All About Corleone

Durante semanas he residido en el interior de El Padrino.

He vivido como si mi mundo y mis experiencias se solaparan con las de los Corleone.

He gozado o padecido vicariamente los sueños y los miedos de Vito y Carmella, las expectativas y fracasos de Michael, Santino, Fredo, Costanzia o Vincenzo.

He vivido con naturalidad en la novela, la de Mario Puzo, aparecida originariamente en 1969. Como si fuera mi mundo.

He leído varios ensayos con pasión enfermiza, ensayos que examinan a los Corleone, ensayos sobre alguno de los cuales (el de Alberto Mayol) me advirtió Juan Calabuig.

He vuelto a ver, cómo no, las películas de Francis Ford Coppola, esos films que multiplican la vida y el impacto de la novela. En repetidas ocasiones con arrobo, con avidez.

He descubierto y disfrutado una serie, The Offer (2022), que reconstruye la producción cinematográfica del primer film, los obstáculos que productor y director tuvieron que salvar para vencer toda clase de resistencias.

Anaclet Pons, grandísimo amigo que me conoce bien y sabe de mis flaquezas, me ha dado mecha y combustible, obsequiándome con un regalo que literalmente me quema el alma: The Annotated Godfather (2022).

Así, sin parar, durante días y días. He vivido, ya digo, en un mundo prestado, ajeno y finalmente propio, el de una ficción absorbente, egregia.

Y en todo esto que me ha pasado hay una paradoja…

En su momento, siendo joven y no tan joven, desoí los consejos de mi padre, que de manera persistente me recomendaba la lectura de Mario Puzo.

Su devoción por el novelista italoamericano nunca decayó. Por supuesto no entendía mi resistencia a leerlo.

Entre los libros que de mi padre conservo hay distintas ediciones y distintos volúmenes de Puzo. 

Qué mala cabeza. Desoí al padre tontorronamente: yo no creía posible que un best-seller pudiera equipararse a su grandiosa adaptación cinematográfica, la de Coppola.

Durante años me resistí a leer la novela de Puzo ya sin argumentos. Con una absoluta falta de sensatez.

Durante años me justifiqué aludiendo a casos presuntamente parecidos.

Me decía, por ejemplo: de To Have and Have Not (1937), una floja novela de Ernest Hemingway, Howard Hawks hizo un clásico indiscutible del cine negro con guión de William Faulkner y Jules Furthman.

Presuntamente, el caso de El Padrino sería equiparable. No atendí al padre y así me fue, perdiéndome hasta hace nada los placeres y los saberes de esa novela seminal.

Ahora, gracias a un insistente Toni Zarza, he sucumbido felizmente. Y así he podido convivir con los personajes de Puzo.

Me he visto inmerso en esta suma y saga de ficciones y favores, sobreviviendo entre las páginas y las secuencias de una familia y el poder.

Tan grande es mi contento que, por de pronto, poco más o casi nada más puedo escribir, comentar, glosar.

Aún vivo inmerso en su mundo mafioso, rodeado por Don Vito y Michael, por Peter Clemenza y Virgil Sollozzo, por Tom Hagen y Luca Brasi, por Sonny, Freddy y Connie. Entre otros…

Punto y aparte.

¿Qué es una organización mafiosa?

No sólo es un grupo delictivo que busca un provecho ilegal. Es, además, una organización, vale decir, debe estar constituida como una estructura y como una red: las informaciones suben y las órdenes bajan.

Eso significa que ha de tener jerarquía: unos, que son los jefes, y otros, que son los que ejecutan las órdenes además de vigilar por los intereses, por los sujetos y por el buen funcionamiento de la organización.

Emplean el favor, el servicio y la amenaza y la violencia: son sus principales recursos, instrumentos, capital.

El Estado y la Administración alimentan a cierto número de corruptos que están en nómina de la familia. O simplemente las instituciones no llegan a imponer la legalidad en determinados barrios.

En esos dominios no impera la ley, la ley común; no impera el mercado libre; no impera la seguridad.

El Estado es la instancia que monopoliza la violencia legítima. ¿Qué sucede cuando la policía está corrompida o sencillamente no puede imponerse sobre los violentos?

Entonces, la organización mafiosa dicta su ley, su marco de actuación, su concepción del mundo, sus amenazas y protecciones. Sus favores.

Esta organización no es sólo un grupo de extorsión. Es también un grupo de protección.

Primero te rompo el espacio, la legalidad, la norma, la normalidad y hasta las piernas. Provoco un caos institucional o económico para luego intervenir asegurándote tu supervivencia, tu cura, tu cuidado y tus lucros a cambio de ciertos servicios.

Eso genera un estado general de desconfianza en el que sólo la organización te da certidumbre.

En un mercado de recursos escasos o monopolizados por la mafia, entonces soy yo quien reparte a cambio de tu sumisión y adhesión.

Soy yo quien distribuye favores a través de redes personales: precisamente a través de esas redes fluyen los recursos escasos y fluye la información.

Pero para que la organización sea auténticamente mafiosa, es preciso algo más: que nuestras relaciones, que las redes que hemos establecido creen vínculos prácticamente primarios: familias o cuasi familias.

O, mejor dicho, una comunidad de lazos de sangre y de identidades, de afinidades, de sujeciones, de responsabilidades. Y deudas.

Continuaré. Continuaré escribiendo —no sé cuándo— sobre Vito o Michael, sobre la institución del favor, sobre la mafia. Y sobre las enseñanzas de Mario Puzo.

Pero antes debo asimilar todo sobre Corleone; antes debo saldar una deuda contraída…

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