1. La lectora.
Femme Lisant –o, según figura en el registro del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, Woman Reading in a Landscape— es una célebre pintura debida a Jean-Baptiste-Camille Corot. Está fechada en 1869. No es el único óleo en que este artista retrata a mujeres lectoras: damas que están leyendo o que acaban de interrumpir la lectura, quizá llevadas por una ensoñación, por los efectos de la página impresa. Hay letras, caracteres y palabras, pero hay imágenes y expectativas que se activan conforme las mujeres se aventuran; o hay decepciones, tal vez la confirmación de una vida monótona, rutinaria…
Echemos un vistazo a la otra reproducción que podemos contemplar aquí mismo. Una dama ha levantado la vista de la página, aunque sigue con el libro en su mano izquierda. Apoya su cabeza en la derecha, con lasitud, con desfallecimiento, sin fijar su mirada algo estrábica. Tal vez reflexiona sobre lo que acaba de leer o quizá se interrumpe al recordar cierta cosa.
Como se sabe, la de la mujer lectora es una tradición pictórica que cobra gran importancia en el siglo XIX. Entre el Setecientos y el Ochocientos crece la lectura femenina: crece por la alfabetización, crece por efecto de la novela sentimental, crece como consecuencia de los relatos familiares. Saber leer es una de las prendas que engalan a la joven prometedora de las familias distinguidas. Pero saber leer es también un modo de adentrarse en lo prohibido. Al decir de Balzac, la vida privada de las naciones queda reflejada en los secretos de alcoba que los novelistas revelarían en sus ficciones. Él, en particular. Hay cotilleo y ganas de saber, la búsqueda de unos modelos de comportamiento y un espejo en el que mirarse. La pose tantas veces representada en el arte, la de la dama con un libro en las manos, es una fórmula expresiva: muestra quietud, introspección, reflexión. Es un acto casi inmóvil, individual, ya silencioso, ese momento en que una mente y unos sentidos se entregan a los poderes de la imaginación lectora, a la represión de la vida exterior.
Pero volvamos a la primera dama. Sobre el fondo de un paisaje campestre, pantanoso o fluvial, vemos a esa mujer leyendo. Decorosamente sentada, con el ánimo distraído y quizá algo ausente, embebida en esas páginas, rozando su rostro con la mano izquierda o tal vez jugueteando con su pendiente. La vemos sola. No hay nadie, al menos nadie que la rodee. Allá, al fondo, observamos la presencia de una persona que parece subida a un bote, quizá remando. Pero entre ambos no parece haber relación alguna. En todo caso, esa presencia distante acentúa la soledad de la lectora. Ignoramos quién es y qué hace allí. ¿Disfruta de un día de campo, de una expansión festiva? Pero lee…
2. El manifiesto. «Yo quisiera desde lo alto de algún monte donde fuera posible que me oyesen todas darles un consejo. Oíd, mujeres, les diría, no os apoquéis: vuestras almas son iguales a las del sexo que os quiere tiranizar; usad de las luces que el Creador os dio. A vosotras, si queréis, se podrá deber la reforma de las costumbres, que sin vosotras nunca llegará. Respetaos a vosotras mismas y os respetarán; amaos unas a otras; conoced que vuestro verdadero mérito no consiste sólo en una cara bonita, ni en las gracias exteriores siempre poco durables, y que los hombres, luego que ven que os desvanecéis con sus alabanzas, os tienen ya por suyas. Manifestadles que sois amantes de vuestro sexo, que podéis pasar las horas unas con otras en varias ocupaciones y conversaciones sin echarlos de menos, y entonces huirán de vosotras los pisaverdes y los hombres frívolos: ninguno de estos buscará vuestro trato porque perderá la esperanza de engañaros con fingidas adoraciones. Pero los sensatos, los de crianza verdaderamente buena, se hallarán bien en vuestra compañía; os respetarán, os estimarán. Tendréis la gloria de reformar las costumbres haciendo amable la virtud; irá decayendo el lujo; vuestro ejemplo hará moderados a los hombres, vuestros maridos os amarán y apreciarán, vuestros hijos os venerarán, vuestros hermanos se tendrán por dichosos con vuestro trato; viviréis felices cuanto cabe en el mundo, y moriréis con la gloria de dejar una posteridad virtuosa».
Inés Joyes, 1798.
3. Mónica Bolufer. El 22 de septiembre de 2008 di cuenta de La vida y la escritura en el siglo XVIII (Inés Joyes: Apología de las mujeres), de Mónica Bolufer, y de lo que su autora realizaba. Lo presentaba haciendo comparaciones entre novela y microhistoria: entre una obra de José Carlos Llop , dedicada a César González-Ruano, y ésta, de Mónica Bolufer, dedicada a Inés Joyes. Lo hacía en estos términos. «Esta historiadora ha escrito un volumen inteligente, muy bien documentado por el que habría que felicitarla. Lo dedica a Inés Joyes, una dama burguesa del Setecientos… Antonio Castillo se nos ha adelantado dando noticia de este libro y contribuyendo a su difusión, que se merece. Habría que felicitar a la autora, me decía. Aunque, ahora que lo pienso, no habría que hacer tal cosa. ¿Por qué deberíamos alabar a quien sigue una norma que es de obligado cumplimiento para todo investigador riguroso? Decía E. H. Carr en ¿Qué es la historia? que, entre historiadores, la precisión es un deber, no una virtud.
Mónica Bolufer obra como debe: con precisión cuando delimita su objeto, cuando consulta un repertorio documental ingente, cuando escribe un texto depurado y elegante, cuando administra su información con intriga adecuada, con una trama narrativa en forma de pesquisa. No da por obvio al personaje y, por tanto, no sigue «metodologie che trapassano i testi come un coltello taglia il burro», por decirlo otra vez con Carlo Ginzburg. Pero su libro es un homenaje a la imaginación, a la obligación de imaginar, de recrear las circunstancias concretas de un personaje: con lo que sabe y con lo que no está documentado, con lo que no puede estarlo. Mónica Bolufer formula numerosas preguntas al archivo (vamos a decirlo así). Se responde con prudencia, con cautela, diciendo: «podemos imaginar», fórmula expresiva que no le da pie a sobreinterpretaciones incontrolables, sino a conjeturas sensatas. No reproducirá verosímil o probablemente el discurso de un orador, como hiciera Tucídides, pero al igual que él no se niega el atisbo potencial de lo que efectivamente ocurrió.
¿Hay algo que relacione a su personaje, Inés Joyes, con César González-Ruano, el cronista del siglo XX? ¿Obran igual la historiadora y el narrador? Hay proximidades. Al margen de la ficción que los separa, en ambos casos, quienes investigan y escriben –el narrador de Llop y la historiadora Mónica Bolufer– no ocultan sus ignorancias y nos transmiten el progreso de sus respectivas pesquisa. Tenemos el resultado de la investigación como un proceso en el que un yo se ve implicado y desvelado en parte. Con ello se muestran las destrezas y las limitaciones de quienes averiguan y ponen orden en las vidas de otros, siempre remotas, de significado confuso.
“Non bisogna portare la cucina a tavola” ammoniva da qualche parte Lord Acton. Abbiamo cercato de trasgredire il più possibile questo precepto d’etichetta storiografica», decían Carlo Ginzburg y Adriano Prosperi en Giochi di pazienza. «Anziché un pollo arrosto con contorno di patate fritte il lettore si troverà sul piatto un pollo vivo e starnazzante, provvisto di penne e barbigli; fuor di metafora, non una recicerca rifinita e compiuta ma gli andirivieni della ricerca, le false piste seguite e scartate prima di arrivare al
risultato ritenuto accettabile. Ci auguriamo che tutto ciò no risulti ‘indigesto’…»
Llop y Bolufer, cada uno a su manera, se esfuerzan por llevar «la cucina a tavola»: se esfuerzan por mostrarnos los «andirivieni della ricerca»: unas investigaciones respectivas que deben arrojar luz sobre los actos oscuros de un varón que deja huellas, grafómano y evanescente; o sobre la vida misma, también oscura y no documentable, de una mujer singular y previsible, lectora y escritora».
Leer completo: aquí.
4. Fiesta de presentación. Presentación del libro La vida y la escritura en el siglo XVIII (Inés Joyes: Apología de las mujeres), de Mónica Bolufer, lunes 12 de enero, a las 19:30 horas en el Colegio Mayor Rector Peset, de la Universidad de Valencia.


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