Trump y la autocracia

Masha Gessen es especialista en autócratas, palabra que suena inquietantemente próxima a psicópatas, a sociópatas y a falócratas.

Por supuesto, no hay una única etimomologia que una estos vocablos. Mi operación puede parecer simplemente arbitraria: con ello estaría practicando etimología recreativa.

Pero quizá no sea tan caprichosa esta operación que reúne a autócratas, psicópatas, sociopatas y falócratas. Al menos, al leer el libro de Masha Gessen, Sobrevivir a la autocracia (2020).

Se comprende que la autocracia es entre otras cosas una perversión de la democracia, algo que sabíamos, pero lo que comprendemos también es que quienes se aúpan al poder arbitrario, opuesto a las instituciones, padecen algún tipo de patología.

Padecer algún tipo de patología no incapacita a la fuerza para ejercer arbitrariamente el poder. Sin duda, la falta de empatía y hasta la crueldad más extrema son rasgos repetidos, rasgos que se dan en seres abominables que están al frente de regímenes que, en su tiempo, fueron democráticos, liberales.

Que esos tipos acusen un narcisismo extremo y mal construido o que hayan padecido carencias emocionales o que hayan sido educados en la falta de compasión no los hace irresponsables.

Pueden ser individuos averiados y a la vez plenamente responsables y culpables de las decisiones que toman, de las maldades que infligen, del nepotismo que alimentan, del filibusterismo que aplican al correcto funcionamiento de las instituciones.

En Estados Unidos, “ningún actor político poderoso se había propuesto destruir el sistema político en sí, hasta que Trump ganó la candidatura republicana”, dice Masha Gessen.

Es cierto. “Probablemente se tratase del primer candidato importante que no se presentaba a presidente sino a autócrata. Y ganó”, dice Gessen.

Y vaya si ganó. Su mandato ha sido un deterioro institucional cuyas consecuencias ignoramos. Su ejecutoria ha sido ejemplo de tendencia autócrata, de arbitrariedad como regla de gobierno.

En Trump hallamos la voluntad firme de autoabastecerse, de apropiarse, de acopiar recursos y de satisfacer necesidades propias que nunca se colman.

Pero hay algo más, mucho más.

“El desdén fue el combustible de la campaña de Trump: hacia los inmigrantes, hacia las mujeres, hacia las personas con discapacidad, hacia las personas de color, hacia los musulmanes–hacia cualquiera, en otras palabras, que no fuera un hombre blanco sin discapacidades, heterosexual y nacido en EEUU–y también hacia las élites que habían consentido al Otro”, señala Gessen.

El desdén y el resentimiento alimentan la antipolítica y derstruyen la confianza. Es el precio literalmente de la desconfianza. Ciertos políticos como Trump hacen campaña desde la antipolitica y sobre todo alimentan el resentimiento de los votantes hacia las instituciones, pues se supone que éstas, las instituciones, han arruinado sus respectivas vidas.

Por eso, Trump, Bolsonaro, etcétera, siguen nutriendo las fuentes del resentimiento incluso después de ocupar el cargo presidencial, como si fuera otra persona la que aún estuviese en el poder.

Están al frente, pero hablan y se comportan de acuerdo con un retórica insurgente, de oposición radical, presuntamente ajena al sistema.

Es por eso por lo que la probabilidad de que Trump –el bufón, el ordinario, el racista– se volviera presidencial, moderado, era remota, pero la había, admite Gessen.

La había para ceguera de muchos y de nuestro estupor. No supimos ver enteramente o leer la literalidad de lo que se decía, la verdad exacta y paradójica que había detrás de un discurso mentiroso.

Como dice Masha Gessen, “los autócratas suelen dejar claras sus intenciones desde el principio. Si decidimos no creerles o ignorarles, lo hacemos a nuestra cuenta y riesgo”. Y el riesgo es el de que la vulneración de principios ha sido cada vez grave para desolación nuestra.

“Trump, su familia y sus funcionarios no son arteros: parecen actuar de acuerdo con la creencia de que el poder político debería generar enriquecimiento personal y, en esto, aunque no en cuanto a los detalles de sus componendas, son transparentes”.

Son transparentes en cuanto al uso del poder y en cuanto a sus intenciones. Sin duda, dentro de un sistema democrático, aún “existe la esperanza de revertir la tentativa autocrática, pero incluso así, la mitad del país en el que vivo”, dice Gessen, “funciona, en el espacio público, como una autocracia”.

Y algunos de esos son los asaltantes del Capitolio.

Muchos de ellos son hombres blancos cabreados, los “Angry White Men”. Su naturaleza, su ideología y su sociología podemos seguirlas en un libro esencial, muy fino, que Barlin Libros ha publicado en España. Me refiero al volumen de Michael Kimmel titulado Hombres (blancos) cabreados (2019), cabreados con el sistema y las instituciones.

Ya lo estaban en 2016. Y fue entonces cuando Trump se presentó como su portavoz o médium. El misterio —que no es tal— es por qué tras su mandato la cuota de ese supremacismo dolido y agresivo ha aumentado. Sus problemas no se han solucionado, pero desde la Presidencia se ha alimentado el desdén y el resentimiento.

“La América de Trump es como él”, añade Gessen.

¿Y cómo es? Pues “blanca, masculina, heterosexual, permanentemente asediada, agresiva”. La campaña de 2016 prometía devolver sus seguidores a un pasado fantasioso.

En esos “viejos buenos tiempos” se supone que sus empleos y sus hijas habrían estado bajo protección, a salvo de los inmigrantes de tez oscura. En ese pretérito, los blancos no habrían tenido que tratar a los afroamericanos como a iguales. En ese mundo que han perdido, “las mujeres no se metían en política, los homosexuales no manifestaban su orientación sexual y las personas transgénero no existían”, concluye Gessen.

La mentira repetida cien veces y la fantasía más dañina machaconamente expuesta son factores de movilización extensa e intensa. Y pueden ser factores de insurrección, no de protesta, como bien diagnosticó Joe Biden.

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Fotografía: WIN MCNAMEE/GETTY IMAGES

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