Javier Marías. La historia de nunca acabar

De cuando en cuando releo las novelas y los cuentos de Javier Marías. No pasa mucho tiempo, apenas meses o semanas, para que me disponga a cumplir ese rito.

Así, sin mayores excusas, vuelvo sobre historias que me persuadieron, que me atrajeron, que me hicieron cavilar.

Lo releo a pesar de la familiaridad de su escritura, de esa voz —generalmente, en primera persona— que deliberadamente retuerce, entorpece y dilata la expresión, que nos envuelve con sus enredos narrativos y sus digresiones.

Pero es esa voz —que ya me la conozco— la que me atrae.

Es esa voz que habla con parecidas o idénticas entonaciones, que pronuncia vocablos que siempre son marca del autor (portezuela, alcoba, encomienda, recado, etcétera).

Es esa voz que declama con prosodia enfática, con ritornelos, con cultismos y, a la vez, con chocarrerías y chabacanerías de efecto verosímil y humorístico.

Y así sus narraciones son sorprendentemente realistas.

Como sería realista el modo de contar las historias corrientes si cualquiera de nosotros tuviera que relatarlas sin un orden previo, sin un esquema ya sabido.

O con los vaivenes, acotaciones, aclaraciones, suposiciones y conjeturas de quien averigua o tantea prácticamente al tiempo que cuenta o recuerda.

Releo con gusto a Marías pesar de unas tramas protagonizadas y narradas por personajes bien reconocibles, asombrosamente parecidos, esos espías dobles, profesionales o amateurs.

Son intérpretes avispadísimos de enorme sagacidad, dotados de presciencia e intuición, capacidades que les permiten husmear, adelantándose a lo que otros hacen, están haciendo o harán.

Siempre regreso a Marías.

Pese a todo lo anterior, a todo lo que he señalado, o precisamente por todo lo que he dicho, que puede tomarse como un memorial de cargos o como una suma de cualidades.

Y así, como parte del homenaje que estos días se le tributa, me sumo releyendo nuevamente con fruición y sorna Así empieza lo malo.

La leí recién publicada, en 2014. Confirmé entonces y confirmo ahora ese tono narrativo que no cambia y que, como antes decía, tan familiar me resulta.

La novela es el relato en primera persona de un hombre maduro que cuenta y cuenta después, mucho tiempo después.

Es un relator de historias cuyos recursos, habilidades, trucos, trampas y ardides conozco, pero al que le pido que me cuente precisamente el mismo caso. Quiero volver a leer (a escuchar) la palabra del orador para dejarme mecer, para que me encante con su salmodia, con su ya sabida recitación. Con su rítmica o deliberada repetición.

Ese es Marías. Escriba lo que escriba, y llevaba ya muchas décadas haciéndolo, adopta parecidas entonaciones, las de seres cavilosos que hablan con pesadumbre, con fatalidad y con humor, todo ello a un tiempo.

Que adopte parecido tono no significa que no sea interesante lo que nos detalla; no significa que sea mera reiteración lo que esforzada o fluidamente escribe. En esta novela o en otras.

Significa que quiero leer esa sintaxis reconocible: eso sí, siempre invadida o alterada por expresiones, giros e historias de distintos personajes, cuyos lenguajes refinados o chabacanos sirven de contrapunto.

Ya lo he dicho. Su narrador siempre es un tipo adiestrado, informado, culto y parlanchín: y sus partenaires suelen ser igualmente palabreros. Aquí, en Así empieza lo malo. el narrador se llama Juan de Vere, en su momento el Joven Vere. ¿Verosímil? Pues sí.

Cuando ocurren los hechos principales, a la altura de 1980, tiene veintitrés años. Pero cuenta las cosas desde la actualidad (2014).

Si tenía veintitrés años entonces, eso significa que tuvo que nacer hacia 1957, en el caso de que los cálculos no me fallen. Es, por tanto, casi un contemporáneo mío. Perdonen mi narcisismo tontorrón: me siento muy complacido por esta coincidencia.

En otra circunstancia también me sentía igualmente muy pagado por ser casi un coetáneo de Antonio Muñoz Molina (1956).

Ahora veo que yo mismo acabo siendo tan irreal como un relator inventado por Marías. Mi memoria se enreda, las ficciones leídas o vistas se me amontonan, entreverándose y provocándome efectos. Se mezclan con fantasías propias, mías, jamás consumadas.

Qué complicado es el mundo. En este mismo post, yo me pierdo. Me soy perdiendo. Justamente por eso, si me buscaran, muy probablemente me encontrarían en una ficción. De Javier Marías, de Antonio Muñoz Molina, de Javier Cercas, etcétera.

Ay.

Todo en este autor, en Marías, acaba siendo creíble si él se lo cree y si él asume de manera congruente dar vida a esos individuos tan ordinarios o estrafalarios que concibe.

Como, por ejemplo, Eduardo Muriel, un tipo que piensa y reflexiona echándose al suelo para hablar o escuchar desde esa posición. Muriel es uno de los caracteres principales de Así empieza lo malo, que se nos hace atractivo o reprobable y muy antipático según los gestos, humores y poses que adopte

Repito: estamos a la altura de 1980. Imaginen qué tiempo, qué época.

En la España de aquellas fechas, sólo unos meses atrás, se acababa de aprobar la Constitución. Aún no había ley de divorcio, asunto clave en esta novela. Y, en fin, la mayor parte de la población apenas tenía conocimientos de cultura democrática.

La he releído, ya digo, y su timbre familiar me solaza. Podría, quizá, aburrirme. Pero no.

Otra vez, Marías en todo su esplendor con sus digresiones y sus protagonistas dengosos, llenos de reparos, de caballerosidades.

Otra vez, Marías con sus narradores palabristas, cavilosos, que evitan siempre el plebeyismo, pero no a los personajes exactamente plebeyos o a aquellos otros refinados y hasta crueles.

No sé. Anoche apagué la luz a las dos de la mañana. Leía y leía sin parar un volumen que me reclamaba y que yo quería y no quería acabar.

No me pidan que les cuente de qué va.

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