

    En una biografía del año 1992 aproximadamente de la que no recuerdo el título se decía que la iniciativa del divorcio fue de la esposa. la proxima que caduque la página de respueta del blog pulsa la tecla de atrás y vuelves al texto.También puedes seleccionar el texto y usar copiar de vez en cuando.
    ;D

  11. Pavlova

    Yo es que soy muy mayor y no lo he leído en una biografía, lo recuerdo perfectamente y vino en toda la prensa como algo muy exótico, sobre todo la desolación en que quedó la primera mujer.

    Gracias por el consejo, pero no me ocurrió lo que dice (ya sé que hay que hacer eso) es que están levantando mi calle (vivo en Madrid :-)) y se fue la luz. Sí tenía que haber guardado, pero siempre se me pasa.

  12. Miguel Veyrat

    Gracias, querido Justo, por el enlace con mi artículo sobre el ensayo del profesor Abellán sobre María Zambrano, que abre, a mi juicio, perspectivas nuevas acerca de la importancia de nuestra gran y desconocida pensadora en la filosofía española, que no acaba de salir de su crisis endémica —y/o endógena.
    Siempre me conmueve la historia de los amores entre Arendt y Heidegger, siempre en el marco de la fenomenología… y el coraje de Anna frente a Hitler y la barbarie nazi. Acabo de leer su tesis doctoral, dedicada a Husserl, el maestro de ambos a quien traicionó moralmente Heidegger de manera ominosa.

  13. jserna

    Gracias a ti Miguel, por la sutileza de lectura y reflexión. Yo, por mi parte, estoy leyendo ‘Entre amigas’, la correspondencia entre Hannah Arendt y Mary MacCarthy. Dos mujeres, sutiles de pensamiento… y de vida. Impresindibles. Como María Zambrano.

  14. Kant

    Tras leer a don Justo, estaba convencido que las reediciones de clásicos del pensamiento del siglo XX y las nuevas ediciones de obras de los mismos que no se publicaron en su día obedecía más al paisaje desolado y estéril del pensamiento occidental actual – tan postmoderno él – y sobre ello pensaba que reflexionaríamos. De hecho, las últimas aportaciones del mismo Serna y del señor Veyrat sobre María Zambrano parecía que apuntaban a que era por ahí por donde iba el asunto. Sin embargo, me los encuentro a uds sumidos en estas disquisiciones en las que se han adentrado y que nos llevan… ¿dónde nos llevan, apreciados contertulios? ¿qué se quiere aportar? Me pierdo. Ya saben uds que soy de natural simple y estos excesos verbales me desconciertan.

    Por otra parte, cuando el señor Serna nos indicaba “Lo terrible es que el Estado totalitario puede sostenerse en (…) ciudadanos que se apresuran a dejar de serlo, que procuran no interrogarse sobre lo que hacen y sobre las consecuencias de lo que hacen” me vino a la cabeza la imagen de unos ciudadanos madrileños y valencianos – especialmente, aunque no únicamente – que con su voto perfectísimamente responsable decidían darle otra oportunidad al ladrillo, a la mentira y al liberticidio; a convertir en normal la inmoralidad. Así que no pudo dejar de resultarme chocante esa visión selectiva – interesadamente selectiva – de los hechos que aparece en algunas de sus aportaciones.

    Me sorprende, por ejemplo, esa conversión, yo diría mágica, del “pueblo” en un sujeto colectivo pero reconocible e identificable (v. g. “el pueblo alemán”… ¿y quién es el “pueblo alemán”, si me lo pueden decir? ¿el que no se pudo exiliar o el que llevó al poder, en volandas democráticas, al NSDAP?). Un sujeto, al que, por serlo, lo dotan de toda una serie de cargas morales comunes, positivas o negativas, según el argumento que traten de defender, aunque, por demás, y contradictoriamente al punto anterior, también lo hacen aparecer exento de culpas colectivas. Un “pueblo” moralizado al que, finalmente, tienden a exculpar, por activa o pasiva, desoyendo a la misma Arendt cuando nos obliga a plantearnos la diferencia entre “apoyo” (consciente, culpable) – a un régimen… a cualquier régimen indecente – y “obediencia” (obligatoria, exculpadota).

    No creo que haga falta elevarse a especulaciones excesivamente abstractas si partimos de la falacia del concepto “pueblo” fuera de un ámbito estrictamente etnológico. Si aceptamos esto veremos que con lo que Mann o Arendt, o ahora nosotros mismos, lidiamos no es con “pueblos”, es con sociedades. Y estas las componen personas, seres humanos, y, como tales, condenadas al error y agrupadas por vínculos de interés. En consecuencia, responsables de sus acciones y/o dejaciones.

    Así las cosas… ¿qué nos están proponiendo esos votantes a los que me refería más arriba, esos ciudadanos concretos, segmentados y responsables de sus actos, como vida común?… ¿grandes fastos públicos vacuamente espectaculares?, ¿misérrimas infraestructuras de calidad de vida social?, ¿polarización ciudadana entre los que tienen y los que no tienen?, ¿trabajo subalterno?, ¿capital especulativo?, ¿empresas endebles?, ¿pensamiento débil?, ¿corrección política?, ¿ausencia de crítica?, ¿desprecio a la ciencia?, ¿miedo a ese ser incorpóreo, indefinible y tremendo que es el “terrorismo”?… ¿”Pan y circo”, pues?… ¿Y no es ese el camino de la tiranía?

  15. Kant

    Perdón, puse “(…) y “obediencia” (obligatoria, exculpadota)” y debí poner: “(…) y “obediencia” (obligatoria, exculpadora)

  16. Miguel Veyrat

    Sí, querido Kant, ese es el camino de la tiranía, porque es en el mismísimo fondo el nefasto “vivan las caenas” de nuestra historia. Pan y circo, embolsar mi mísero viático por traicionar mi voto y que se enriquezcan los amos.
    He sentido la misma verguenza que tú, el mismo regueldo amargo que sentí en mi juventud al contemplar cómo gente con el mismo brío vital que yo, consentía en la pérdida de las libertades básicas, en la explotación brutal del indefenso a cambio de su tranquilidad personal y personal satisfacción. Es cuando yo y muchos otros gritamos que “un país como este no es el mío”, prestando nuestros cuerpos y mentes a un posible cambio que muchos pensamos revolucionario. Transigimos con una Transición incompleta, menesterosa y embustera, y lo más digno que pudimos hacer despsués fue no poner la mano para recibir “un precio”.
    Pero ¿es “el pueblo” quien consiente, quien transige? ¿Puede cargarse en las espaldas de una generación crecida bajo el fascismo más oscuro no disponer de líderes intelectuales, maestros, como tantas veces hemos lamentado en este blog? ¿Es el analfabetismo funcional endémico de este país el que consiente en la tergiversación de valores que hace que la “Telecinco” de Salsa Rosa y Gran Hermano, por citar sólo dos productos, nos lleve a transigir con que los “famosos” al fin y al cabo tengan derecho a enriquecerse ilícitamente? ¿Hase visto jamás desfachatez obscena como la de un tal Fabra de Castellón, rey hereditario por generaciones de una diputación, al considerar que los votos le han lavado de su corrupta mancha? Siempre regresaremos a lo mismo, a la revolución, ay, burguesa que nunca se dió en el solar patrio porque la dictadura del funcionariado trastamara, austriaco, borbónico, esclesiástico y más etc. impidió a sangre y fuego que hubiese ciudadanos. Y basta de elegías. No es el pueblo el malo, como no puede ser mala la naturaleza, no hay maldades colectivas, el mal reside en el corazón del hombreindividual que no alcanza a ser humano porque le falta el aliento infatigable de la función mental.
    Querido Justo, el título del artículo sobre Zambrano es “o la continuidad de la filosoffía”, no “sobre” la filosofía. Gracias. Una errata, con la energía que despliegas no sólo es justificable sino comprensible.

  17. Juan Moreno

    No hice todo lo que debería haber hecho. Ya he escrito en éste blog que no quería “transición” deseaba ruptura. Las “condiciones objetivas”,- de la que tanto me hablaban los oligarcas del partido que antes consideraba luchadores entregados a una causa noble, eran según ellos, -los viejos camaradas-, hacían inviable por imposible, la “Ruptura” con el viejo sistema franquista.
    No seguí mi corazón, e hice caso de la lógica dominante, tragué sapos y culebras y me puse a consolidar la democracia. Desarrollamos CCOO, el PSUC, ayuntamientos y condujimos a los ciudadanos hacia el presente que tenemos. Que nunca es el que yo quise. Desconstrucción del mundo moral imaginado en mis ilusiones de juventud, aumento de las desigüaldades, incertidumbre de lo venidero, inculturización galopante y “globalización del pensamiento único”. EL Imperio arrolla la mayoría de obstáculos para llevar a cabo el sometimiento absoluto.

    Por eso, todo lo que ayude a la desestabilización del sistema actual, – como es lógico SIN VIOLENCIA-, por que el escribidor que ésto teclea, tiene la vida física mejor que 2/3 partes del resto de los humanos-, no será nunca repudiado por él.

  18. jserna

    Corregido el título: ‘María Zambrano o la continuidad de la filosofía española’, de Miguel Veyrat. No se lo pierdan.

    Lo que dice Kant es exactísimo: quizá por lo que trata el post se nos va la cabeza y nos ponemos abstractos. No hacía otra cosa Hannah Arendt: hay que analizar lo concreto, cosa que a la postre es lo que intentamos aquí.

  19. Juan Moreno

    Gracias Sr. Serna por colgarlo y a Ud Sr. Veyrat por escribirlo, por su crítica del libro del profesor Abellán sobre la filosofía de María Zambrano.

  20. Miguel Veyrat

    De nada, Juan Moreno, viejo camarada. Yo fui fundador de CCOO de Prensa yArtes Gráficas, en Madrid.

  21. Juan Moreno

    Algo se cuece en los pucheros políticos. Consecuente con lo escrito al final de las 18.10 h. visto la lentitud del proceso de descomposición del sistema, como ya quizás haya escrito alguna vez en éste blog, hace unos dos años comencé a ayudar a ERC en elecciones y haciendo apología en mis circulos familiares y de amistad. Siendo consciente y público que no tengo afinidades con ningún modelo de nacionalismos, pero siendo los más cercano a no existir divorcio entre lo propuesto y la realidad., ERC me ofrecía su efecto catalizador de agitador antisistema. Asambleario, nacionalista periférico y una gran tradición republicana y de izquierda liberal. Esa postura había sido retomada por los que acabaron con los oportunistas Heribert Barrera, Hortalá, Angel Colom, la Pilar Rahola…etc.
    Pero en ésta nueva entrada de líderes entraron gente que enseguida han cogido el reformismo de la negociación para el poder sin ideología.

    De nuevo ERC tiene un gran dilema: Seguir la trayectoria de los tres últimos años ó terminar en el testimonialismo de los peones de brega de CiU, PSOE, e incluso PP.

    El estatuto y su desarrollo ha sido piedra de toque de los nuevos oligarcas de ERC. Se oponen a él presionados por las bases en asambleas, pero traicionan su intención. Cuando se debate en el Congreso votan en contra, pero al debatirse para su aprobación por el Senado, se abstienen. Con ésto último consiguen que se apruebe por los votos de PSOE, IU, CiU y demás, votando en contra el PP. Si hubiesen votado en contra hubiesen conseguido devolverla al Congreso. Con este hecho hice pública mi retirada de apoyo a ERC hasta una nueva situación. Y en ello estoy.

    Ahora los hechos han vuelto a poner en un brete a la dirección de ERC. Reunida la asamblea de Barcelona, ésta amenaza al Sr. Portabella de destitución en el partido de sus responsabilidades locales. Y ahora están todos preocupadísimos por la revuelta de las bases de ERC. Éste abandera el motín y se niega a seguir gobernando con el PSC.

    Ni que decir la satisfación que estos hechos me están produciendo.
    Vueve un partido político a ser consecuente con si IDEARIO. Si consiguieron un avance espectacular con su anterior política nacionalista, republicana y de izquierda liberal, y tras perder concejales en las elecciones del pasado
    día 27 de mayo, trabajo arduo será recuperar la credibilidad perdida.

  22. Arnau Gómez

    El sr. Serna con su magnífico artículo de hoy no ha hecho sino seguir una máxima de Mao Zedong.Nos ha dado una caña de pescar y nos ha enseñado que por el camino que vamos, estamos abocados a una reedición del totalitarismo del siglo XX, más destructivo y cruel que nunca, porque hay muchos menos medios para defenderse intelectualmente y muchos menos lugares a donde exilarse fisicamente.Ese es el inmenso mérito de D. Justo.
    El sr. Kant pone el dedo en la llaga del totalitarismo post-electoral, al que nos llevan los que prometen eventos vacíos.Lo importante es que les hemos visto la cara,los conocemos y debemos comprometernos (yo al menos lo quiero hacer) en desenmascararlos ante el resto de mis conciudadanos.¿Se han olvidado ustedes de la fuerza de la palabra?.
    Remacha el clavo el Sr. Veyrat, pero no creo que los que nos damos cuenta de que lo que puede caernos encima (o ya nos está cayendo),tengamos que autoglagelarnos por no haber hecho una Transición mejor ,ni por no haber conseguido una Ruptura con el franquismo.No sé si se recordarán que de eso hace 30 años,media vida para muchos de nosotros,toda una vida para otros.Tenemos que mirar hacia adelante ,recordando lo que ha pasado y lo que hicimos.A lo mejor,al recordar nuestros actos,nos damos cuenta que hicimos lo que pudimos.

  23. Kant

    En alguna ocasión les he advertido que frecuento círculos de antropólogos y arqueólogos. También he departido, con cierta frecuencia, con geógrafos y geólogos… mmm… no se pueden imaginar uds – los que no lo sean – la diferente perspectiva del concepto “tiempo” y la percepción de su transcurso respecto a políticos, periodistas y la gente de contemporánea (refiriéndose a los licenciados en esa especialidad de la Historia) que, creo, es público mayoritario en el blog de don Justo.

    Lo digo porque aprecio una cierta melancolía en algunos de usd por un “temps perdu”… ‘No hice todo lo que pude haber hecho’, nos llega a confesar emotivamente el señor Moreno, y aunque don Arnau trata de sobreponerse a esas oportunidades perdidas hace treinta años, no dejo de percibir en él, también, un cierto sabor a almendras amargas, si me permiten parafrasear a doña Sella Haasse (por cierto, les recomiendo vívamente la lectura de su novela si acaso no la conocen. Pero no nos dispersemos). Tal vez me equivoque pero, en todo caso, quisiera, si me lo permiten, agregar rotundidad a la aseveración del señor Gómez. Estoy hasta por recordarles aquella estrofa del tango de don Alfredo Le Pera: “que veinte años no es nada…”

    En efecto, su formación y praxis personal, como la nuestra, establecida sobre una inmediatez que responde al ritmo absurdo – “problemático y febril” si seguimos con el poema de Discépolo – que nos marca la contemporaneidad – especialmente, el último medio siglo – y que se caracteriza, entre otras cosas, por la prioridad de lo urgente sobre lo importante, con su correlato de obligación de movernos en extensos ámbitos de inteligencia fracasada, su formación y praxis personal, decía, les impele a pensar de forma autoinculpatorio, en el pasado, y proponer una visión poco halagüeña de cara al futuro. Yo les tengo que contradecir.

    La historia de la humanidad se mueve a tramos infinitamente más amplios – en espacio y tiempo – que los de una mera generación. Las ideas calan entre las personas tras múltiples generaciones y nunca de forma uniforme. Los comportamientos humanos se adaptan a circunstancias medioambientales y socioeconómicas interrelacionadas y complejas complicando, a su vez, a aquellos y estableciendo relaciones retroalimentarias extraordinariamente poliédricas, fractales, si me permiten tirar mano de las matemáticas. Uds hicieron lo que debieron y lo que pudieron dentro de las circunstancias en las que lograron moverse. Lucharon, luchan, desde su tramo de trinchera y no pueden hacer más. Es humanamente imposible.

    No duden, ni por un momento, que en su integridad y en su dignidad está el termómetro de su valía y eso, pienso que en el caso de los señores a los que he citado por su nombre – y a otros que nos leen en su anonimato – queda sobradamente fuera de duda. Su aportación, su combate, dura y durará el tiempo que el destino señale y vendrán otros a ocupar su lugar. Y luego otros. Y otros más. Y más. Tenga por seguro que más de un galopín de los que ahora nos lee y hasta nos irritan con sus comentarios carentes de experiencia, cuando madure un poco más, tomarán nuestro lugar y defenderán más y mejor que nosotros mismos nuestra causa.

    Más arriba les suplicaba no elevarnos a la metafísica pero, llegados a este punto, creo que sí vale la pena detenernos un poco para recordar qué hacemos aquí, porqué el esfuerzo y la vida. Nuestro frente, ese que ahora está en un momento difícil, es el de la emancipación de la humanidad. Llevamos en lucha desde que tuvimos consciencia del concepto “injusticia”, unas veces nos fue mejor y otras peor, pero en tres mil años ninguna derrota ha sido definitiva y los avances siempre, a la larga, se han consolidado. Seguimos ganando.

    Tal vez la materia de los sueños sea etérea pero la de las ideas es muy singular, mercuriana, sólida como un metal y fluida como un líquido, y es en el mundo de las ideas donde se dirime nuestra causa. Nuestra idea, como el mercurio, es fuerte y flexible. Encontrará su camino. Tal vez no hoy – ay, nuestra impaciencia revolucionaria – pero sí mañana. Trabajamos por lo importante y tenemos la Diosa Razón de nuestro lado. Si no vencemos no perdemos nosotros, desaparecerá la humanidad. Por eso vamos a ganar. Pero denle tiempo al tiempo y, sobre todo, sobre todo, confíen en la juventud.

  24. Pavlova

    ¡¡¡Plás, plás, plás!!! (Aplausos). Magnífica, bellísima su respuesta, Kant y, sobre todo, hermosísimo el último párrafo.

    En plan rupestre (en mi plan) venía yo a decir lo mismo en el mensaje que se me borró. Una de mis especialidades, la musicología, es algo tan perseverante y paciente, casi, como la arqueología y sabemos, nos consta lo que defiende Kant y no, no hay nada que reprocharse (nosotros), no se puede hacer más; es lo mismo que el voto, una mínima gotita y una esperanza a larguísimo plazo puesta en ella. Llevo defendiendo aquí, a brazo partido, que la transición se hizo como se pudo, que quizás se pudo hacer más, sí, claro, pero era peligrosísimo y se vio muy poquito después con el intento de golpe de estado militar. No nos quejemos de lo poco, que pudimos quedarnos sin nada y aún peor que antes… bueno, peor no sé.

    Lo que sí decía yo, cuando se fue la luz, es que sí hubiera sido necesaria la condena internacional a lo que hubo aquí. No se produjo y ya no se producirá jamás. Eso dificulta y retarda las cosas. En la Alemania de hoy, sería inconcebible la reacción que hubo aquí al quitar una estatua de Franco, entre otras cosas, porque allí sería impensable que quedara una estatua en su pedestal de ninguno los asesinos. Así estamos y así se arma la que se arma porque unas pocas víctimas añejas quieran encontrar los cuerpos de los suyos en fosas olvidadas den cunetas perdidas. Pero ha sido así y así mejor que nada.

    Nuestra responsabilidad, ya digo, es sólo una gotita, pero puede ser una gotita luminosa o muy negra. Todos los que nada sabían, perdón por lo personal, pero es lo que tengo más a mano y, sobre todo, lo que sé que es absolutamente veraz: mi ex suegro, por ejemplo (que estuvo en la División Azul), ante la magnitud de las pruebas del inicuo nazismo (aunque siga habiendo quien niegue ese horror -las gotitas obscuras-) asegura que aquí nada se sabía, que no se tenía ni idea de lo que ocurría; pero es que resulta que mi padre nació en el mismo año que ese señor, vivía en el mismo lugar y lo sabía todo, estaba enterado de todo y perdió sus carreras y su vida activa en el exilio de aquí. Son dos gotitas, pero dos gotitas muy distintas y con mínimas, pero muy distintas, responsabilidades, la de mirar para otro lado, en el cómodo ascenso de una vida tranquila y sin miedo o la de perderla consciente de la importancia tremenda de esa mínima lucha desde el terror.

    Sí, confiemos en la juventud y en el tiempo mirado con ojos arqueológicos, musicológicos; así visto, hoy estamos muchísimo mejor y sí, vamos a ganar. No, Paco, usted no lo verá y yo menos, pero, aunque no lo entienda, vamos a ganar.

    Felices sueños.

  25. Julia Puig

    Una vez más, es un verdadero disfrute leer los artículos que Justo Serna nos ofrece. Mi incorporación al post de “ciudadano moral” la he realizado tarde, pero no quiero, por ello, dejar de hacerlo.

    Las dos lecturas que nos propone Justo Serna, donde el camino concluye para preguntarse sobre la condición moral del individuo, son sin duda, debates interminables.

    Sinceramente creo que nuestro juicio moral se desvanece cuando hablamos del lenguaje del totalitarismo, que niega toda diferencia, toda pluralidad y toda alteridad. Si dejamos que se hunda el concepto de alteridad, la sociedad inicia un proceso de falta de sentido, muere entonces la ética y el siguiente paso es el totalitarismo político. Creo que la gran amenaza es el olvido del otro, como bien dice Justo “los grandes responsables del totalitarismo no son necesariamente unos tipos diabólicos, unos monstruos que padecerían todas las formas de patología”, quizás, deberíamos también plantear la responsabilidad del “yo” y, en su conjunto, la de toda la sociedad.

    El artículo de Miguel Veyrat sobre María Zambrano me parece estupendo, esa “razón poética”, ese grito del que habla Veyrat que “despierta lo más auténtico y noble del ser humano: “La Pasión pura”.

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