Nigel Barley. Recomiéndame un libro

Días atrás, alguien cuya identidad no revelaré me preguntaba por una lectura divertida, por un libro entretenido, por una obra que además le permitiera aprender cosas.

Para su sorpresa, según me dijo después, el volumen que yo le estaba recomendando no era un libro de historia.

Lo lógico es que un profesor de esta materia recomiende obras de su disciplina, ¿no es cierto? De entrada no entendía muy bien mi consejo.

¿Significa eso que entre las obras publicadas por mis colegas no hay textos desternillantes y edificantes?

Por supuesto que los hay y de cuando en cuando les recomiendo lecturas provechosas y hasta deliciosas.

Ahora bien, debo admitir que lo usual, lo normal, es que la severidad académica nos haga escribir volúmenes poco entretenidos. Y no saben cuánto lo lamento.

Por eso, he escogido para esta vez un libro de otra disciplina. A la persona que me pedía una recomendación finalmente le sugerí lo que abajo les detallo, el volumen de un antropólogo.

En principio, la antropología (o la etnología) es también disciplina severa. Estudia lo raro, lo extraño, lo diferente, lo distante.

Todo eso, claro, desde el punto de vista del observador, que mira eso que llamamos raro, extraño, diferente, distante.

Lo estudia por ser de entrada diverso o inexplicable. Vamos: chocante. ¿Qué cosa?

Imaginemos: el comportamiento de los ‘otros’, de los ‘extranjeros’, de los ‘salvajes’, de los ‘primitivos’… alojados en una comunidad o tribu a la que llega el antropólogo.

¿Por qué actúan así?, se pregunta ese forastero recién instalado. ¿Por qué obran como obran estos nativos? ¿Por qué tienen estos ritos?, se interroga.

La pregunta por la rareza es siempre, pero siempre, un interrogante relativo y suele implicar un sesgo.

Ciertos antropólogos llevan décadas preguntándose por ese sesgo precisamente.

Y llevan décadas sintiéndose culpables por haber pecado de eurocentrismo o de supremacismo cultural.

¿Pecado de eurocentrismo o de supremacismo cultural? ¿Qué es eso?¿Cuándo pecan? Pues cuando miras al otro y lo ves como efectivamente extravagante o inferior.

Explicaré lo del sesgo. Aquello que vemos como extraño es lo que resulta extraño para nosotros, de acuerdo con nuestras costumbres, nuestros valores y nuestras reglas.

Pero, de un tiempo a esta parte, lo raro ha dejado de ser obviamente raro. Es otra forma de vivir y de percibir el mundo.

Les parecerá una conclusión decepcionante por archisabida, pero más vale admitirlo ya.

Veo que estoy escribiendo un largo y tedioso proemio para llegar a lo que quería llegar. Me estoy comportando como cuando mis colegas se ponen pomposos.

Pido excusas por hablar largo y tan seguido de lo que debía ser breve y expeditivo.

Voy al caso. Voy al libro que quería recomendar a la persona que me pidió consejo.

Punto y aparte.

Hace muchos años, los antropólogos británicos, que eran los profesionales más destacados de esta disciplina, analizaban comunidades o tribus alejadas de Oxford o Cambridge (de Oxbridge).

La etnología, ya digo, estudiaba entidades diferentes, sociedades o espacios culturales en los que regían convenciones y códigos muy distantes de los que ceñían la vida de los anglosajones.

Por eso, muchos etnólogos británicos tomaron principalmente África como lugar en donde estudiar, como objeto de analisis.

El continente estaba —está— lo suficientemente lejos como para que esas ‘rarezas’ sean más evidentes.

En clave sarcástica, esto lo cuenta muy bien Nigel Barley en un libro que es el recomendado: El antropólogo inocente (1983), cuya versión española apareció en 1989 en Anagrama.

El etnólogo escogía, casi al azar, una aldea africana (los Dowayo, en Camerún) y allá que se iba para estudiar su comportamiento.

Eso sí, iba, pero habiéndose vacunado previamente y habiéndose adaptado a un mundo pequeño y por completo ajeno.

Como se trataba de pasar muchos meses entre nativos, en una aldea, en una choza, expuesto a penalidades y estrecheces, debía cumplir ciertas reglas o preceptos.

Tenía que hacerse con un informante que hablara la lengua de los Dowayo e inglés (por precario que fuera su dominio).

Habia que permanecer mudo mucho tiempo, mirando, escuchando, anotando, haciendo, en suma, observación participante.

Su estancia entre los Dowayo provocará situaciones hilarantes, así como sus relaciones con el informante o con el jefe de la aldea.

Al cabo de un tiempo, el antropólogo regresará a Inglaterra con su abultado cuaderno de campo y sus escasas pertenencias.

Deberá poner en orden sus datos e intentará dar una interpretación a la conducta observada, en principio indescrifrable.

Aparte de su trabajo académico el resultado de esa estancia entre los Dowayo será un libro de divulgación perspicaz, autopunitivo y a la vez comprensivo.

Antes de sugerírselo a la persona que me pidió recomendación me adentré nuevamente en sus páginas.

Capítulo a capítulo avanzaba y conforme avanzaba revivía el placer. Había momentos en que no podía reprimir las carcajadas.

O sea, que ya saben. Cuando quieran instruirse y a la vez divertirse pregunten por Nigel Barley.

Para algunos es el equivalente a Gerald Durrell, pero en la antropología.

¿Qué les une?

Pues saber contar bien las cosas, con ligereza y con una ironía que quita esa gravedad impostada a la que tendemos los académicos.

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