Shakespeare redivivo

Semanas atrás leí y ahora he vuelto a leer un libro, Personalidad y poder. Forjadores y destructores de la Europa moderna (2022) que no me agradó en primera instancia.

Yo no me fío de mi criterio: si me sorprende cansado o enfermo, probablemente me desagradará. O me decepcionará.

Si además el autor ha alcanzado la cima con una obra que podemos calificar de clásica y definitiva, entonces todo libro que venga después será irreparablemente decepcionante.

Y yo creo que juzgar en estos términos a un autor (por la cima de la que es capaz) es tremendamente injusto.

Después de haber disfrutado la biografía que Ian Kershaw dedicó a Adof Hitler, todo volumen de que el autor sea capaz será juzgado como obra inevitablemente inferior.

Pues bien, creo que debemos ser moderados, atinados. Creo que debemos disfrutar cada libro por lo que nos aporta. Y esta obra es una utilisima introducción al Novecientos. No le pidan mas al autor. Nol le pidan menos. Ya me habría gustado, ya, ser capaz de escribir algo así.

En esa primera lectura, cuando sentí que el volumen me decepcionaba, lo comenté incluso con Sergio del Molino, a quien esta obra tampoco satisfacía enteramente.

Hoy yo ya no pienso igual. Una vez releído y más allá de las pegas concretas que se le puedan poner a este a aquel aspecto me inclino a pensar que es un volumen útil, valioso, nutritivo.

Si dijera alimenticio me estaría refiriendo a un producto de batalla que sirve para incrementar los caudales del autor.

No es esto lo que quiero decir. Tampoco me importa si el autor se beneficia poco o mucho de esta obra.

Lo que quiero decir es otra cosa. Para mi gusto y deleite personal es un volumen nutritivo.

Sirve para juzgar, para explicarnos, las conductas o las tendencias preferentemente autoritarias de ciertos líderes del siglo XX.

Sirve para entender el comportamiento ambicioso, psicótico, sociópata, errático u obstinado de ciertos mandamases.

Sirve, en fin, para explicarnos los modos y maneras en que ciertos líderes han ejercido su poder, su influencia y su control de manera eficaz, total. Y a la vez sirve para confirmar que incluso el poder absoluto tiene todo tipo de obstáculos y cortapisas.

El propósito de este libro es analizar cómo doce estadistas y gobernantes europeos de distintos orígenes fueron capaces de alcanzar y ejercer el gobierno.

Por supuesto, algo de ambición debe hallarse en quien aspira al poder, pero eso no significa que todo político ambicioso sea un sociópata.

El propósito es preguntarse y responder a la cuestión fundamental: en qué medida esas distintas ejecutorias cambiaron para mal o para bien la Europa del siglo XX.

El recorrido es fascinante. Podemos ir de Lenin a Gorbachov, de Hitler a Franco, de Adenauer a Margaret Thatcher, etc.

Fueron personas vehementes y clarividentes. Fueron individuos hábiles Que supieron aprovecharse de la circustancia, que supieron intuir la tendencia para así destacarse encabezando la corriente que los aupaba.

La habilidad de Ian Kersaw es indiscutible. Evalúa el papel de la personalidad, pero inserta a los políticos en el proceso de cambio histórico, en el seno de las estructuras y circunstancias que no dependían de su ejecutoria.

Algunos de esos sujetos fueron exactamente dictadores. Algunos otros fueron demócratas. ¿Comparten algo? Ah, no responderé. No les voy a quitar el placer del descubrimiento.

Eso sí, una última recomendación a futuros o hipotéticos lectores: no lean este volumen como una suma de biografías breves, como la condensación de existencias en pocas páginas.

Lean este volumen como un teatro del poderen escenas. Lean esta obra a partir de su puesta en movimiento, a partir de la conducta más o menos patológica de sus protagonistas.

A unos, las circunstancias les beneficiaron; a otros, el contexto los agigantó. A partir de rasgos personales, de comportamientos irrepetibles, Kershaw nos muestra una galería de monstruos y benditos, nos muestra a sujetos que pudieron alzarse y supieron gobernar… incluso contra su propia población.

En no pocas páginas de este libro he sentido el aliento de Shakespeare, de quien Ian Kershaw es aventajado discípulo.

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