El Gran Facundo. Las vidas imaginarias de Luis Landero

A Luis Landero se le reconoce por sus múltiples habilidades. Ha sido guitarrista —cosa que envidio enormemente— y profesor, tarea que conozco bien. Y todo esto entre otros variados empleos y trabajos.

Pero lo que ha dado celebridad a Landero es su obra como novelista. Es decir, que entre sus dones está el de cultivar —el de cultivar con esmero— el género de la ficción por antonomasia: la novela.

Bien mirado, es el cuento su zona de pruebas, el firme sobre el que circulan sus historias.

Pero como Landero es, antes que nada, cervantino, pues en sus novelas se multiplican los lances secundarios, los hechos colaterales, los excursos, etcétera. Los cuentos.

Aunque es también cervantino por el carácter y hechura de sus personajes, de sus personajes principales. ¿Qué carácter y qué hechura?

Los protagonistas, a veces narradores, suelen ser tipos desnortados con afanes diversos que escapan a sus posibilidades.

Suelen ser individuos que ignoran sus limitaciones, con pájaros en la cabeza, fingiendo ser lo que no son o diciendo ser más de lo que son.

Suelen ser, en fin, personas en algún sentido alienadas, que por hache o por be, se enajenan del mundo o son apartadas por sus congéneres por ver en ellas algo monstruoso, incompleto o demente.

Acabo de leer Una historia ridícula (2022). Es un monólogo. Su protagonista y narrador, que se llama Marcial, bien podría haberse desdoblado como El Gran Facundo. ¿Por qué? Por su labia. Recuerda a Lázaro.

Apenas tiene estudios y su aprendizaje es meramente autodidacta. Sin embargo, ha alcanzado un puesto muy digno que paradójicamente lo mortifica: precisamente jefe de planta de un matadero industrial, además de antiguo matarife. Lo mortifica porque él aspira a elevarse.

Habla con precisión léxica y tiene un verbo o verborrea que para sí muchos quisieran. Vamos, que es facundo. Aunque él no se califique con ese término. Cuando se pone redicho, que es casi siempre, se jacta de su elocuencia.

Se piensa como un personaje de una historia ridícula en lucha desigual contra el mundo, tan decepcionante. Odia con porfía y no sabe qué cosa es él mismo: exactamente un tipo ridículo. Aunque, eso sí, siempre iracundo.

A poco que nos examinemos, los lectores podemos vernos reflejados en sus inquinas, ojerizas, desahogos y repentes. O en sus delirios.

A los lectores nos interpela interna y frecuentemente en su monólogo (así como a un enigmático doctor Gómez): nos interpela provocándonos, anticipándose a nuestras reacciones y lo hace con encono, con enfado permanente.

Como dijo William Shakespeare y tantas veces se ha repetido (incluso por William Faulkner): “La vida no es más que una sombra…. Una historia narrada por un idiota, llena de ruido y furia, que nada significa”.

Lo sepa o no, Marcial lo es, él es el idiota.

A finales de los años ochenta del siglo XX, sin que precediera una gran campaña promocional, Luis Landero irrumpía en el mercado de los libros y en la feria de los premios.

Y, antes que nada, se hacía con un solo golpe de fortuna con todo el prestigio literario que puede conceder una primera gran obra.

Aparecía, en efecto, Juegos de la edad tardía (1989) y con ella deslumbraba a sus destinatarios.

La justeza de su prosa, de resonancias clásicas, la variedad de su registro (del drama al esperpento, del folletín al cuadro de costumbres) y la ficción clásicamente cervantina —en abierta aleación con el absurdo kafkiano— atrapaban.

Pero atrapaba concretamente la historia de mediocridad, de superación, de impostura, de abismo, de temeridad… que era objeto de relato, protagonizado por un tipo falsario que se hacía llamar El Gran Faroni.

Cada libro de nuestro autor está justificado y supone un registro nuevo de unas mismas obsesiones, de unos mismos motivos: la vida de gentes plebeyas que viven aquejadas de delirios de grandeza o de afanes inalcanzables.

Todos los libros de Landero resuenan en esta obra, Una historia ridícula: desde Juegos de la edad tardía (1989) hasta La vida negociable (2017), pasando por Retrato de un hombre inmaduro (2009).

El disfrute de su prosa, de su fantasía cervantina y kafkiana, de su sarcasmo es de tal calidad que yo ya me he releído Una historia ridícula. Y volveré a gozarla. La mediocridad y el humor presiden esas vidas, una chanza generalmente involuntaria, y sin duda un espejo deformado de las conductas humanas.

Cuando leí por primera vez Juegos de la edad tardía quedé estupefacto: me veía reflejado en el impostor que la protagoniza. Cuando leí también Retrato de un hombre inmaduro me sobrecogió la estupidez que comparto con su narrador y personaje.

Cuando he leído y releído Una historia ridícula, me pasma la facundia o la cháchara de Marcial a la que, en ocasiones, me abandono.

Yo no odio tanto, o eso creo, pero mis decepciones, algunas justificadas y otras no tanto, llegan a tener ciertos rasgos patológicos que veo en Marcial.

Él es uno de los nuestros. Es patético, a veces cobardón y siempre defectuoso. Eso sí, cuenta las cosas con desvíos grandilocuentes.

Es su estilo y, además, tiene un gran concepto de sí mismo. Este libro es muy aleccionador y divertido.

Marcial imparte lecciones continuamente como el auténtico plasta que es. Gracias a eso, aprendemos mundología, gramática parda, filosofía ordinaria y mil y una banalidades.

Yo, de ustedes, no me perdería el libro de Landero. Si quieren estudiar la psique humana, no hay mejor tratado para perplejos. Y yo lo estoy. Y estoy feliz por la prosa y él plebeyismo.

Es mediocre, se cree dotado, aunque no se quite el pelo de la dehesa, su nulidad intelectual, su medianía. A poco que te descuides, te larga un discurso, se pavonea, nos sermonea sobre la ganadería, las granjas y el orden del mundo.

Es, sí, El Gran Facundo. Es la historia de un idiota muy respetable contada por él mismo.

A Landero se lo perdono todo.

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#LuisLandero

#unahistoriaridicula

#LuisLanderounahistoriaridicula

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