Tiempo. ¿La ciencia sin moral?

[Atención, atención. Este texto contiene posibles spoilers]

Acudimos a la sala de cine con la intención de pasar una tarde de domingo. No buscábamos un film de sesudas cavilaciones. Esperábamos una entretenida y aguda película de suspense, de miedo incluso.

El director tiene prestigio.

Pero su carrera es irregular y en cada una de sus películas, de intriga, de terror, de angustia… hay al menos una trampa metafísica o mística o cuasirreligiosa.

Hay siempre en sus historias algo que desconcierta y que no siempre se debe a la inteligencia del guion, al hallazgo insólito.

Más bien, es la voluntad de mostrar y demostrar la perspicacia del director, su capacidad para sorprender, para aturdir a los espectadores. Al público hay que dejarlo desconcertado, aunque ese estupor no añada complejidad alguna a su visión del mundo.

Podríamos resumirlo con una cantinela socorrida. El mundo no es lo que parece; la realidad no eso que creemos ver; tras la evidencia transparente de las cosas, todo es muy confuso; no se fíen de las apariencias, etcétera.

O, en otros términos, entre humanos hay maldad, mucha maldad, o algo siniestro a lo que, solidariamente y como comunidad, debemos hacer frente.

Salvo cuando estamos ante un thriller puro, sus películas tienen, pues, una moraleja edificante o una moralina de buenos sentimientos que aclara a la postre el malestar que el film nos ha ocasionado.

Fuimos a ver Tiempo (Old, 2021), de M. Night Shyamalan, la pasada tarde de domingo, según señalaba.

Debo decir que es una película con personajes estereotipados. Parece que es una tara que aqueja a mucho cine comercial.

La corrección política y (se supone) la pereza espectadora hacen de los personajes principales unos caracteres de rasgos y comportamientos previsibles.

Debo decir también que Tiempo es un film con trampa y, realizado y difundido ahora, justamente ahora, de efectos potencialmente peligrosos.

Se inscribe en la tradición de los ‘mad doctors’, simpática convención del mejor cine. Piensen en Frankenstein (1931), de James Whale.

Pero este film resulta oportunista y, en estos momentos, puede alimentar la paranoia de los negacionistas, y de quienes creen en la Humanidad (así, con mayúsculas).

Imaginen. Esta película de afán moralizante puede servir de nutriente y justificación para quienes sólo creen en la Humanidad, el Amor y la Familia.

Puede valer para quienes viven la Ciencia como un amenaza gobernada por los poderosos. La Ciencia… siempre desbocada, amoral, sin freno.

Incluso cuando a los doctores y a los investigadores les animan las mejores intenciones, hay peligro extremo. Al fin y al cabo tienen la voluntad de ser como dioses, de torcer o detener el curso del tiempo.

Ésa sería la fatal arrogancia de los científicos.

La presencia misma de un gigantesco laboratorio repleto de investigadores con batas blancas son ya la amenaza que se cierne.

Esos científicos, que parecen becarios explotados y comandados por un ‘mad doctor’, forman una suerte de ejército esclavo.

Frente a ello —insisto— la Humanidad, el Amor y la Familia son nuestra única salvación.

Esa conclusión, esa moraleja, ese sentimiento aparentemente bienintencionado resulta, en estas fechas, nocivo, incluso tóxico.

Lo es, puede serlo, entre gentes místicas que se dejan llevar por la idea de conjura o por la creencia en una conspiración.

Entre una parte del público norteamericano, el film está teniendo un éxito descomunal.

Imaginen.

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