El historiador ficticio

He vuelto a releer La náusea (1938), de Jean-Paul Sartre. La leí por primera vez en 1975. Han pasado ya muchos años. Quedé impresionado por aquella lectura adolescente. Y la impresión perdura…

Al volver sobre ella me he fijado en detalles a los que entonces no presté atención: por ejemplo, que el protagonista, Antoine Roquentin, sea historiador, un peculiar historiador que observa la realidad y se angustia porque, precisamente, no la entiende.

Observar es tarea dificultosa si se carecen de referentes, de recursos, de criterios. ¿A qué te agarras? ¿A una teoría, a un esquema, a lo que otros ya han dicho previamente?

El trabajo de Antoine Roquetin le va pareciendo absurdo, inútil. ¿Para qué exhumar papeles viejos, documentos de un personaje ya desaparecido? ¿Establecerá con ellos un hilo conductor, un sentido global que sirva para entender al individuo?

Roquetin es un soltero que frisa la treintena y vive de rentas. Reside solo en Bouville e investiga con minucia la vida del Marqués de Rollebon, un noble francés del Setecientos.

Poco a poco, Roquentin asume la nada que lo forma; el hecho simple pero decisivo de que la existencia preceda a cualquier significado, a cualquier concepto del que servirse.

El acto está ahí y sólo después acudimos con hipótesis, con esquemas.

Me impresionó Sartre y me impresionó el hecho de que este historiador ficticio, abandonara su propia investigación, el archivo. Que renunciara a exhumar la vida de un personaje sobre el que investigaba.

Me impresionó que renunciara a todo con la determinación de crear un ser en una novela, en una ficción, y por tanto carente de existencia, justamente. Toda una paradoja.

Me fijé en la forma de ‘La náusea’, el género del diario, del dietario del tal Roquentin.

Más allá de las revelaciones íntimas, es toda una confesión del desgarro que es siempre vivir o del estupor que es la muerte a la que vamos.

Igual que un historiador o un periodista, sí: atribuyendo significado, pensando conceptos, aplicando “nombres genéricos, como Ambición, Interés”.

Pero la anotación de Roquentin va a ser una convulsión y ese orden se le desmoronará. ¿Para qué seguir, pues?

Escribir algo inventado quizá sea una salida. “Tendría que ser un libro (…). Pero no un libro de historia; la historia habla de lo que ha existido, un existente jamás puede justificar la existencia de otro existente. Mi error era querer resucitar al marqués”.

Se trataría de escribir “otra clase de libro”. “No sé muy bien cuál, pero habría que adivinar, detrás de las palabras impresas, detrás de las páginas, algo que no existiera, que estuviera por encima de la existencia”, algo que careciera de referente y de concepto.

Volveré a leer ‘La nausea’. Sin duda. No sé qué me deparará, pero estoy seguro de que la relectura me incomodará entre tanto libro irrelevante de hoy, entre tanto concepto que apacigua, que clasifica y que destiñe lo real, lo primero: el Yo.

«Ahora cuando digo yo, me suena a hueco. Ya no consigo muy bien sentirme, tan olvidado estoy. Todo lo que me queda de real es existencia que se siente existir. Bostezo dulce, largamente. Antoine Roquentin no existe para nadie. ¿Qué es eso: Antoine Roquentin?”

“Es algo abstracto”. Sólo un nombre bajo el que se acumulan experiencias que desaparecerán. “Un pálido y pequeño recuerdo de mí vacila en mi conciencia. Antoine Roquentin… Y de improviso el Yo palidece, palidece, y ya está, se extingue”.

Ya está.

Punto final.

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Créditos:

The Granger Collection, NY.
Cordon Press.
S.A.C.
Getty Images.

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