Presentamos en la Llibreria Ramon Llull la colección «Qué es» de Sílex ediciones. Y, con ella, los primeros títulos de ese fondo: Qué es la historia (2025), que firma quien ahora escribe, y Qué es la poesía (2025), de Manuel Rico.
La lógica de la colección se basa en una pregunta aparentemente elemental que parece rozar lo obvio.
¿Cómo que qué es? ¿No lo sabemos ya? ¿No llevamos siglos afirmando que lo sabemos? ¿No se han elaborado suficientes definiciones, tratados y glosas como para volver a incurrir?
Y, sin embargo, precisamente por eso, la cuestión es muy pertinente. En una época saturada de respuestas instantáneas, insistir en las preguntas básicas tiene algo de provocación intelectual. Cada vez estamos más informados de muchas cosas, pero quizá sepamos poco de unas cuantas esenciales.
Ese es, de entrada, uno de los aciertos de la colección «Qué es». Su ambición no consiste en dar respuestas definitivas. Eso sería ingenuo o postizo.
Ya sabemos con Borges que lo definitivo solo pertenece a la religión o al cansancio. Pues bien, en esta colección, nada de lo que se cuestiona es definitivo, nada de lo que se pregunta es absoluto y los autores, que yo sepa, no se dan por vencidos.
El objetivo de estos libros es devolverle prestigio a la pregunta esencial y a la pausa, a la demora reflexiva. Hoy, todo parece explicarse sin parar: en cápsulas, en hilos, en vídeos de escasos minutos. Todo lo que necesitamos saber se resume en tres ideas e instantáneas respuestas.
Los productores culturales se han acostumbrado al ritmo del consumo: rápido, concluyente. Y esa rapidez y esa claridad son sospechosas: a menudo nos sumen en la simplificación.
Con frecuencia se confunde información con criterio y machaconamente se identifica el pensamiento con la reunión de un repertorio de datos.
Permítanme decirlo: en este clima, un «Qué es» es una gozosa molestia: nos obliga a detenernos, a suspender temporalmente la opinión: lo importante nunca está del todo resuelto o liquidado.
Dentro de ese marco, el director de la colección, José Luis Ibáñez Salas, y el editor, Ramiro Domínguez, esperan que ustedes lean con especial interés Qué es la historia y Qué es la poesía.

Son dos libros que, en apariencia, pertenecen a universos separados: el oficio del historiador, por una parte; la experiencia de la poesía, por otra. Pero basta ponerlos uno junto al otro para advertir su parentesco inmediato.
Ambas, historia y poesía, son disciplinas y ambas se disputan el mismo ámbito: la palabra y el tiempo. Ambas son formas de elaborar sentido siempre perecedero, formas de hacer cosas con palabras.
Y, en fin, ambas han tenido que justificarse demasiadas veces ante el jurado de lo útil, que es el tribunal más terminante de nuestros días.
A la historia se la ha exigido que legitime: que ordene el pasado como si de una genealogía coherente se tratara. Se la ha obligado (con la culpable colaboración de los propios historiadores) a confirmar las identidades o a proporcionar razones para justificar el presente. A la poesía se le ha demandado algo semejante: que adorne, que consuele, que convalide.
Todo ello es falto.
La historia no es depositaria del sentido común de la nación. La poesía no es ornamento sentimental para encumbrar glorias pretéritas. Cuando se emplean así, producen imposturas: la historia como propaganda; la poesía como exaltación de una patria remota.
Rico y yo escribimos precisamente contra esa facilidad. O esa fatalidad.
Por mi parte aspiro en ‘Qué es la historia’ a examinar y difundir qué cosa sea mi disciplina: con rigor, sin oscuridades.
De lo que se trata es de no reducir la historia a un depósito de datos. Tampoco se trata de convertirla en un desfile de fechas; menos aún en refugio de una jerga oscura. Al contrario: quiero tratar al lector como a un interlocutor. Y lo que me propongo es tan simple como exigente.
La historia no es el pasado, la historia es una relación con el pasado. Es decir, una operación intelectual que nos permite y exige seleccionar, comparar, contextualizar, discutir, argumentar. En definitiva: hay que impedir que el pasado se convierta en una evidencia indiscutible y perenne.
Alerto en mi librito contra el pasado concebido como un material rentable. La historia se vende bien bajo la forma de épicas prefabricadas, nostalgias identitarias, agravios heredados y mitologías de bolsillo.
Es la materia prima preferida de la propaganda del nacionalismo. Los muertos indefensos siempre son aprovechables para las peores tramas.
La historia, cuando es historia rigurosa, estropea el negocio fácil, fraudulento, manipulador. Exige pruebas documentales, exige una deliberación acerca del sentido, exige contexto y contradicción.
Manuel Rico, por su lado, se sitúa en el lado complementario: ‘Qué es la poesía’ admite que la poesía, que la definición de poesía, no se deja atrapar. O si se deja, se venga.
Su libro no es un tratado académico, ni una doctrina estética. Es una exploración razonada que combina lectura, escritura poética, experiencia y reflexión cultural.
Rico habla desde su triple condición de lector, poeta y crítico, cosa que le permite un equilibrio poco frecuente: defender la poesía sin caer en lo inefable. No es sin más una vindicación de la experiencia, del hermetismo o del misticismo.
La poesía no es una terapéutica, ni una religión civil. Es expresión artística, una disciplina que funciona en una zona de intensidad y riesgo.
La formulación que plantea al comienzo es exacta: la poesía como doble aventura, vital e intelectual, que nos ata al universo del verbo, minoritario y perturbador.
Es minoritario, porque exige tiempo y oído, porque se opone al consumo rápido. Es perturbador, porque no confirma el lenguaje recibido, común, sino que lo pone en tensión hasta volverlo extraño.
La poesía, cuando acierta, no sirve para hacer más obvias o cómodas las enunciaciones de todos los días. Cuando las palabras aciertan, la,poesía sirve para recordar que ese verbo y su verso nos exigen una forma radical de atención.
Si se leen juntos ambos libros, el de Rico y el mío, vemos que establecen una disputa sobre una palabra imprescindible: verdad. Es una discusión que podríamos remontar a Aristóteles.
La historia persigue una verdad verificable y documentada, siempre debatible en el terreno común de la prueba y el argumento. Por su parte, la poesía persigue una verdad que no precisa apoyarse en lo real, en lo externo. El poeta no es un registrador: la suya, la del poeta, es una enunciación moral, emocional, perceptiva.
Los historiadores podrían reprochar a los poetas sus invenciones. Pero los poetas podrían acusar a los historiadores de añadir lo que no puede saberse o documentarse. Por su parte, los historiadores podrían replicar que sin pruebas todo es fantasía. Y los poetas podrían responder que sin la intensidad del verbo todo es enumeración y estadística.
Y, en cierto sentido, ambas partes tendrían razón. Por eso, la lectura de estos volúmenes podría ser conjunta, como un diálogo: método y lenguaje, precisión y matiz, juicio y sensibilidad.
De ahí el mérito de la colección «Qué es»: nos propone establecer diálogos entre disciplinas, cruce de saberes. La brevedad no tiene por qué rebajar el pensamiento, la síntesis no implica simplificar, la divulgación no supone necesariamente vulgaridad.
En una época en que todo nos urge, las preguntas esenciales exigen examen y duda. Las respuestas rápidas que liquidan esas dudas envejecen pronto.
Pero las preguntas básicas siguen interpelándonos durante años. Ojalá nuestros libros envejezcan bien, triturados por el uso.
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