Marías Retratista

Vidas escritas es, probablemente, una de las mejores filigranas de Javier Marías. Apareció por primera vez en formato de libro en 1992.

Entonces, el autor era aún el ‘Joven Marías’, que es como lo llamaba don Juan Benet, su amigo y maestro, para diferenciar al hijo del Padre: es decir, de Julián Marías.

Hoy, lunes 25 de abril de 2022, tras el día del libro, no hay mejor momento para leer un libro de libros. O, mejor, para releer un volumen sobre grandes autores canónicos.

O, más concretamente, para enterarse lo que fueron las vidas de tantos escritores valiosos, con obras clave de la tradición y, a la vez, con existencias tan ordinarias o calamitosas como las de cualquiera.

Por las fechas de la primera edición, a comienzos de los años noventa, Vidas escritas era ya una suerte de historia de la literatura contemporánea. Eso sí: una historia subjetiva y sin orden aparente.

O, en otros términos, era el canon prácticamente completo de Marías, de sus amados autores, de sus ancestros y contemporáneos.

Cuando publica la primera edición (aparecida como piezas sueltas en Claves de razón práctica), la obra es rompedora: su propósito es captar a ciertos escritores en instantes intrascendentes, insólitos, definidos o definitivos.

Desde que Javier Marías reuniera estas Vidas escritas creo haber releído dicha obra unas cuatro veces en ediciones distintas: la original y otras sucesivas y enriquecidas.

Enriquecidas, por ejemplo, con el texto de ‘Artistas perfectos’, que cierra la segunda edición a modo de negativo.

Ya no son pequeñas biografías, sino un écfrasis divertido y a veces conjetural, examen audaz de rostros y gestos de sus amados autores. Dicha pieza apareció en la revista El Paseante, que por entonces editaba y alentaba Jacobo Siruela.

En una siguiente entrega de este volumen, el autor añadirá también una sección nueva, ‘Mujeres fugitivas’, aparecida por vez primera en la revista Woman.

Al margen de los aciertos y de los caprichos, o precisamente por ellos, éste es un libro que me estimula especialmente.

Al describir momentos de sus autores predilectos, en Marías hay ironía, un trazado fino y poco exhaustivo. Un gesto, un mohín, un actitud y un ademán del retratado le sirven para perfilarlo.

A juicio de algunos de sus lectores, ‘Vidas escritas’ es el mejor volumen de Marías. Pensemos en ello, en el elogio hay una maldad, pues la semblanza es un género menor comparado con la novela.

¿Es el Marías retratista mejor escritor que el Marías novelista?

No me pronuncio en general. Me inclino por evaluar obra a obra.

Yo siempre prefiero al Marías irónico y desenvuelto, con desparpajo aún juvenil, aquel que transitara y cultivara los géneros: los grandes y los chiquitos. Como la semblanza.

La semblanza es un género difícil. Debes dar los rasgos básicos de un personaje que tus lectores no tienen por qué conocer.

Debes suscitar y alentar el interés por un individuo que, de entrada, no tiene por qué despertar atención alguna. La semblanza exhuma o capta a un individuo que puede ser una celebridad o una persona del montón.

Las semblanzas de Marías capturan a los autores en momentos no necesariamente grandiosos o egregios. Aparecen como tipos del montón. Eso sí: con sus propias rarezas.

Hace tiempo me lo preguntaba a propósito de este libro. ¿Qué es una persona del montón? No existe tal cosa si al individuo lo miramos de cerca.

Repito. Todos somos interesantes o monstruosos vistos de cerca.

Con la lupa del entomologo o con el objetivo del retratista se nos ven los poros, las impurezas de la piel, esa rugosidad imperfecta, me digo.

En cambio, de lejos cualquiera se pierde, cualquiera se desvanece. A distancia, todos nos desfiguramos, para acabar siendo algo borroso e indefinible: el grueso o el paisaje nos desdibujan.

Pero que ese individuo (autor, escritor…) sea finalmente captado con palabras y que, además, sea trazado en sus rasgos esenciales es tarea colosal —admito.

¿Rasgos esenciales? ¿Y qué es tal cosa?

Lo que uno dice de sí mismo no es necesariamente lo que los otros destacarían. Lo que uno subraya de sí mismo no es forzosamente lo que los demás subrayarían.

Por tanto, en una semblanza, el escritor (Marías, en este caso) escoge un episodio o rasgo y hace de dichos elementos el objeto de su dibujo. O de su retrato. O de su caricatura.

El amigo Toni Zarza anunció hace unos días su intención de leer y conservar este libro. Lo felicito. Tiene la suerte de ser su primer lector. Así como suena.

A su primer lector le esperan horas de exposición y felicidad, de sonrisas e ironías.

De vida.

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