Hay una frase que se repite con machacona insistencia: “la historia no sirve para nada”. Suelen pronunciarla, curiosamente, gentes muy seguras de sí mismas. Es decir: gentes que no han leído mucho o nada sobre el particular. Es una paradoja, sí.
En general, quien afirma que la historia “no sirve” lo hace con un tono práctico, urgido por las premuras contemporáneas, rindiendo homenaje a la tecnología que nos abruma.
Imagino que quien señala la inutilidad de la historia lo dice por sostener que el pasado es algo así como una aplicación obsoleta que ya no pudiera actualizarse. O algo así como si los siglos fueran versiones acabadas del sistema operativo humano.
Esta adoración del presente tiene consecuencias: nos vuelve adanistas, es decir, nos comportamos como si el mundo empezara con nosotros.
El adanismo nos hace conducirnos como si antes no hubiera habido nada de lo que sacar consecuencias: ni guerras, ni crisis, ni fanatismos, ni propaganda, ni corrupción, ni delirios colectivos, ni heroísmos anónimos.
El adanista cree que nuestra época es la primera que descubre o padece la polarización, una pandemia, la mentira política, el miedo al extranjero o el placer de indignarse en grupo. Y, claro, así es difícil entender nada provechoso.
El tiempo presente, aunque se revista con nombres nuevos, está lleno de palabras y cosas viejas, pero persistentes. El mundo cambia a gran velocidad: las tecnologías, los trabajos, los hábitos, incluso las formas del enamoramiento y del odio.
Aunque el mundo cambie a gran velocidad, existen materiales duraderos: ambición, miedo, resentimiento, deseo de pertenecer, voluntad de dominio, búsqueda de consuelo. La historia sirve para reconocer cambios, pero también para identificar esas persistencias que pertenecen a la condición humana.
Conviene aclarar algo esencial: la historia no sirve para predecir el futuro. El historiador no es un profeta ilustrado ni un fabricante de augurios. Nada se repite de forma exacta.
Los contextos cambian, los actores se transforman, las circunstancias se desplazan. Sin embargo, existen patrones, y aprender a reconocerlos permite comparar con mayor inteligencia.
El buen historiador no juega a ser adivino: aspira a pensar mejor. Su trabajo se parece más al de un detective que al de un coleccionista de fechas.
Llega tarde a los hechos, trabaja con rastros —documentos, testimonios, silencios— y construye relatos razonados, revisables, sometidos al juicio de los colegas profesionales. Esto es lo contrario del relato improvisado, moralizante e instantáneo tan común hoy.
Aquí aparece una paradoja útil: el pasado no existe como lugar al que podamos volver. No está intacto, esperando. Por eso son engañosos los discursos políticos reaccionarios que prometen regresar a un tiempo ideal donde todo funcionaba y la sociedad era armónica. Ese pasado perfecto nunca existió.
El pasado pasó, pero deja trazas.
Como podemos leer en esas etiquetas que advierten: “puede contener trazas de…”. Pues bien: el presente puede contener trazas de Imperio, de Guerra Civil, de crisis del 29, de viejo antisemitismo con maquillaje nuevo, de colonialismo reciclado, de miedo social con distinto ropaje. La historia sirve para detectar esas trazas antes de que, por uso o abuso, nos provoquen una alergia colectiva.
También sirve para reducir el ridículo público.
Vivimos rodeados de comparaciones grotescas: cualquier disputa es “como” una guerra mundial, cualquier conflicto es “la caída de Roma”. Comparar es inevitable, pero comparar mal empobrece el juicio y confunde.
La historia con método enseña a distinguir semejanzas y diferencias, a reconocer patrones sin borrar contextos, a buscar estructuras profundas: mecanismos de poder, fabricación del consenso, retóricas del miedo, procesos de normalización de lo inaceptable.
Desde la historia, además, aprendemos que no solo importan los grandes acontecimientos, sino también los objetos, hábitos, símbolos, consumos y lenguajes. Una canción, un uniforme, un eslogan, una serie o una viñeta también educan hoy y en el pasado. Lo banal siempre moldea mentalidades.
Nuestra época no se define por falta de información, sino por el exceso. La sobreabundancia de datos produce saturación, no juicio. La historia obliga a ordenar, seleccionar. Nos entrena a preguntar quién habla o actúa, por qué, con qué medios, con qué intereses, con qué efectos.
Quien desconoce el pasado no es más libre: es más manipulable. Confunde opinión con conocimiento, emoción con criterio. Sus miedos y enfados son fácilmente explotables por demagogos.
La historia no garantiza un futuro luminoso, pero ofrece orientación. No impide que tropecemos, pero ayuda a reconocer obstáculos ya conocidos. Mientras existan personas dispuestas a examinar pruebas, reconstruir contextos y desconfiar de soluciones simples, seguirá existiendo la lucidez.
Siempre habrá alguien que diga: “esto nunca había pasado” o “esta degradación jamás se había dado”. Pero siempre habrá alguien con lecturas, con prudencia, con ironía, dispuesto a responder. “No, no, te equivocas. Hubo algo semejante y ya sabemos cómo acabó la última vez. Así que vamos a comportarnos”.


Deja un comentario