Un buen maestro

Leo, leo con sumo interés y hasta con estremecimiento, El Ventanuco. Tras las huellas de un maestro republicano (2020), de Ángel Luis López Villaverde.

La historia me interesa especialmente.

Intentaré explicar por qué.

La historia concreta y universal de un maestro republicano, sencilla y muy humana, me hace evocar ciertos episodios de mi propia familia. Atención, no leo esta obra porque sea mi historia, que no lo es. La leo asumiendo emociones ajenas que debo asimilar.

En este caso, yo no tuve un abuelo que fuera maestro republicano. Pero esa figura tutelar y afectiva, ideal y anhelada, es parte de mi formación.

Lo es… por mi padre, que creció culturalmente, que maduró humanamente, gracias a las enseñanzas de un maestro republicano que siempre recordó con devoción y sobre el que, por supuesto, recayó la represión de la dictadura.

La vicisitud que cuenta Ángel Luis López Villaverde, desde nuestra común perspectiva académica, es un caso de microhistoria.

La microhistoria implica una reducción de la escala de observación. Implica tratar el objeto de estudio y relato como una singularidad, no como mero ejemplo que corrobora lo general.

Pero el libro de Ángel Luis es más, mucho más.

Fotografía de Ángel Luis López Villaverde: Pablo Lorente

Su caso y como lo desarrolla pueden servir muy bien de ilustración: para reconstruir el pasado familiar, las cargas y las emociones que llegan hasta nosotros.

Pero puede servir también para rastrear y finalmente mostrar lo que es una circunstancia colectiva, una circunstancia de la que el libro de Ángel Luis sería emblema.

Estoy estos días leyendo también un volumen recién publicado, el volumen que Albert Camus jamás escribió, pero que merecía haberse editado en vida del autor francés.

Está dedicado a su maestro republicano y reúne la correspondencia que Camus mantuvo con su preceptor. Emociona, sin duda.

Todo ello me impresiona y, a la vez, me interpela. ¿A qué me refiero? Al libro de Ángel Luis López Villaverde, a la historia de mi padre con su maestro cuyo recuerdo agigantaba y al episodio de Albert Camus.

Todo ello, en efecto, me lleva a leer con ganas, con mucho interés, la experiencia narrada por Ángel Luis, una circunstancia que es personal, que es familiar y que es colectiva. Y ello con una prosa cuidada que atiende a las expectativas de quien lea.

Tengo con el autor vínculos comunes. No sólo el hecho de que ambos seamos historiadores, sino la chiripa de circunstancias familiares que nos aproximan, que nos hermanan.

Yo soy valenciano por accidente. Mi madre era de Jumilla, Murcia, y mi padre, de Salinas del Manzano, provincia de Cuenca.

Pueden imaginar de qué está constituida mi experiencia personal, cuál es la memoria que he recibido no sólo de episodios más o menos remotos, sino también de afectos y arraigos ajenos a Valencia.

Pero hay más.

En fecha muy reciente he leído Pasados singulares (2022), de Enzo Traverso. Más allá de las habilidades historiográficas del autor o de sus erudiciones, este volumen me ha enervado.

Me parece un libro quejumbroso y receloso con el giro subjetivista de la historiografía. Lamenta, deplora la implicación de los historiadores con el objeto tratado y narrado.

No sé, sí, justamente un volumen como el de Ángel Luis López Villaverde pasaría el irritante cedazo que Traverso impone a la investigación histórica.

A su juicio, la inmersión o la implicación del yo del historiador en el relato histórico es ya una costumbre o un nuevo hábito de consecuencias generalmente nefastas.

Bajo su punto de vista, este giro llevaría a una ‘presentización’, a una personalización y a una degradación del quehacer histórico. Vamos, el contagio del egotismo entre los académicos. Etcétera.

Por supuesto, descreo profundamente de ese supuesto, de ese juicio expeditivo y de ese diagnóstico tan atropellado. Y de otros que Traverso deja caer en su libro.

Precisamente por lo que llevo leído del volumen de Ángel Luis López Villaverde, el criterio de Traverso cae. Aplicado a libros como El Ventanuco, ese diagnóstico es endeble y marcadamente injusto.

¿Qué tiene de malo la implicación del historiador en el objeto de estudio, en la reconstrucción de un pasado familiar, cuyos restos, vestigios y efectos llegan hasta nuestros días? Justamente, Ángel Luis López Villaverde no oculta en ningún momento su motivacion.

Es por eso por lo que su manera de objetivar el caso, de narrarlo, de presentarlo y de administrar las pruebas es modélico. Disfruto como historiador al leer una obra así.

Pero eso no tendría gran mérito si nos ceñimos a la Academia. La prueba definitiva es si el goce lo provoca entre lectores ajenos al gremio.

Creo que las emociones que Ángel Luis López Villaverde expresa, con el rigor documental y el examen pericial que demuestra, se atemperan con una prosa equilibrada, entre el compromiso y el distanciamiento.

En cualquier caso, debo hacerme perdonar esta larga expansión, esta reflexión hecha a bote pronto y bajo los efectos de una lectura satisfactoria, muy satisfactoria, de ‘El Ventanuco’. Este libro me llega en el mejor momento anímico para leerlo.

No me pidan más. Simplemente lo disfruto.

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