Miguel Catalán. Work in Progress

Primera parte

Descubrí muy tardíamente a Miguel Catalán (1958-2019). Tal era mi despiste. He entonado el mea culpa varias veces. En pocas palabras: no tengo justificación alguna.

Lo descubrí precisamente cuando su Tratado filosófico sobre la Mentira estaba muy avanzado, es decir, justo cuando muchos de los volúmenes que lo integran estaban ya publicados.

A partir de aquel momento, a Miguel Catalán lo leí con fruición. Con urgencia.

Lo leí con fruición y con angustia. Me atormenté, por ejemplo, con ese ensayo sobre la seudología, sobre la mentira.

Me sentí íntima y seriamente implicado en lo que Miguel desarrollaba en dichos volúmenes.

Por haber recibido una educación católica, yo siempre he tendido a pensar que el mentiroso es un ser repudiable, que comete pecados y que en cualquier caso no merece, por supuesto, nuestra confianza.

Creo retratarme a mí mismo. Siendo niño, yo siempre tuve la impresión de ser un condenado. Hiciera lo que hiciera, mentía. Con mucha culpa y aturdimiento.

Cuando me quité del cristianismo, la sevicia que me infligía no cesó.

Ufanamente me declaraba y me declaro ateo, pero he vivido con dolor una sensación incongruente: la de haber pecado, hiciera lo que hiciera.

Ahora, tras muchos años, esa impresión ya no me tortura.

De niño, yo decía mentiras y precisamente por eso me sentía despreciable. Luego aprendí a analizar este hecho, y Miguel Catalán me corroboró enormemente. Aprendí a analizar la falsedad, el engaño, y propiamente la ficción.

Él tuvo la amabilidad, temprana, de remitirme no sólo ejemplares de ese ensayo creciente sobre la Seudología. También me regalo los otros textos filosóficos y literarios, anteriores o posteriores, de los que era autor.

Y ahí descubrí y confirmé un creador de finísima sensibilidad. Descubrí y celebré a un pensador conciso, leve y profundo.

Descubrí su humorismo.

No pueden imaginarse lo que me he reído, a mandíbula batiente, con los textos de Miguel Catalán, con sus diccionarios, con sus aforismos.

Dominó la ficción y supo gobernar el verso.

Etcétera, etcétera: son muchas las palabras de gran sutileza en una obra de gran orfebre.

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Segunda parte

Acaba de aparecer El último peldaño (2022). Es un volumen póstumo que edita Verbum, el sello que ha publicado una parte fundamental de las obras de Miguel Catalán.

Este libro se lo debemos a Maria Picazo: al empeño, bendito empeño, de Maria Picazo. Reúne una miscelánea de aforismos y poemas. Y convoca a un grupo de amigos, seguidores y lectores de Miguel Catalán, del mundo académico y de otros ámbitos.

He leído los textos y todos rinden cumplido homenaje al autor, al autor polivalente y refinado. No citaré ningún nombre de esos acérrimos de Miguel, precisamente porque no son pocos los reunidos por María y por no hacer el feo dejarme a alguien. Para no olvidar a nadie, reproduzco el índice. En fotografías aparte.

Pero lo mejor, lo más sustancioso, es la miscelánea de Miguel, esos textos escogidos que nos devuelven, entre otros saberes, su prodigiosa prosa y la quintaesencia de su poesía.

En esas páginas está el gusto de describir sensaciones e impresiones con las palabras justas. El mundo como sorpresa y paradoja. Y siempre con ese punto de guasa, de insólito descubrimiento, de latente o manifiesto humorismo.

De todos los pasajes que ahora podría incluir me quedo con este que abajo reproduzco.

Es una historia fantástica o un relato real de fantasmas. Como decía Jorge Luis Borges, en un cuento está todo apretado, sin tiempos muertos, pero todo eso depende de la última frase.

No se la pierdan. Dice así:

“Cuando era adolescente frecuentaba una pequeña librería de lance atendida por un librero afable, alfeñique y radical que me dio los primeros consejos literarios. Le cogí mucho cariño. Un día laborable encontré la tienda cerrada y un cartel escrito a mano en la puerta que decía: ‘Cerrado por defunción del dueño’.

“Quedé conmocionado, pues el hombre no tendría más de cincuenta años. Pasaron los días y una noche creí verlo pasar al otro lado de la puerta vidriera de la cafetería donde yo me encontraba con unos amigos. El que cruzaba la acera era él, no había duda. El fantasma pasó de largo erguido, pundoroso e indiferente. No dije nada a los que bebían a mi lado.

“Aquella noche me costó conciliar el sueño. A la mañana siguiente volví a la librería a comprobar si había leído bien. Seguía con la persiana bajada y el cartel no había cambiado: ‘Cerrado por defunción del dueño’. Solo entonces, al fijarme en la última palabra, comprendí que el librero no era el dueño de la librería.”

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