Las cajas vacías

El saber académico, erudito, reunido durante décadas de estudio, lectura y aplicación cabe en cuarenta y tantas cajas.

Filosofía, sociología, antropología, economía, filología, semiótica, comunicación…

Los libros de historia (lo que oficialmente estudié e investigué) o de arte y literatura (propiamente literarios, en efecto) están en otro lugar.

Ahora, la mayor parte de esos volúmenes de pensamiento, reunidos durante décadas —ya digo—, aquí no se ven.

Yacen en sus nuevos anaqueles.

Las cajas, pues, también yacen vacías. Son continente sin contenido, sin libros. Empleo un lenguaje deliberadamente sepulcral.

De hecho, la composición fotográfica es casi una ‘instalación’ de aspecto funerario.

Ves esas cajas vacías y el conjunto parece el resultado de una profanación.

Pero esa ausencia pregona nueva vida. Mientras ahora escribo, observo la gran estantería que contiene parte de esas obras.

Entre ellas diviso, por orden alfabético, unos cuantos títulos que ahora enumeraré. ¿Es exhibicionismo? ¿Es ostentación erudita?

No suelo alardear, pero esta pequeña retahíla está leída y, creo, más o menos aprendida. Vale la pena.

Responsabilidad y juicio, de Hannah Arendt;

Conceptos y categorías, de Isaiah Berlin;

Vigilar y castigar, de Michel Foucault;

Paradoja del comediante, de Denis Diderot;

-Escritos políticos’, de Rosa Luxemburgo;

Cuadernos de la cárcel, de Antonio Gramsci;

Manuscritos económico-filosóficos, de Karl Marx;

Moisés y la religión monoteísta, de Sigmund Freud;

Ensayos sobre la igualdad sexual, de John Stuart Mill y Harriet Taylor Mill;

Ecce Homo, de Friedrich Nietzsche;

La rebelión de las masas, de José Ortega y Gasset;

Pensamientos, Blaise Pascal;

Confesiones, de Jean-Jacques Rousseau;

La miseria del historicismo, de Karl Popper;

Por qué no soy cristiano, de Bertrand Russell;

Del sentimiento trágico de la vida, de Miguel de Unamuno;

La tarea del héroe, de Fernando Savater;

Hablemos de Dios, de Amelia Valcárcel y Victoria Camps;

Cartas filosóficas, de Voltaire;

Sobre la certeza, de Ludwig Wittgenstein;

Claros del bosque, de María Zambrano.

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