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“Hablamos a veces del curso histórico diciendo que es «un desfile en marcha». La metáfora no es mala, siempre y cuando el historiador no caiga en la tentación de imaginarse águila espectadora desde una cumbre solitaria”, decía E. H. Carr en 1961.
Muchas décadas después, John Lewis Gaddis se planteaba la misma cuestión, los desafíos a que se enfrenta el historiador.
“Un hombre joven está de pie, sin sombrero y con un abrigo negro, sobre una roca alta, de espaldas a nosotros y se apoya en un bastón para resistir el viento que le agita y le enmaraña el pelo. Ante él se extiende un paisaje envuelto en niebla, en el que apenas se divisan parcialmente formas fantásticas de promontorios más lejanos”.
Nada sabemos de ese individuo, porque, de hecho, lo vemos de espaldas y no podemos intuir qué expresa su rostro, ese rostro que es incógnita, cifra, misterio.
Con esta imagen, Gaddis se valía de una pintura celebre, El caminante ante un mar de niebla (1818), de Caspar David Friedrich, elaborando con ella una metáfora.

“Para mí”, añadía Gaddis, “la postura del caminante de Friedrich –esa impresionante imagen de una espalda frente al artista y a todos los que desde entonces han visto su obra— «se asemeja» a la de los historiadores. La mayoría de nosotros piensa que, después de todo, en eso precisamente consiste nuestro oficio, en dar la espalda al sitio hacia el cual vamos”.
Y no es así, añadía Gaddis, pues lo que distingue a los mejores historiadores, lo que les diferencia y les eleva, es su implicación y la conciencia de estar insertos en el mundo.
En vez de dar la espalda a lo que ahora, precisamente ahora, acontece, se comprometen, incluso equivocándose, haciendo inseparables lo pretérito y lo presente, valiéndose de los instrumentos que la sociedad les da para evaluar, para contar el pasado, pero también para enjuiciar su tiempo.
En ellos, la vida y la disciplina que cultivan son inseparables; en ellos, el pasado que puede ser narrado y los lectores a los que persuaden y atraen son su motivación y su desafío. Les ayuda a fijar criterios.
El de la verdad como ideal regulativo, por ejemplo; el de sus reglas. La historia no es sólo relato: es una disciplina: te sometes a ciertas normas.
El historiador no escribe por mero afán de comunicación. El historiador no busca los documentos a su antojo, no discrimina sectariamente entre las informaciones. No desecha lo que que le estorba.
El historiador riguroso, somete sus ideas previas al contraste con los documentos. Por principio no se fía de ninguno de esos testigos, sabe que hay contradicciones y falsedades y racionalizaciones equivocadas.
Imaginemos a un médico de campaña que debiera intervenir quirúrgicamente, decía el antropólogo Clifford Geertz.
Apresurado, próximo a las bombas que caen y que amenazan con arruinarlo todo, no podrá exigir las mejores condiciones para operar, esas que son habituales en tiempos de paz, las que le permiten curar en un quirófano esterilizado.
Al no contar con un ambiente neutro, ¿deberíamos concluir que le dará lo mismo donde lo haga, en una sala aseada o en un estercolero?
Hemos de suponer que evitará el lodazal o el muladar; hemos de suponer que tratará de tenerlo todo lo más lustroso y fregado posible, aunque sólo sea para convencer al paciente de sus buenas intenciones.
Esas cautelas serían como las marcas del historiador, las pruebas que atestiguan su respeto a las reglas de la profesión. Pero no bastan. El galeno deberá tener, además, la intención última de salvar al paciente: como el investigador deberá, en fin, salvar la verdad de su relato.
Si no nos imponemos esa disciplina, entonces el interés de los lectores lo despertarán charlatanes, revisionistas, falsificadores y otros vendedores de quincalla historiográfica.
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El pasado no existe.
Madrid, Punto de Vista Editores, 2016

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