El franquismo

El franquismo es un régimen de persecución, de sañuda persecución, y de intensas, extensas y variadas represiones.

Se desplegó con el aparato policial del Estado a su servicio y con una parte de población ejecutada, exiliada, diezmada, sujetada, subordinada.

Ese hecho no tiene nada de extraño en una dictadura de originaria inspiración fascista, militar y nacional-católica.

Pero, además del dominio tiránico y colegiado, el franquismo es también un sistema de múltiples y paniaguadas clientelas, de afinidades sobrevenidas.

Es un sistema de consensos materiales más o menos forzados y agradecidos, primero minoritarios y selectos, y luego resignados y crecientes.

Vale decir, el franquismo es una dictadura de asentimientos y de terror, cuyo Caudillo querrá institucionalizar con ritos católicos, tan ceremoniosos como vengativos.

La jerarquía del régimen la constituyen clases terratenientes y adineradas, empresarios comunes y empresarios voraces, gentes de posibles, de patrimonio, de buen pasar.

Y gentes de moral preferentemente conservadora, ultramontana o tradicionalista, de rezo y comunión, asustada ante la modernidad atea y hedonista.

Aún más: también hay gentes de mayor fanatismo, que reprocharán al Caudillo la revolución pendiente y fascista que un militar conservador y vengativo no puede ni quiere completar.

Y hay gentes cínicas, pancistas y trepadoras que en formación o por cooptación aprovechan las corrupciones y las prisiones de un régimen económico intervenido con aranceles y privilegios.

El Régimen se presenta como un sistema unipersonal con un Generalísimo, nada menos. Aclarémoslo. Al frente no hay sólo un General, sino un Generalísimo de todos los Ejércitos.

Ese Jefe siempre estará acompañado por una Corte desigual, una Corte formada por distintas camarillas y hermandades de variadas ambiciones, de variadas influencias crematísticas y espirituales.

En efecto, no hay sólo un General, sino una coalición reaccionaria, distintas familias ideológicas, diferentes grupos de presión y de represión, con un Ejército afín que tutela y amenaza.

Y hay una Iglesia beneficiada y benéfica, institución pía que es y seguirá siendo un auténtico centro de intereses materiales e inmateriales, una empresa para salvar, bendecir, condenar y, si se puede, acaparar.

Al frente del Regimen hay un General, sí, un militar que se quiere carismático, que se sabe investido por un aura de santidad y de terror.

Un Generalísimo que se yergue tras una guerra y una justicia de derechos conculcados, de muertes terminantes, de rapiñas, de expropiaciones y privaciones.

Esto es, hay un Caudillo de aúpa, de armas tomar, que ciertamente se eleva gracias a las alzas, a las tarimas o a los estrados (a los que se sube).

Es un militarote cuya fama exterminadora, como la del Ángel, lo precede. Las campañas africanas, la represión en Asturias…

Ahí está, ahí lo vemos: irguiéndose, con su voz aflautada y chillona, con un halo primero firme y luego degradado, un halo que con el curso de los años menguará. No su abdomen.

Ya lo sabemos: la rutina se compadece mal con la exaltación intensa de una dictadura. Pienso en esto y pienso en el caso del Führer, cuyo halo le acompañará siempre en su breve, alucinada y criminal ejecutoria.

El franquismo es, insisto, un Movimiento de aleaciones varias (católicas, integristas, falangistas, tradicionalistas, africanistas), una mixtura o agregado de gentes retardatarias, antimodernas, que paradójicamente no pueden detenerse. Se mueven.

¿Movidas por qué? Vemos a gente sacudida por unas energías ideológicas (acabar con la AntiEspaña) y por un acicate exterior (sus intereses materiales, sus botines y recompensas).

Son o fueron individuos de inspiración dogmática, son o fueron individuos jóvenes que vieron amanecer tras la decadencia de la Patria.

Pero el Caudillo, el Régimen y esos individuos de inspiración fanática son venales. Fáciles de corromper.

Así son sus élites y una parte de su generalato y de esa Corte de intereses depredadores. Fanáticos o pancistas, pero siempre mediocres, avaros y venales.

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Ilustraciones: Antonio Barroso

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