Las Malvinas. Observen aquí, a la derecha, el rostro de Mariano Rajoy. Llevamos una semana formulándonos esta pregunta: ¿por qué el presidente del Gobierno de España esquiva a la prensa, por qué evita dar la cara?
Me produce gran perplejidad el primer Gobierno de Mariano Rajoy. ¿Habrá segundo? Por supuesto: éste ya está achicharrado. Salvo que nos salven el peronismo, el populismo o Cristina Fernández, que son cosas distintas. Isn’t it.
La audacia o la temeridad de algunos australes siempre son oportunísimas. Fíjense en Meryl Streep: la providencial invasión de las Falkland Islands dio alas a su Gabinete, que estaba anémico.
De tiros largos. Uno. La ficción está obligada a ser verosímil; la realidad, no. Los personajes inventados han de ser creíbles. Las personas simplemente sobreviven.
Leo la última novela de Eduardo Mendoza, El enredo de la bolsa o la vida (2012). Está protagonizada por un loquito cuyo nombre ignoramos. Apareció por primera vez en El misterio de la cripta embrujada (1979) y desde entonces sus andanzas empeñosas y patéticas nos conmueven. Como siempre, la obra está narrada en primera persona.
Me troncho con el lenguaje que este tipo emplea. El personaje se expresa con extrema corrección, incluso con un deje arcaico, rancio, excesivamente cortés. Y me río con las tundas que le da la vida, con las apostillas pertinentes o dementes que hace, con las lecciones que aprende y que imparte. Como el Lazarillo, a cuya progenie pertenece: el de Tormes, pregonero de Toledo; el de Mendoza, peluquero de Barcelona.
Dos. Cómo envidio la sarna del novelista, sus cáusticas observaciones, sus moralejas desencantadas. En cuanto puedo miro la realidad valiéndome de Mendoza. Leo y releo sus páginas una, dos, tres veces… Y lo hago para ver si hay manera de entender algo, que es cosa de locos lo que ahora y siempre nos pasa.
Por ejemplo, ciertos ministros del actual Gobierno, tan pomposos, parecen personajes secundarios de Mendoza. Otros mandatarios son tan suyos y engolan tanto la voz que no serían creíbles en los folletines del novelista. ¿Y los banqueros? Pues los banqueros… Algunos repiten y prolongan la mejor tradición española: la de la picaresca, con esa codicia de pobretones que acaparan.
Tres. ¿Y el Rey? Por lo que parece, al soberano español le pierde el deporte de la escopeta, tan castizo. Leo en la prensa del día que Don Juan Carlos ha sido operado tras haber sufrido una caída. Estaba de caza en Botswana. Se ha roto la cadera y se le ha colocado una prótesis.
Ya sé que el monarca español no tiene nada que ver con el Caudillo, pero qué quieren: pienso en este accidente y recuerdo las cacerías de Francisco Franco: sus accidentes y sus proezas.
Me pregunto a la vez qué hacía el soberano en Botswana. ¿Era preciso? ¿No se conforma con el Coto de Doñana o con PortAventura? Yo tenía previsto un viaje a Nueva York, pero por la crisis decidí hacer economías. He pasado unos días visitando la provincia de Jaén. Como el personaje menor de una novela costumbrista.
En fin, deseo el pronto restablecimiento del Rey y deseo, por Dios, que se contenga, que recorte el objetivo, la escopeta o el rifle. Si sigue así de desenvuelto, si sigue así de aventurero y pinturero, pronto lo veremos debutando de tiros largos en una novela de Eduardo Mendoza.
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