‘Podemos’ (2014). Análisis de un fenómeno

Este post tiene cinco años, cinco. Se publicó en mi muro de Facebook en 2014. Mi opinión sobre Iglesias ha cambiado: ha empeorado. Sin duda me produce rechazo. Deberé hacérmelo mirar.

‘Podemos’.
Análisis de un fenómeno

[2014]

Hay una creciente muchachada que aprueba las metas y las estrategias de Podemos.

Hay abundante gente de todas las edades que se siente finalmente representada por Podemos, tras la crisis de los partidos dinásticos.

Es como si estuviéramos en la Restauración. O en un sistema de castas…

De repente irrumpe una organización imprevista, y los partidos tradicionales hacen aguas. La metáfora es muy obvia y está muy gastada: la nave del Estado, etcétera.

La televisión da cuenta de lo real y rehace lo real. No sólo es cierto lo que es cierto, sino lo que la gente cree que es cierto: al menos por los efectos de esas creencias.

Frente a las organizaciones de la ‘casta’ –que sería, en términos de Pablo Iglesias, esa red estructural-funcional de empleos predeterminados y bien remunerados–, Podemos postula la liberación del cargo público, la renovación.

Gente joven, gente con empuje y ganas, sin contaminar. Hay un alud de personas sin compromisos ni puestos fijos. No hay que aguantar más.

Hay que levantarse contra ese caparazón anquilosado, contra la costra, contra los castra, esos encastillamientos. ¿Es así?

Pablo Iglesias es un fenómeno mediático. Los fenómenos son algo que escapa de lo normal: son, de hecho, una anormalidad. Crecen y se salen de lo ordinario.

Tomémoslo literalmente: de no haber salido en las pantallas de televisión reiteradamente, Iglesias no sería nada. O, mejor dicho, no sería conocido, odiado o reverenciado.

Sería un oscuro profesor de ciencia política con afinidades ideológicas bolivarianas, con simpatías comunistas, con concepciones marxistas.

Ahora, gracias a Intereconomía, a Cuatro y a La Sexta, es un tipo bien reconocido por su pose, por su saber estar, por su capacidad para ser pedagógico ante el ataque de sus adversarios.

Adopta incluso una actitud resignada y retadora. A la vez. En televisión da muy mal el enfurecimiento.

Cuando Alfonso Rojo, el periodista que se enciende como su apellido, despotrica contra Pablo Iglesias y éste permanece tranquilo, con media sonrisa, mostrando su superioridad moral, el espectador se pone institivamente a favor de quien menos chilla.

Más aún, el rostro de Pablo Iglesias tiene algo de esencial, de eclesial: recuerda a un Cristo que pacientemente escucha los ultrajes.

¿Cuáles son los argumentos de Iglesias? Según nuestro protagonista, verdades como puños, frases aparatosas, discurso sencillo.

Como dice de él uno de sus profesores más apreciados, Jorge Verstringe, Pablo Iglesias sabe simplificar muy bien. La simplificación rinde frutos mediáticos instantáneos.

No debes complicar lo real; debes reducirlo, justamente para que pueda ser captado por todos. El mínimo común denominador, la mínima expresión (no sea que no nos entiendan).

Un joven treintañero, con coleta (es decir, rebelde dentro de un orden), con camisa sencilla y blanca (esto es, limpio, sin mácula), con corbata suelta (por tanto, levemente retador)…

Es la efigie que de sí mismo da: es el uniforme que habitualmente exhibe, su modo de presentarse.

Se te reconoce, se te identifica, se te admira o se te detesta. La mirada baja, incluso tímida, entre miedosa y sarcástica. Un Cristo venerado.

Hablas quedamente, con pedagogía machacona, como un docente con paciencia.

Hablas con ilustración y ejemplos, con voluntad de instruir al oponente (como si el rival careciera de ideas o conocimientos).

Hablas con corrección formal, dejando que los otros se disparaten. ¿Y qué nos encontramos?

Aparentemente un joven modesto y modoso. En realidad, Pablo Iglesias demuestra una suficiencia ostentosa, una soberbia intelectual de muchos quilates.

Amonesta. Lo suyo son las admoniciones. A unos salva; a otros condena. A unos aprueba; a otros reprueba.

Su verbo calmo es a la vez fogoso y el resultado es un eco popular. O una resonancia populista, la fatiga de lo obvio, de la presunta evidencia.

Jóvenes suficientemente preparados y sin ataduras. Presuntamente. ¿Quién no votaría por ellos?

Lo dije y lo reitero. Ha habido entre no pocos amigos una alegría desbordante porque, sumadas las opciones, ha ganado la izquierda, dicen.

Habrá que verlo en los próximos comicios… Y ha habido un contento no menor porque ha subido una opción como Podemos, liderada por Pablo Iglesias.

Si quieren que les diga la verdad, este candidato me produce un rechazo racional.

Esto es, no lo repudio por irracionalidad mía, sino porque me parece la encarnación izquierdista, infantil (diría Lenin) de un peligroso fenómeno: el populismo.

Leí con atención el manual de política decente de su segundo: Juan Carlos Monedero. Lo leí con interés y sin prevenciones.

Se me cayó de las manos: tiene mucha literatura, prosa sonajero (que diría Juan Marsé) e imágenes poéticas para lanzar su discurso.

Tiene una perniciosa influencia del lirismo chavista (de Hugo Chávez) y tiene en fin una idea confusa en la que se mezclan las experiencias con las expectativas, la realidad con el deseo.

Pablo Iglesias es un síntoma. Los partidos tradicionales tienen aparatos de movimiento mineral. Es decir, su evolución se mueve por siglos o más.

Se atienen a lo conocido, se aferran a lo experimentado aunque los resultados mengüen la influencia del partido.

Creo que la situación de Europa es de emergencia. Los populismos de distintos signo se imponen, los radicalismos que amenazan con romper ese entramado burgués y previsible que es la Unión Europea, también.

Esto no es nada bueno. El fin de lo conocido no nos lleva necesariamente a la victoria final ni a nada por el estilo.

Cuando una política corrupta y un régimen tóxico son reemplazados por algo nuevo, imprevisto, con interpelaciones directas al pueblo, entonces es altamente probable que reaparezca un demagogo.

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