Donald J. Trump

Elvira Lindo menciona la serie When They Seen Us (2019) en su pasada columna dominical de El País. Es un drama policial y judicial. Con finura y sensibilidad, la escritora nos presenta el caso, que podemos ver en su adaptación televisiva para Netflix.

Es la historia de cinco muchachos a los que imputaron, juzgaron y condenaron por un delito gravísimo que no cometieron: la violación de una corredora en Central Park. Eso sucedía a finales de los años ochenta del siglo XX.

En sus dos primeros capítulos, la serie es sobrecogedora. Sin sentimentalismos. Vemos cómo se cierne la fatalidad burocrática, fiscal y policial, sobre unos muchachos negros.

Creo que es muy oportuna la mención de Elvira Lindo. La serie vale el esfuerzo a pesar de que tiene ciertos esteticismos innecesarios y un guión irregular.

Punto y aparte.

En uno de sus primeros capítulos, en algún momento, contemplamos a Donald J. Trump cuando es aún joven y un magnate inmobiliario. Ya resulta un broncas y un oportunista.

En el televisor de alguno de los personajes vemos a Trump encizañando en pantalla contra los muchachos y contra los derechos de las minorías.

Esto ocurrió realmente.

La cosa es obvia. Sabemos cuál es la retórica del demagogo peligroso: esta gente recibe privilegios y subvenciones y luego, ya ven, violan a nuestras mujeres. Hay que quitarles beneficios y chiringuitos.

Por supuesto, Trump no lo dice así, con ese terminacho actual; lo dice peor. Sus maneras de expresarse revelan a un inmisericorde que no se compadece.

Resulta repugnante la campaña organizada en la prensa de aquellos años por parte de Trump. La campaña es para restaurar la pena de muerte y por tanto para ‘rematar’ a los cinco de Central Park.

Él mismo lo reveló en uno de sus libros autobiográficos que leí en su momento El arte de la negociación (1987): alguien como Trump no se psicoanaliza, no acude al psiquiatra.

Como admite en esas presuntas memorias de 1987 que —insisto— leí con asombro, Trump no va a ningún terapeuta. Al al menos no iba por entonces.

No acude a médico o sanador, dice, porque con toda probabilidad no le gustaría descubrirse internamente. No le gustaría averiguar cómo es en realidad.

Eso es lo que indica en El arte de la negociación. un título confuso que en realidad alude a ‘El arte de hacer negocios’. En sus memorias nos enseña cómo ganar, no dinero, sino víctimas. Como sumar trofeos y añadir damnificados.

Era y es un depredador. Reputados psiquiatras norteamericanos y extranjeros ya lo han diagnosticado. Eso sí: a distancia. La coincidencia es asombrosa. O no tanto: es un psicópata.

No nos confundamos, tal cosa no significa necesariamente asesino en serie. Significa que está falto de ciertas emociones humanas o que al menos las tiene inertes o amputadas.

Significa, en fin, que carece enteramente de sentimientos compasivos o de empatía: que carece de toda forma de altruismo o benevolencia, vaya.

Desde que lo averigüé no dejo de darle vueltas.

Y más vueltas.

Estamos rodeados.

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