Plagio y cuatreros 

Uno. ¿Qué es un plagio? Según el Diccionario de la Real Academia Española, plagiar (del lat. plagiāre) significa “copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”. 

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En los últimos días hemos asistido a un posible caso de plagio. Digo posible por expresarme de manera prudente, pues las pruebas aducidas por eldiario.es y otros medios son abrumadoras. 
Si se confirmaran esos indicios, la sirvengonzonería del inculpado sería escandalosa, pues el presunto cuatrero sería el actual Rector de la Universidad Rey Juan Carlos, Fernando Suárez.

La máxima autoridad académica ha sido acusada de auténtica rapiña: copiar abundamente materiales de distintos colegas en ejercicio. Entre otros, Ignacio Fernández Sarasola y Carlos Barros, El robo sería igualmente punible aunque se tratara de colegas muertos. Pero, estando vivos y en ejercicio, la desfachatez es aún mayor.

Según las pruebas aportadas, los profesores cuyos textos habrían sido saqueados proceden de Historia, de Historia Constitucional, etcétera. Páginas enteras, extractos sin entrecomillar cuyo origen estricto no se cita. De confirmarse estos extremos, el Rector se habría comportado como un auténtico cuatrero.

Y ese acto lo calificaríamos de deshonesto: un latrocinio cometido por un caradura. Por algo así, el inculpado debería dimitir, siendo incluso públicamente reprobado por la propia Universidad.

El Rector ha publicado alguna nota de prensa exculpándose o echándole la culpa al orden mundial, a alguna conspiración o a las trampas de la tecnología, el Word, o la página Excel, cosas así. Que se sepa aún no ha echado mano de la teología o de la Providencia o del Demonio.

¿Qué actitud debemos adoptar? ¿Invocamos la presunción de inocencia? Ésta rige cuando hay un posible delito, cuya comisión y autoría se deben probar. Y rige en el ámbito judicial. 
Pero el Rector y parece que la Conferencia de Rectores han invocado la condición presunta en los medios públicos, que es una manera vergozosa y vergonzante de echar balones fuera. Un simple examen o cotejo de párrafos, páginas y pasajes demuestra lo obvio: Fernando Suárez se aplicó a un entusiasta copia y pega.

Palpable y materialmente, monografías firmadas por el Rector se han compuesto reproduciendo de manera literal y sin entrecomillar textos de este docente, de este otro, de este otro, etcétera, sin reconocer autorías, prosas o ideas. ¿Cómo le llamamos a eso? La profesión debe decir basta. En la plaza pública al colega que sisa material ajeno hay que arrebatarle su condición, arrancarle las charreteras y someterlo a escarnio. 

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Dos. En 2004, yo mismo fui víctima de un plagio penoso. Un periodista de Tenerife saqueó un artículo mío, publicado el año anterior. Dicho sujeto añadía alguna cosa de su propia cosecha o de alguna otra cosecha ajena (no lo sé), pero lo cierto es que el grueso de su columna estaba copiado de una tribuna mía aparecida en 2004 en El País.

El tipo, que se dedicaba a criticar ferozmente al Partido Polpular, no tuvo mejor ocurrencia que la de pensar que yo ya le había hecho el trabajo. ¿Para qué molestarse, pues? 
Me enteré de todo esto gracias a David Pablo Montesinos. Les reproduzco literalmente lo que me decía Montesinos.

Tu artículo, me informaba, “fue escandalosamente plagiado por un tal Cecilio Urgoiti un año después en una publicación llamada Opinar. Periódico electrónico de la organización de periodistas en Internet, con fecha 30 de abril de 2004. Lo tituló ‘Una ciudad de la euforia para Aznar’. Lo copia literalmente, sólo que añade alguna cosa de cosecha propia”, decía. 

“El tipo es tinerfeño, trabaja al parecer en la tele autonómica canaria y tiene algunos libros publicados. No sé, a lo mejor te da igual o ya supiste del tema en su momento, pero creo que es mejor decírtelo. A lo mejor incluso te pidió permiso, no sé. Estoy por plagiarte yo también…”, acaba jocosamente. 

Irresponsable y jovial Montesinos.

“Me he pasado una tarde divertidísima leyendo el curriculum del tipo”, añadía Montesinos. “Puedes verlo tecleando su nombre en Google”, me decía. “Le falta poco para presidir algún cómite de ética y deontología periodística”, concluía. Y así será finalmente: el señor Urgoiti era el responsable de la vigilancia ética de su periódico. 
Todo un sarcasmo del que irresponsablemente preferí olvidarme. 

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Tres. “Siempre he pensado que lo peor del plagio no es que sea un robo, sino que sea una redundancia. Matizo ahora: lo peor del plagio es que sea o pueda ser redundancia sin valor (…). El plagiario ha de “disimular” que “plagia”, suponiendo que quiera ser aceptado por sus lectores. No hay ningún “plagiario” decidido que confiese sus plagios. Habitualmente, cuando nos apoderamos de conceptos o de palabras ajenas, nos apresuramos a citar nuestras fuentes. El plagiario evita la mención de sus materiales básicos; pero, como quiere hacerlos pasar por suyos, ha de asimilárselos y aumentarlos, con el fin de que la “repetición” tenga un atractivo particular (…). No, no es sencillo plagiar”… bien. Eso decía Joan Fuster en 1964.

En 2016, un Rector parece que se ha dedicado al copy-paste, que es a la chuleta del mal estudiante, lo que el plagio es al robo del cuatrero. El Rector se comporta como un saqueador y mi periodista plagiario, aquel que me birló un artículo, se condujo como un ladrón de género, de género chico.

Qué patéticos.

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