Menudos sofocos

Creo ser un lector voraz, sí, y creo que de toda página impresa se puede sacar provecho, por mala o equivocada que sea la obra. Siempre que uno tenga algún criterio. Por ello es por lo que, raramente, un libro me irrita.

Sin embargo, siempre hay excepciones. ¿La última? El pasado fin de semana. Menudo sofocón, del que algo diré, pero para después indicar la medicina que, de chiripa, me prescribí.

Domingo 11 de diciembre. Interior día.

Han pasado ya unas horas. Acabo de leer un volumen dedicado a ciertas cuestiones historiográficas (sé que esto ya empieza a aburrir, pero ustedes sabrán perdonarme). Acabo de leerlo, sí, y quedo estupefacto: tan simple, pedante y rencoroso es el libro.

Eso sí: se nos presenta revestido de mucho empaque académico y de muchísima erudición mal asimilada.

Y ahí está la obra, que no es baratita, y ahí la tengo (de cuyo título no quiero acordarme). Ahí está: en su edición original y en su versión española, con su prosa repetitiva y tajante y con sus juicios campanudos y sectarios.

La tesis está mal planteada; los argumentos, mal expuestos; y, en fin, los ejemplos, mal traídos, con un a furia que me resulta incomprensible.

El autor aborda algo relacionado con las tareas que los historiadores y los novelistas realizamos. Trata de ciertos quehaceres nos son distintos y comunes, que nos hermanan o nos separan.

No diré que el tema sea apasionante, pero esas cosas reflexivas sobre el oficio de escribir a mí me entretienen. Me refiero a la tramoya, a las técnicas y herramientas utilizadas por quien escribe. Son inquietudes de mi gremio (o eso creo), pero también mías.

Sospecho que para el gran público (como dicen en Francia) esos asuntos no despiertan gran interés. Me refiero a los quehaceres del historiador y del novelista.

Sospecho que el gran público se preocupa más por la obra hecha, acabada y, en el mejor de los casos, disfrutada.

Sospecho, en fin, que ese gran público valora el efecto persuasivo, aleccionador o entretenido que el libro pueda producirle.

Vuelvo al sofocón e insisto: me enferma ese volumen que deja ese poso amargo y que aún reposa sobre la mesa, ese volumen tan sentencioso, con erudiciones sobrantes y simplificaciones culpables y justicieras. En efecto, como un juez tonante, el autor condena o, en el límite, salva a novelistas o historiadores que trata o maltrata.

Pasan unas horas. Interior noche.

He de quitarme esta irritación, me digo. ¿Pero por qué me lo tomo así? No quiero responderme. Ahora bien, para paliar los efectos secundarios que el libro me provoca, necesito buscar un antídoto, necesito confortarme, necesito una obra alternativa, algún libro sabio, con conocimiento, con jovialidad.

Busco un texto que sane, que me resulta querido, admirable, que sea reparador. Su recuerdo o sencillamente su relectura  me aliviara.

Si tengo la suerte de hallarlo, ese volumen me permitirá acallar la voz temeraria del colega faltón que aún resuena en mi cabeza.

Al final lo encuentro en un libro de Umberto Eco. Naturalmente, Umberto Eco.

Digo que el volumen de Eco lo encuentro en un doble sentido: me procura pronto remedio tras empezar a releerlo; y lo en encuentro… tras haber estado ese ejemplar, mi ejemplar, desaparecido durante años.

De pronto recuerdo la historia de este bendito libro. De ese ejemplar concreto.

De entrada puedo decir que, probablemente, sus obras, las de Eco, sean de lo mejor que tengo y de lo mejor ordenado que hay en mis estantes variados y caóticos.

El volumen al que me refiero es Sulla literatura (2002).

Entre mis libros del ensayista italiano está la primera edición española, en traducción de Helena Lozano, que publicó la efímera editorial RqueR en 2002.

Recuerdo haber leído esta pieza tan codiciada inmediatamente. Mi adoración por Umberto Eco, por sus ensayos, nunca decae.

Leído nada más aparecer, al poco tiempo le pierdo la pista. Quiero decir que no sabré durante años a qué insólito rincón de mi biblioteca ha ido a parar.

Pasan tres lustros y finalmente decido comprarme otro ejemplar, en este caso en la edición publicada por Debolsillo, en una reimpresión de 2017.

Vuelvo al domingo 11 de diciembre de 2022, el día que necesito aliviar mi irritación.

De repente, al haberme reencontrado con mi ejemplar remoto (la edición, de 2002) siento una alegría enorme. Y siento que ese libro y su relectura pueden apagar la voz de ese colega tonante que aún me ensordece.

Recupero mi ejemplar y empiezo sus páginas. Con ello recupero la densidad y la ligereza de Umberto Eco, y también mis anotaciones a lápiz, abundantes, con las que yo, por entonces, laceraba mis libros.

Empieza a aquietarse mi ánimo y siento cuánto debo al maestro.

Lunes, 12 de diciembre. Interior día.

Me despierto con la sonrisa en la boca. Ah, Umberto. Primera colación.

De repente, abro el ejemplar que ayer me salvó la vida, la obra que me quitó el sofocón. Y, sí, veo algo también anotado con lápiz. No es una palabra o una glosa mía en los márgenes. No. No me refiero a mis anotaciones, sino al precio del volumen: 22 €.

Esto es lo que aún figura en el canto superior derecho de una de las hojas de cortesía. Ya saben en una de esas primeras páginas en blanco, de respeto.

Casi me da otro sofocón. De repente caigo en la cuenta: que han pasado veinte años.

Cuando hoy en día compro un libro de 22 €, por supuesto no creo que sea barato. Es una barrera psicológica que traspaso pensando primero y bien si el volumen actual merece el desembolso.

Lo que me sorprende es que hace veinte años, ¡¡dos décadas!!, el precio de la cultura, quizá de la cultura minoritaria, estuviera exactamente por las nubes. O algunos estábamos en las nubes.

Por supuesto, no me arrepiento de haber comprado aquel volumen a ese precio disparatado. Umberto Eco merece ese desembolso y todas mis adhesiones. La cultura no es gratis.

Entonces, ¿esta conclusión me lleva a contradecir el lema o moraleja que, entre otros, cantara Sam Cooke tan bellamente? The Best Things in Life Are Free.

No. Pero…

Lavorare stanca, como dijo Cesare Pavese. Y a mí me cansan los colegas sabihondos, los precios abusivos, los editores avispados y, en fin, mis tontos sofocones.

Umberto, I Miss You.

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