Cuando Elvis Presley fue retratado con uniforme militar, yo apenas era un bebé. Alejandro Lillo ni siquiera había nacido.
Aquél no era nuestro mundo, pero de aquella Europa venimos. ¿Venimos? Me refiero a los autores de este libro que ahora ve la luz: ‘Young Americans’. La cultura del rock (1951-1965). Publicado por Punto de Vista Editores.
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El continente estaba partido en dos y Alemania era el frente occidental de una disputa nuclear e ideológica. La Unión Soviética mostraba con orgullo su poderío atómico y los Estados Unidos convertían el mundo en un potencial campo de batalla. Era una circunstancia ciertamente comprometida y nadie podía quedar al margen.
En 1958, Elvis es llamado a filas. Abandona temporalmente la canción para viajar a Europa, en concreto a una base americana de la República Federal Alemana. Él es un muchacho patriota, un muchacho que cumple con su cometido, todo un joven que crece y madura… Su madre, Gladys, ya ha muerto. Es, pues, todo un hombre, todo un hombre que ha trastornado y transformado el mundo.
En efecto, para esas fechas, el señor Presley ya ha revolucionado a las gentes de su país, una nación conservadora que preserva las buenas costumbres. Para esas fechas, el rock ya ha provocado una oleada de rebeldía entre los adolescentes.
Hacía 1960, los jóvenes pueden lucir sus cuerpos y moverse incluso obscenamente; pueden vestirse con indumentarias rústicas, poco formales; pueden mostrar su deseo retando a los adultos; pueden ir más rápidos sin padecer vértigos, sin contenerse, sin frenos morales. O eso es a lo que aspiran. Las canciones expresan sus expectativas y fracasos, su velocidad.
Hoy, en 2014, estamos habituados a correr, a perder el fuelle con nuestras prisas. La cosa data de antiguo: aquellos jóvenes de los cincuenta y sesenta fueron los primeros que plantearon la velocidad como una huida, como un escape: el repudio del asentamiento. Lucían sus vehículos como el vaquero que marcha solo, como un caballero medieval anacrónico. Pisaban el acelerador para sentir el vértigo y la urgencia. James Dean se había matado con un Porsche. Bob Dylan tendrá un accidente con una Triumph.
El 4 julio de 1956, Elvis se había retratado a lomos de una Harley. Siempre muy patriótico. Era en Memphis, Tennessee. Hemos visto una y mil veces aquellas fotos; hemos escuchado una y mil veces aquellas canciones. Sentimos nostalgia de algo que los autores de este libro no llegamos a vivir. ¿O es, quizá, melancolía? La melancolía es el dolor por la pérdida de lo que nunca se tuvo.
Regresemos a 1960, con el señor Presley ya crecido, justo cuando vuelve del ejército y su mánager, el Coronel Parker, lo destina al cine, sometiéndose así a una nueva disciplina, la de hacer rápidamente películas estereotipadas.
¿Qué ha sido de su juventud? ¿Qué ha sido del resto de aquellos muchachos que empezaron a contonearse con Elvis, a tararear sus canciones?
En este libro hallarán respuestas, pero sobre todo encontrarán la recreación de un tiempo que no vivimos o del que no fuimos conscientes. Ese es el prodigio de la investigación histórica, el de devolvernos una épica y a una época remotas.
La historia cultural nos hace experimentar sentimientos y pensamientos que no nos pertenecieron. Y así vivimos, de prestado, de lo heredado.

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