El señor Marías

Primera parte

Hoy, 30 de septiembre de 2022, organizado por el Círculo de Bellas Artes de Madrid se celebra un homenaje a Javier Marías. Por razones que no vienen al caso, no podré asistir.

Cartel: Bernardo Pérez Tovar

No me habría desagrado acudir a escuchar a quienes van a recordar y festejar al autor madrileño.

Por supuesto, entre quienes toman la palabra hay personas de gran altura, de finísima cualidad literaria; y hay también otros que, a pesar de sus habilidades, no me resultan nada simpáticos.

Sin embargo, en su conjunto el acto promete.

Quisiera, por mi parte, sumarme a este homenaje. Desde aquí, modestamente, lo haré con la evocación de un relato de Marías que, si no me equivoco, he leído seis veces.

Aquí abajo dejo aquí mi modesta contribución.
———

El señor Presley

Segunda parte

Uno de sus cuentos más jocosos y a la vez más siniestros de Javier Marías es aquel relato en que homenajea a Elvis Presley: Mala índole (1996).

Caza mayor…

Es, sí, una historia cómica y terrorífica en que el idioma, la traducción y los malentendidos lingüísticos son el nervio del relato.

¿ Un relato con Elvis?

La historia la cuenta un narrador llamado Rogelio Ruibérriz de Torres a la altura de 1996 y al hacerlo así detalla ciertos hechos acaecidos en 1963, cuando el rodaje de Fun in Acapulco, un film menor de Presley.

En 1963, Ruibérriz de Torres es un tipo joven: cuenta veintidós años. Es algo patoso, atolondrado.

Décadas después, cuando el personaje reaparezca, por ejemplo, en Los enamoramientos (2011) será ya un individuo crepuscular y dinámico, egocéntrico y relamido. Un conquistador, vaya.

Perdonen por la adjetivación.

Para entonces, en Los enamoramientos, ignoramos exactamente su edad, pero sospechamos que se quita años. El hombre es así de coqueto o algo peor.

Pero regresemos a Mala índole. En este relato, Ruibérriz de Torres asesora a Elvis Presley como profesor de dicción castellana.

Le ayuda con la fonética: fonética peninsular, que no mexicana. Y allí lo acompaña para tal menester en ese rodaje, en aquella “cinta absurda y sin pies ni cabeza según mi criterio”, precisa Ruibérriz de Torres.

“No debe inferirse de este último comentario”, se disculpa el narrador en ‘Mala índole’, “que yo despreciara ni desprecie al señor Presley. Todo lo contrario. Poca gente habrá habido que lo admirara y lo admire más que yo”.

Pero Ruibérriz de Torres –Roy, como cariñosamente lo llama Elvis– no se engaña: “cada vez que presenciaba el rodaje de una nueva escena yo pensaba: «Oh no, Dios mío, eso no, señor Presley», y lo asombroso era que el señor Presley parecía no dar importancia a nada e incluso disfrutar del horror con su indudable capacidad de zumba”.

Con guasa o no, lo de Acapulco era –a su juicio– un disparate. Por ello Ruibérriz, ignorante de la cultura charra, añade con tono fatuo: “…«Oh no, santo cielo, ahórrenle algo», pensaba yo cuando descubría que Presley iba a tocar la pandereta y a jugar con un sombrero mexicano rodeado de mariachis de feria –el Mariachi Águila y el Mariachi Los Vaqueros, para mí indistinguibles– , mientras cantaban ‘Vino, dinero y amor’ todos a coro en una cantina”.

“… «Oh Señor, no lo permitas», pensaba cuando me anunciaban que el señor Presley había de vestirse de corto con chorreras en la camisa y faja escarlata para interpretar la solemne canción El Toro al tiempo que zapateaba…”

No podemos dejar de sonreír o incluso de carcajearnos. Y no podemos dejar de reflexionar.

Cada vez que leemos Mala índole, queremos más al señor Presley, queremos más al señor Marías y queremos más a Roy, a Roy Berry o a Rogelio Ruibérriz de Torres.

Queremos a Elvis, tan inerme: “un hombre risueño, de risa fácil y pronta, quizá demasiado, una de esas personas poco exigentes que acaba por caerles bien a todo el mundo, hasta los pelotas y los imbéciles”.

Pero perdonamos a Elvis. Como perdonamos a Roy, su relato poco probable, aunque perfectamente verosímil gracias al arte de la dicción, al arte de la ficción de Javier Marías.

En breves páginas, el autor sabe urdir un historia de odio y rencor, de persecución y miedo. En pocas páginas, Marías sabe contarnos un episodio trivial y probablemente inventado por el narrador enfático y campanudo, ese Ruibérriz de Torres del que finalmente nos apiadamos.

En un cuento, en sólo unas páginas, hallamos reflexiones hondas sobre el lenguaje y sus malentendidos, sobre la traducción y el intérprete, sobre la responsabilidad del mediador.

No es poca cosa. No es arte menor.

https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=pfbid0G3cVfCtT26CuTiKG3T1n6m6whPxECfaLPXuNbGf2xVArBJf3cJMzP4KWccVPp3L9l&id=1249255273

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s