Leo el cuento asombrado

saturnodevorandoasushijos1. Dice Alejandro Lillo: “Leo el cuento de Onetti asombrado”. Leo el cuento, asombrado…: o leo el cuento asombrado. El pasmo es el principio del conocimiento, ya sabemos. Pero el asombro es también el estado del desconcierto, aquello que nos descoloca, que nos trastorna.

Para describir ese estado, Alejandro Lillo se refiere a El posible Baldi, un relato preciso y perfecto de Juan Carlos Onetti que yo les proponía en el post anterior. Es una narración en que la que alguien cuenta cuentos a otro personaje, agrandando su identidad, forjando lo que sólo es potencial. Es un modo de fijarse, pero también de multiplicarse.

De El posible Baldi Lo ignoramos prácticamente todo. Desconocemos la verdadera identidad de sus personajes. No sabemos qué ha sido de sus vidas: sólo lo que un narrador cicatero y dudoso nos cuenta siguiendo el estilo libre indirecto. Pero no necesitamos más. Los cuentos logrados son instrumentos de precisión, una radiografía perfecta de lo que no sabemos, de lo que ignoramos, de lo que desconocemos: de lo que es interior y finalmente se revela. En negativo, si quieren. 

“Desde luego cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”, añade Alejandro Lillo.  “Al fin y al cabo el ser humano (hoy no diré hombre) es un contador de historias. Pero también necesita escucharlas”, detalla nuestro lector. Leer y escuchar, una manera de hacernos una idea cabal o aproximada de lo que nos acaece o de lo que no sabemos identificar. Observar el mundo real para obtener sólo unos pocos datos que son siempre insuficientes.

“Hace algunos días hablábamos del storytelling, basado precisamente en esa necesidad humana”, añade Lillo. “Pero las máscaras que se va inventando Baldi”, dice regresando al cuento de Onetti, “acaban por pasarle factura, aunque siempre con ese tono de humor que recorre todo el relato”. Humor: la habilidad para encajar lo raro, lo indistinto, lo extraño, lo que nos desmiente; la capacidad para bromear y para ironizar. “Le pasan factura porque al final el personaje se apodera de él, haciéndole despreciar lo que es, la vida normal y corriente que lleva”, dice Lillo.

“Evidentemente echa las culpas a la institutriz alemana (¿por qué alemana?)”, se pregunta. ¿Y por qué no? ¿Es que, acaso, una institutriz no ha de ser una persona severa que enmiende y corrija? Una servidora de dicha nacionalidad es perfectamente verosímil. “Necesitada de un príncipe azul, de protección, o tal vez de la presencia de una figura paterna que la reconforte y de la que volver a enamorarse”, alguien necesitada de autoridad y de esa figura potente…, ¿que Baldi puede encarnar? “Baldi acaba odiando a la mujer casi por transferencia, volcando en ella la frustración que siente por esas vidas ficticias, repletas de aventuras y emcociones, que sabe que nunca serán realmente suyas…”, unas vidas que rellenan lo que al Baldi real le faltan.

“Mucho se podría seguir hablando sobre el relato. Si alguien se anima… Aquí se lo dejo”, dice Alejandro Lillo reproduciendo ese relato:

http://www.literatura.us/onetti/baldi.html

juliocortazar2. Escribe Alejandro Lillo un relato. En efecto, nuestro lector no sólo se adentra en relatos ajenos, un género en el que no hay tiempos muertos, cuentos que pueden aludir al propio hecho de contar. Él mismo escribe y publica narraciones breves que se refieren a la circunstancia de imaginar, de confundir, de mezclar planos diversos de lo real. Leo El niño que soñaba con ser arquitecto.

Editado en el volumen Cortos, cortos (Oviedo, Ediciones Trabe, 2008), el cuento de Alejandro Lillo es la reelaboración de un clásico de la literatura: la realidad que en el fondo es una ficción, el espejismo de lo auténtico. Angustiosa recreación, sí. Eficaz miedo el que nos provoca: ¿y si todo fuera un error?; ¿y si todo fuera justamente al revés de lo que creemos? Cuando he escrito el título de dicho relato, he adosado una fotografía de un joven Julio Cortázar. ¿Joven… Cortázar? Hasta que murió –exactamente hasta que murió–  fue joven… 

Decía que he puesto una foto del escritor argentino: precisamente porque el relato de Alejandro Lillo me recordaba –para bien– un célebre cuento de Cortázar: La noche boca arriba. Ahora leo el agudo comentario de David P. Montesinos y veo que coincidimos en la apreciación: hermoso relato de Lillo, feliz recreación de La noche boca arriba. Leo, asombrado, el cuento de Alejandro Lillo: me obliga a releer la narración de Cortázar, a disfrutar de una angustia que lo real te puede provocar.  Cuando creías que todo estaba hecho y conseguido…

lego3. Lo dije y lo repito tal cual. No sé decirlo mejor… Necesitamos novedades, sucesos inauditos que ventilen el aire remansado de lo obvio, pero necesitamos también hábitos, repeticiones del devenir que nos aten y alivien la incertidumbre. Vista la historia desde hoy todo su proceso parece obvio y su curso, inevitable. Sin embargo, nada hay garantizado de antemano y cualquier cosa alcanzada, cualquier bien por modesto que sea o cualquier ventaja tenazmente conquistada pueden extinguirse, malograrse, me decía. Creemos posible hacernos un destino –insistía– y de repente descubrimos que todo designio sólo es un privilegio fortuito o una chiripa menuda. Todo aquello que importa, como el amor, como la democracia, como la mejora personal, tarda en llegar, hay que acarrearlo y, una vez logrado, puede perderse.

Puede perderlo hasta El niño que soñaba con ser arquitecto.

25 comments

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  1. Ana Serrano

    1. Ana Serrano

    Ha sido un placer es un modo mío de saludar. No me voy; no me he ido, pero no puedo participar; no puedo siquiera leerlos. Ahora, en un descanso, los leo un poquito ¡Ya querría yo hablar de Onetti!, el escritor favorito de mi adolescencia; del asombro que fue para mí su Juntacadáveres, o su El astillero y Dejemos hablar al viento, que tengo sobadiiiito, sobadiiiito y contarles la batallita de mi trato guadiánico con su maravillosa mujer, que es violinista y como escucho, embobada, las cosas que cuenta (y que enseña) de su marido, del amigo entrañable Cortázar… Decir que creo que Baldi es un poco Onetti y un poco todos, que no hiere, da unos instantes de aventura, de cosa extraordinaria en la vida común, pero no puedo y, además, aunque no me vaya, hay veces que tengo que darme un paseíto porque me siento incómoda. Son cosas mías, no hagan caso. Sigan, sigan con lo suyo.

    2. Ana Serrano

    Señor Lillo, las institutrices siempre eran alemanas, vaya usted a saber por qué; quizás porque tenían fama de rectas e inflexibles, cosa que, cuando existía esa figura, parecía muy conveniente para la educación de las niñas. La modelo principal de los cuadros de mi maestra era su institutriz alemana, Walburga, que la castigaba con una fusta y yo me llamo Ana por la que tenía mi madre, Ana Young, que hizo comer a mi madre hasta los doce años, sujetando un libro bajo cada brazo para que no los separara :-) Y la quería, ya ve. Pero los niños solían tener preceptor.

  2. David P.Montesinos

    Hermoso relato el de Alejandro. Me viene a la memoria cierto relato precisamente de Julio Cortázar y del que me acordé ya, hace un par de años a propósito de “Apocalypto”, ese film tan discutible pero tan sugerente de Mel Gibson, en el cual, entre otras muchas cosas, se nos relata magistralmente el ritual del sacrificio maya en la pirámide donde se intenta aplacar con profuso derramamiento de sangre la ira del Dios Kukulcán, que ha desencadenado la sequía y la pestilencia sobre el reino. En el relato de Cortazar,lejana e imprecisamente recordado por mí ahora, se sugiere que alguien como yo, que ahora mismo escribe un post en un blog y recibe llamada de su madre para recordarle que esta semana es el cumpleaños de su padre y que se ha de sumar al regalo de sus hermanos y que la tarima del suelo se me ha abombado, etc, etc… ese hombre sueña que es llevado a lo alto de la pirámide donde el sacerdote maya se dispone a sacarle el corazón para devorarlo en honor a un Dios terrible… sueña y sueña, y vuelve por un momento a sus asuntos, al teléfono que vuelve a sonar, al blog de Serna… pero al final del relato, como en el relato de A.Lillo, descubrimos que el personaje en verdad va a ser efectivamente sacrificado y que el sueño era en realidad el de que era un tipo cualquiera que escribe delante de un ordenador, contesta al teléfono a su madre o se preocupa por la tarima del suelo.

    Hermoso relato, Alejandro, felicidades.

  3. Francesc Vila

    He sido advertido por una persona amiga de este blog que inscribí incorrectamente mi propia dirección-e en el anterior post donde intervine.

    Uso tanto la de mi empresa que lié ésta con la mía personal. Lo siento.

    Les ruego que me disculpen quienes hubiesen enviado algo para Manel Cantarell (alias “Kant”) y les hubiera sido devuelto su escrito por no poder localizarme.

    La dirección correcta es: fvilasuria@yahoo.es

    Muchas gracias

  4. Alejandro Lillo

    Gracias David por sus palabras, y muchas gracias Justo, por hacerme un hueco en su blog, por escribir mi nombre junto a una foto de Cortázar :-), por “leer asombrado” mi relato, y por esa fantástica pieza de lego que ha colocado ahí, tan enorme pero, sobre todo, tan roja.

    Es cierto. Lo que tenemos, lo que creemos tener, es frágil, mucho más de lo que a veces nos imaginamos. Creo que es bueno recordarlo de vez en cuando, para no olvidarlo. Me alegra que leyendo “El niño que soñaba…” se hayan acordado de Cortázar, pues no pretendía otra cosa. Tan solo rendir un pequeño homenaje a ese maestro del relato corto. Si además no se han aburrido y el final les ha turbado un poco… para mí es más que suficiente.

    Muchas gracias y buenas noches.

    ¡Ah!, ¡y ojo a ver dónde despiertan! :-)

  5. Miguel Veyrat

    Pues lo has conseguido, Alejandro. El tema del hombre sumergido o flotando sobre el abismo del tiempo ha sido una constante de la literatura en distintas formas según los avances cuturales y el conocimiento filosófico y científico de la propia finitud, que jamás acaba de desprenderse del todo en los individuos conscientes de la continuidad de la especie, Borges, Rulfo, Cortázar, Arguedas, Onetti han sido unos maestros en el tema. Me gustaría que leyeras “la Muerte de Virgilio” de Hermann Broch, y si ya no lo has hecho entenderás muchísimas más cosas y más hondas de las que nos han dado generosamente los autores citados.

    Desde luego, cuando me despierto, el dinosaurio siempre se ha marchado.

  6. Miguel Veyrat

    Menudo lío “y si ya no lo has hecho”… Espero que “el habitual buen sentido de nuestros lectores” como se decía en los viejos periódicos para justificar confusión o errata, haya suplido el raro acto fallido. En cualquier caso, Alejandro,espero leer de ti algo en homenaje a tu propia capacidad de creación y tus lecturas actuales: ellos, los que citamos y admiramos, los que escribieron hace cincuenta o sesenta años ya leyeron a Freud con mucho provecho. ¡¡¡Animo y a ello!!! Y pronto, pronto, ahora que la luz te es favorable en tu estudio y tienes calefacción y buena compañía.

    Querida Ana, la institutrices no siempre eran alemanas. La institución de la “Mademoiselle” imperó largo tiempo en las familias altoburguess españolas. Lo viví. Espero el relato de cómo sonaba tu prosa limpia en la voz de Angel Marco.

  7. Alejandro Lillo

    Gracias, Miguel. Como le decía a un amigo común hace unos días, el relato lo redacté hace ya más de dos años y creo que lo mejor de todo eso es que ahora lo escribiría mejor. Es decir, que poco a poco voy aprendiendo y mejorando, entre otras cosas gracias a los comentarios de Justo y demás contertulios en este blog y – por qué no decirlo – en especial gracias la sabiduría que sus palabras rebosan, don Miguel. Tal vez algún día – espero que dentro de poco – reúna el coraje necesario y pueda enviarle otro relato inspirado , como usted dice, en una de mis lecturas actuales, una de las que más me han fascinado en los últimos tiempos: “Instrucciones para amanecer”.

  8. Miguel Veyrat

    No gracias a usted por su talante, que le llevará muy lejos y con buen viento (i barca nova, que diría el añorado Kant, cuyo ectoplasma volverá con otro pellejo a buen seguro). Me conmueve siempre que mi poesía inspire a alguien, pero hágame caso, “La muerte de Virgilio” es una de las más grandes obras del Siglo XX, y merece ser leída por usted.

  9. Miguel Veyrat

    El porvenir tarda en llegar, Justo, siempre y desde el principio de la mente humana. Lo dijo Shakespeare, estamos hecho de la materia de los sueños; porque nacemos dotados de una nostalgia infinita, algo inasible que ni la fisiología, la filosofía ni por supuesto la religión han logrado establecer (los agentes de estos últimos han intentado aprovecharla a su favor). Sólo la palabra manejada sabiamente puede taladrar ese sutilísimo muro que nos separa en la muerte a los unos de los otros, pero hace falta la paciencia del alquimista y su sabiduría para transformar la materia en luz, hallar el corpus hermeticum, Aelia Lelia, la piedra filosofal que no es otra cosa que inteligencia sabiamente dosificada con sensibilidad. Eso que nuestro Pedro no logra entender. Todavía.

  10. Miguel Veyrat

    Este es el texto de la lápida de origen romano hallada en Bolonia y que supuso su atribución por muchos padres alquimistas a una definición vieja de muchos siglos atrás. Aelia Lelia, la supuesta muerta y enterrada sería la piedra filosofal. Todo un programa:

    D. M.

    Aelia laelia crispis, / Nec vir nec mulier, nec androgina / Nec puella, nec iuvenis, nec anus, / nec casta, nec meretrix, / nec pudica./ Sed omnia. / Sublata / Neque fame, nec ferro, neque veneno: / Sed omnibus. / Nec coelo, nec aquis, nec terris, / Sed ubique iacet. / Lucius, agatho, priscius, / Nec maritus, nec amator, nec necessarius, / Neque moerens, neque gaudens neque flens / Hanc neque molem, nec pyramidem, nec sepulcrum / Sed omnia. / Scit, et nescit cui posuerit, hoc est sepulcrum. / Intus cadaver non habens; / Hoc est cadaver sepulcrum extra non habens; / Sed cadaver idem est sepulcrum sibi.

    Aelia Laelia Crispis, / ni hombre, ni mujer, ni andrógina,/ ni virgen, ni joven, ni vieja,/ ni casta, ni puta, ni púdica,/ sino todo esto a la vez. Perdió su vida,/ no por hambre, no por espada, no por veneno,/ sino por todo esto a la vez./ Ni en el cielo, ni en el agua, ni en la tierra,/ sino en todas partes yace./ Lucius Agatho Priscius,/ ni marido, ni amante, ni amigo,/ ni triste, ni alegre, ni lloroso,/ esto no es un túmulo, no es una pirámide, no es un sepulcro,/ sino todo esto a la vez./ Sabe y no sabe lo que posee. He aquí una tumba/ que no contiene cadáver alguno,/ he aquí un cadáver que no contiene tumba alguna,/ sino que el cadáver es lo que el sepulcro sea.

  11. jserna

    El cuento como forma y el cuento como condensación del mundo. En pocas palabras se dice todo lo que necesitamos conocer, que es bien poco. Simplemente un pequeño repertorio de datos con que hacernos una idea cabal de lo que ocurre. ¿De lo que ocurre? En el cuento, en todo cuento hermoso, la confusión siempre es patente, deliberada: la exigua información nos enreda para descubrir que el enredo es el estado del mundo. Vemos lo que pasa con la perspectiva del personaje, por ejemplo, y vemos tan confusamente como él. Creemos estar protegidos y, de repente, comprobamos que el mundo es justamente el inverso. ¿Qué hacer? Poca cosa. La fatalidad derrumba la expectativa y, con ello, agranda nuestra angustia.

  12. J. Moreno

    Eran los años 48-50. En el verano, mientras que la miseria material nos rodeaba, durante las vacaciones para tenernos entretenidos, por las tardes el director del Colegio Salesiano al que asitía, -un maravilloso ser humano-, nos contaba en el interior de la Iglesia, cuentos.
    Uno de ellos duró siete tardes seguidas. Eran cinco niños que caminando, en una encrucijada se encuentran cinco caminos distintos. Deciden coger cada uno, uno diferente y en cuando se encontraran, relatar las aventuras vividas por cada uno de ellos.
    La improvisación, el realismo gesticular, la fantasía nos tuvo embelesados siete tardes seguidas.

    Visto sesenta años después, uno comprende la ambivalencia y el marasmo sentimental que provoca en todo ser humano el placer de lo fantástico tan reñido con la razón.

  13. Marisa Bou

    Lástima que la vida nos haga perder esa imaginación infantil, en el intento de encontrarle sentido. No digo que la perdamos, la imaginación siempre será una atributo humano del que cada uno tiene, claro, en diferente proporción. Pero en ninguna etapa de la vida es más fructífera y más “fantástica” que durante la niñez.

    También habría que considerar que algunas personas continúan siendo niños a lo largo de toda su existencia. A mí me gustaría -¡y cómo!- ser una de ellas. Poder sentarme, como entonces, bajo la mesa del comedor (en la cruz que unía las cuatro patas hermosamente talladas) y sentir que soy una princesa, que recorre las calles en su carroza, saludando a diestro y siniestro con mi pequeña mano asomada tras la cortinilla y buscando entre la gente el rostro deslumbrante de mi príncipe amado, que me llevará a conocer todas las bellezas y los misterios del mundo…

    Hoy viajo en tranvía o en autobús y, no sólo no miro por la ventanilla, es que ni siquiera veo a las personas que me rodean porque, o tengo la nariz metida (textualmente) en un libro, si el trayecto es largo, o la mente perdida en una intrincada serie de pensamientos, a veces prácticos, a veces poéticos. Suena mucho más pedestre, pero de todas formas fuera de la realidad.

    Hay que ver que raro es todo.

  14. Marisa Bou

    Lapsus: como la imaginación tiene género femenino (je, je), le he colocado el indeterminado “una” al calificarla de atributo. ¿Porqué será?

  15. isabelbarcelo

    Muy interesante su idea de traer aquí las letras de Alejandro Lillo y darlas a conocer a sus lectores, Justo, sobre todo porque los comentarios de sus contertulios introducen ideas y matices muy enriquecedores que, sin duda, él sabrá aprovechar. En mi opinión, en este relato “El niño que soñaba …”, y siguiendo los pasos del maestro Cortázar, Lillo consigue transmitir la angustia del ser humano que, sabiendo/intuyendo en riesgo su propia vida, busca desesperadamente encontrar otra identidad que lo salve de su destino. Aquí el hombre no se encomienda a dios o a los dioses, una forma de aceptación de la inevitabilidad de la muerte, sino que trata de eludirla, burlarla, escaparse de ella. Todo un símbolo de la zozobra del hombre moderno. Y también un acto de afirmación creadora: a través de esas criaturas convertidas en carne y sangre por obra de la palabra, se puede alcanzar una suerte de inmortalidad. Así lo decía el propio Cortázar: “Escribo para que la muerte no tenga la última palabra”. Alejandro Lillo ha elegido a un buen maestro. Él mismo es un escritor perspicaz, sensible y muy exigente respecto a su propio trabajo, como se trasluce en todos los hasta ahora publicados. Estoy segura de que seguirá creciendo literariamente y nos regalará muchas horas de reflexión y disfrute. Y sabrosísimas tertulias. Saludos cordiales.

  16. J. Moreno

    Marisa: para mí no hay mayor disfrute cuando voy en metro o autobús que observar al pasaje.
    Observar los rostros de los pasajeros me produce un placer inmenso, y si en el recorrido se cruza con “otros” ojos, el rubor me invade.

    Perder el sentido de la vista debe de ser terrible.

  17. Marisa Bou

    Tiene usted razón, señor Moreno. Yo antes sí que observaba a la gente. Pero, de un tiempo a esta parte, vivo tan “enyomismada” que me cruzo con la gente sin apenas verla. Me sucede a menudo que algún amigo/a se vé forzado a vociferar por la calle, porque yo paso a su lado metida en mi nube de algodón…

    Aunque, pensándolo bien, tal vez no miro a los ojos de la gente por esa precisa razón, por esquivar ese placer y ese rubor que usted menciona. ¿Miedo al compromiso? ¡Podría ser!

    Doña Isabel, todo un placer leerla en este blog, que me alegra doblemente porque, desde hace más de un año, que cambié de trabajo, tampoco tengo la ocasión de cruzarme con usted. Que, como solía ser a primera hora de la mañana, me pillaba espabilada y sí, la saludaba casi a diario, aunque no nos deteníamos a hablar.

    Sepa que entro muy a menudo en su blog, pues me encantan sus amenos relatos romanos. Y me muero de ganas de leer los de mi buen amigo Alejandro. Besos.

  18. jserna

    Isabel Barceló, un honor.

    Dice usted: “siguiendo los pasos del maestro Cortázar, Lillo consigue transmitir la angustia del ser humano que, sabiendo/intuyendo en riesgo su propia vida, busca desesperadamente encontrar otra identidad que lo salve de su destino. Aquí el hombre no se encomienda a dios o a los dioses, una forma de aceptación de la inevitabilidad de la muerte, sino que trata de eludirla, burlarla, escaparse de ella. Todo un símbolo de la zozobra del hombre moderno. Y también un acto de afirmación creadora”

    Me parece exacto.

    ————–

    Sr. Moreno, una bella evocación infantil de lo que significa contar, incluso en un contexto tan hostil.

  19. isabelbarcelo

    Así que nos nos veíamos ya por la mañana porque ha cambiado vd. de trabajo, Marisa Bou. Es un alivio, porque ya estaba yo temiendo que fuera cosa mía: despiste (del que estoy bien surtida), retrasos horarios o simple ceguera parcial. Espero, no obstante, que nos podamos encontrar en otros momentos y lugares y charlar pausadamente. En cuanto al relato de Lillo “El niño que quería…” está publicado en esta misma página: en el título del relato está el enlace. Y gracias por pasearse conmigo por Roma. Somos hijos de esa cultura, así que me gustaría que todos se sintieran en mi página como en su propia casa, que fuera realmente un espacio común. Y no sea tímida, deje de vez en cuando algún rastro.

    Me alegra, Justo, que también en esto estemos de acuerdo. Un cordial saludo.

  20. jserna

    Gracias, Isabel.
    ———-
    Retraso el nuevo post hasta el domingo…
    ———-

    Mientras tanto, felicito a Ana Serrano por la presentación que a las 20 horas hay en Madrid de su nueva entrega: Que arda la casa pero que no salga el humo -tres-.

    No he podido estar en Madrid (obligaciones familiares), pero le quiero transmitir públicamente mi felicitación.

  21. Marisa Bou

    Vaya también mi felicitación para Ana Serrano, y que sea todo un éxito. ¿Nos lo contará, doña Ana?

    Con mi proverbial torpeza, no me di cuenta del enlace que remitía al cuento de Alejandro Lillo. ¡Es magnífico! Pero debo decir, sin que por ello le quite ningún mérito (de los muchos que tiene) que “de casta le viene al galgo”. ¡Ya me gustaría a mí estar tan dotada para relatar como don Alejandro y su señora madre!

    A doña Isabel Zarzuela, decirle que la envidio, por estar tan cerca de semejantes talentos. Sin hacer desprecio de los suyos, que también los tiene, afirmo.

  22. Ana Serrano

    Mil gracias, Justo. Me abruma siempre su amabilidad. Creo que esta vez ¡no hay erratas! :-) Cinco correcciones intensas (¡cómo odio releerme!) y una mayor experiencia y pericia en los editores han surtido efecto y la preciosa edición artesanal que hacen de mi pequeña cosa ha quedado estupenda, ya lo verá. Es uno de esos casos en que son mejores el continente y las 18 fotografías que ilustran el texto que el contenido.

    Han decorado la sala de su galería de arte, que es preciosa, con un dibujo a sanguina de mi madre niña, que hice hace mil años, como regalo para ella, sobre la foto que ahora ilustra la portada de la entrega tres. Ha hablado el editor, yo he balbuceado unas gracias aturulladas y ha leído fragmentos un magnífico actor-amigo. Cositas de picar, vino, agradabilísima charla y cena de los íntimos. Para mí, con mis amigos y mi gente, algo muy agradable, pasada la vergüenza.

    Un frío polar (con copitos de nieve desperdigados), el hecho de hacerlo en sábado para que pudieran estar mis hijos (y al menor me lo han “concentrado” con su orquesta y, al fin no ha podido), las múltiples cenas programadas de vísperas de navidad y sábado y ¡¡el Madrid-Barça!!, han hecho que viniera menos gente que otras veces, lo que para mí es más tranquilizador, pero venden menos. En fin, que todo muy bien.

    Muchas gracias, Marisa. Espero que alguna vez podamos compartir alguno de estos momentos gratos y ahora a ver si ya puedo leer el cuento de Alejandro. Ufff.

  23. Miguel Veyrat

    Un abrazo, Ana,te mando mi nueva dirección postal por email. Y ahora me marcho en mi flamante Harley en busca de mi propio ectoplasma por las laderas de Manderley, envuelto en un polvo impenetrable y sin huella. Quziás por allá ronde Kant envuelto en una capa sutilísima e invisible.

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