El infierno tan temido

Estoy en las faldas de la Serra d”Aitana. Y desde dicho emplazamiento estoy o me siento falsamente protegido. De las llamas me separan todavía un valle y una cadena montañosa.

Por supuesto deploro el desastre que padecen los vecinos de La Marina. Quiero sentirme solidario. Por puro interés: por interés o por amor propio.

Aunque sea por un egoísmo bien entendido deberíamos vernos concernidos. Me, y nos va, la vida en ello.

Pierden y perdemos un paraje natural rico de flora, de vegetación frondosa, y un paisaje equilibrado en que naturaleza y trabajo milenario lo han conformado.

Paraje y paisaje son el lugar de la fuerza productiva, en parte en declive. Pero son también bálsamo para los ojos y el espíritu (permítanme este lugar común).

Quienes residen aquí todo el año ven cómo se les derrumban un territorio y una forma de vida, un espacio propio.

Por supuesto me enervan el descuido y el desaliño humanos de que somos capaces, el maltrato que infligimos a nuestro entorno. La cosa tiene delito.

Mientras escribo esto, el paraje y el paisaje que veo y entreveo al frente aún no ha sido atacado. Por ello, como decía al principio, creo estar a cubierto.

Pero es una impresión errónea.

El olor a madera chamuscada, a brasas bien vivas, a fuego ardiente, ya empieza a ahogarnos.

Nada humano nos es ajeno, pero sobre todo nada del planeta nos es lejano. En este caso, las llamas las tengo a 6 km. ¿Ustedes creen que me puedo sentir a salvo?

El incendio que empezó en la Vall d’Ebo amenaza con convertir todo en un infierno. Y en un manto de cenizas el territorio.

Si las llamas saltan la Serra d’Aixortà, que veo al fondo, también a nosotros, a quienes estamos en la Vall de Guadalest, nos llegará el infierno.

Estas fotografías las he ido tomando desde la noche del sábado 13 hasta la mañana de hoy, 17 de agosto.

El resplandor nocturno, ese fuego que el ojo humano no ve, procede de ese incendio tan temido.

Lo capta la cámara, dejándonos sobrecogidos. Sin embargo, de día, la foto no reproduce, no puede reproducir, la niebla humeante y el olor a infierno.

En todas estas tomas, la montaña que vemos (ese skyline angustioso) es la Serra d’Aixortà. Esta Sierra es la línea del horizonte, ese bello lugar que yo creía remoto, aquietante y que ahora nos salvará. O quizá no; quizá ya es nuestra amenaza.

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Para rotular este post me valgo de un cuento excepcional de Juan Carlos Onetti.

Nada tiene que ver su trama, pero la dolorosa belleza del título me ha hecho cometer este latrocinio.

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