La escena primitiva

Hay un ideal por el que vale la pena batirse, el de una sociedad formada por personas conscientes y respetuosas.

Hay un ideal por el que vale la pena esforzarse, el de una colectividad integrada por personas que asumen su quehacer, con perseverancia y dedicación, aplicando para ello su mejor ingenio.

Hay un ideal por el que vale la pena batirse, el de una sociedad formada por personas que se cultivan y que, por saberse frágiles y mortales, se protegen y mutuamente se cuidan.

Hay un ideal por el que vale la pena esforzarse, el de una colectividad integrada por personas que se consagran a sus tareas aspirando a dejar lo mejor de sí mismas sin gran aspaviento, con ironía y templanza.

Hay un ideal por el que vale la pena batirse, el de una sociedad formada por individuos alegres, que se no se resignan al miedo; tampoco al descaro o a la bestialidad.

Nunca hubo unos ‘viejos buenos tiempos’ de personas todas ellas responsables y austeras o modosas. Existía, por ejemplo, el Carnaval más burlesco y avasallador.

Cierto.

Fotografía: Susana Vera, Reuters

Los carnavales eran un modo expresivo de invertir el orden de las cosas, una manera regulada y temporal de alterar los valores, de introducir el caos, de arremeter contra los poderosos.

Cuando las instituciones aplastaban, coartaban, perseguían, encarcelaban o ajusticiaban sin freno, la fiesta popular era el paréntesis del exceso. Era la excepción consentida, pero era también la alegría, la convivencia.

Cuando a los individuos se les negaba el ejercicio de sus derechos (porque ni siquiera existían), la masa ejercía la fuerza contra los poderosos y las borracheras o el sarcasmo destructivo devolvían por un día la esperanza.

Cuando los derechos de los individuos no se concebían, el colectivismo satírico daba fuerza por unas horas a los débiles, a los pobretones, a los menesterosos.

Hoy, el simple estallido masivo y ebrio es espectáculo deprimente, estallido que ciertos munícipes o responsables políticos dejan hacer o reprimen sólo un poquito.

Y ese espectáculo nos devuelve a la escena primitiva, unos momentos antes de la Evolución, justamente cuando la horda aplasta al individuo, un individuo que como tal ni siquiera existe.

Perdonen esta letanía. Hoy no estoy guasón. Me veo pesaroso. Me gustan las buenas maneras, la urbanidad, la democracia, la cortesía. Detesto el ruido, la arrogancia del soberbio y la impunidad de la masa.


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