La guerra cultural

He leído Arquitectos del terror (2021), un voluminoso libro de Paul Preston de quinientas veintiocho páginas.

Está dedicado a lo que él mismo llama los artífices del odio en la España de los años treinta. Es un examen, capítulo a capítulo, de las campañas de la extrema derecha contra la II Republica.

Más concretamente: es una reconstrucción de las vidas y vicisitudes de ciertos personajes, principales o secundarios, que conspiraron de palabra y obra contra el régimen democrático.

En efecto, el historiador selecciona a unos cuantos individuos. ¿Qué los hermana? Todos ellos dedicaron muchas energías a intoxicar ideológicamente.

Y, si eran hombres de armas, a combatir en el frente y en la retaguardia: tanto en la guerra cultural como en la guerra civil que precede y sucede al golpe de Estado de 1936.

Son tipos de variado pelaje y de distinta calidad humana. Son tipos que instigaron los rencores y que difundieron los bulos más infames contra el régimen constitucional.

Concretamente, Preston se centra en lo que a todos ellos unía: la creencia en el contubernio judeomasónico y bolchevique.

Salvo uno, no diré los nombres y así, si les convenzo, irán al propio libro a buscarlos.

La retórica de todos ellos es banal y venenosa y, como digo, se limita a denunciar machaconamente la presunta conjura contra España.

Como siempre, para mentir bien, hay que partir de la realidad (de un cachito de realidad) hasta deformarla y volverla (esa misma realidad) irreconocible.

La idea, permítanme la palabra, es la de que hay un único enemigo que tiene al menos tres rostros o que como poco adopta tres perfiles.

Primero, los judíos. Son un enemigo interior a los que cabe atribuir la muerte de Jesús, un crimen originario que sólo sería la primera meta del objetivo final al que aspiran: la destrucción de la cristiandad.

Segundo, los masones. Son seres extrañamente racionalistas y librepensadores en vez de hombres de fe, que es lo que por naturaleza debemos ser: con gran perfidia aspiran a disolver la religión y con ella la civilización.

Tercero, los bolcheviques. O, en otros términos, los comunistas (y la izquierda en general), que son innecesariamente revolucionarios, pues nada justifica su malestar frente a un orden natural y social al que por maldad aspiran a derribar.

Ya tenemos los tres perfiles. Creemos que son tres enemigos, pero no. En realidad son sólo uno: son una y la misma cosa. Con un único objeto: conjurar para adueñarse del mundo.

La convicción de que hay un contubernio universal, inspirado por el pueblo hebreo, por el nuevo Sanedrín, con el propósito de apropiarse de las principales instituciones del mundo es una vieja y tóxica idea que se remonta, como poco, a principios del siglo XX.

Concretamente es en Rusia en donde cristaliza y se materializa gracias a una obra falsa en la que supuestamente estaría el plan de gobierno del mundo: los Protocolos de los sabios de Sión.

Ese documento, que en realidad fue urdido por la policía zarista, va a servir durante el siglo XX para justificar todo tipo de atrocidades contra los hebreos. Y de paso contra los masones, etcétera.

En el caso español no pocos responsables de la derecha más extrema y de los militares más levantiscos creerán en las presuntas verdades de esos Protocolos.

Por ello proclamarán efectivamente la existencia de una conjura universal de masones y judíos, asimilables a capitalistas y comunistas.

Según la tesis sostenida por tantos antisemitas y antimasones, los comunistas rusos y los capitalistas norteamericanos serían los instrumentos finales o actuales de ese plan antiguo.

Podría extenderme más sobre este asunto de la conjura, pero ya me estoy alargando demasiado.

Para quienes hemos seguido a Preston desde hace años, ‘Arquitectos del terror’ no introduce novedades radicalmente diferentes o distintas de las que ha difundido en anteriores investigaciones.

No obstante, leer a Preston siempre es un entretenimiento narrativo lleno de ironías (por cruel o doloroso que sea el tema) y un conocimiento documentado.

Este libro, Arquitectos del terror, que tiene un título probablemente excesivo e innecesariamente metafórico, se refiere a esas figuras a las que antes yo aludía sin nombrarlas.

Son sólo unas pocas y de ellas reconstruye sus respectivas biografías. Se refiere a personajes importantes, a militares que auxiliaron a Franco y con los que también rivalizó hasta deshacerse de ellos o reducirlos.

Y se refiere igualmente a oscuros civiles y eclesiásticos que tuvieron un papel primordial en la difusión del bulo de la conjura.

Punto y aparte.

De todos ellos el que más me ha llamado la atención y del que ya teníamos noticias (en mi caso, noticias escasas), es el policía Julián Mauricio Carlavilla del Barrio (1896-1982).

Se le conoce también como “Mauricio Karl”, un seudónimo que utilizará abundantemente. Se le considera, con razón, como uno de los más activos, no sé si eficaces, propagandistas antisemitas de España y ello desde el inicio mismo del régimen republicano.

Sus principales valedores serán el comisario Santiago Martín Báguenas y el general Emilio Mola.

Carlavilla del Barrio nace en Valparaíso de Arriba, provincia de Cuenca, y muere en Madrid.

Entre otras materias cursará estudios, breves estudios, para acceder al cuerpo de policía.

De carácter bravucón y pendenciero, Carlavilla del Barrio demostrará gran inteligencia para el mal y para la mentira.
Obrará como policía de dudosa moralidad.

Por ejemplo, en sus expedientes constan apropiaciones de dinero procedente de multas y constan actuaciones o intervenciones suyas como proxeneta.

También será un hombre de insólito crecimiento intelectual. Estudia, lee, se documenta y sobre todo fabula, inventa y difunde bulos en los que probablemente llega a creer.

Es ésta una manera muy ventajosa de confirmar sin pruebas las creencias y de reafirmar los prejuicios.

De hecho, su incesante activismo le llevará a convertirse en un importante intelectual del horror.

Deviene, en efecto, uno de los principales divulgadores del antisemitismo, de la antimasonería, del antiliberalismo.

A Franco y a su Régimen les será útil: la difusión de sus fantasías nutre en parte la cultura política de la preguerra, de la guerra y de la posguerra españolas.

Fundará una editorial, Nos, y desde comienzos de los treinta publicará muchos libros de abundosa letra y tono panfletario.

Me he hecho con algunos ejemplares de esas obras y he leído también una biografía que le dedica Eladio Romero García, cuya pesquisa Paul Preston cita y aprovecha para su propio libro.

Y al ponerme a leerlos, al ponerme a leer todo este material, he experimentado una sacudida, un estremecimiento, el peor ‘viaje’.

La bibliografía que escribió y publicó Julián Mauricio Carlavilla del Barrio (o Mauricio Karl) es abundantísima y tóxica y contiene, entre otros cosas, libros de gran calado.

Cito: desde El comunismo en España (1932) hasta Anti-España 1959 (1959), pasando por Satanismo (1950) y Sodomitas (1956).

Escribió, tradujo, plagió, etcétera. Fue un polígrafo redicho. En ningún caso crean que fue un tontorrón marginal. La prosa que emplea es avenada y venenosa.

Sus libros tuvieron éxito. Fueron leídos por los jerarcas del Régimen y alcanzaron un gran respaldo popular durante el primer franquismo.

Sin duda, su retórica, sus hipérboles y su abundante literatura dan a Carlavilla del Barrio aires de erudito… demente.

Y le dan una inusitada actualidad.

Hay publicistas de hoy mismo que son dignos herederos de este literato de batalla, de este Mauricio Karl, combatiente y veterano de la guerra cultural.

No diré sus nombres.

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