Armado hasta los dientes

imageCuando niño –justo cuando apenas sobrepasaba los tres, los cuatro, los cinco o los seis años–, Melchor, Gaspar y Baltasar fueron generosos conmigo.

Conforme fui creciendo, los obsequios reflejaban apetencias masculinas e influencias televisivas: todo muy fálico y viril.

Resultaba chocante: yo me tenía por un pertinaz pecador y un malevo. Y, sin embargo, llegaban religiosa y puntualmente los regalos más anhelados.

Entre el patrimonio que conseguí reunir había artículos de gran utilidad para saber desenvolverse en la vida práctica de nuestros días. Paso a enumerar dichos adminículos.

–Un traje de romano, con pechera y restantes piezas de material plástico. Me recuerdo por la calles principales de Catadau desfilando con paso marcial. Yo me mostraba orgulloso de mi indumentaria, aquel uniforme de infantería imperial.

–Un trenecito de cuerda de escaso tendido: siempre en círculo para así evitar su descarrilamiento en la mesa camilla. Imaginaba recorridos más excitantes, no el monótono discurrir de la locomotora.

–Un juego, un kit, de rifle Winchester de repetición con revolver cargado con cinco falsas balas alojadas en la recámara. Los pistones detonaban. Los cañones de ambas armase impresionaban

–Una metralleta de tambor que no disparaba munición alguna, pero cuyos percutores funcionaban verosímilmente con estrépito de sierras mecánicas.

–Un Campeón Ferrari Payá, la envidia de mis contemporáneos: un bólido rojo de grandes dimensiones que sin ser bala, alcanzaba una dignísima velocidad, no mucha, es verdad, por la pesadez de sus materiales.

–Y, finalmente, a la edad de nueve años un rifle de perdigones. Lo he detallado en ‘Españoles, Franco ha muerto’ (2015). Yo ya era un joven imberbe, un muchachito, cuando mi padre me regaló ese rifle de perdigones: un lujo accesible y bastante común entre los niños de entonces, entre los niños de 1969.

Contaba eso, nueve o diez añitos, Franco había dispuesto su sucesión a la Corona y mi progenitor quería hacer de mí un hombre de provecho. Todo muchacho debía afinar su tino. ¿Era un tipo belicoso?

No. Cuando el niñito disparaba, siempre tenía miedo de aquellos balines. Pero disparaba, sí, alentado por el papá. ¿Y por qué tenía miedo?

La munición podía obturarse, quedando alojada en el cañón. O el plomo podía saltarle un ojo a un paseante eventual. Tenía miedo, sí, pero disparaba, vaya si disparaba.

Siempre tiraba a dar: a los blancos de cartulina, a las latas de conserva que los domingueros arrojaban aquí y allá como inmundicia evidente, como lastre.

Por eso, quienes íbamos a disparar –acompañados de un adulto– tomábamos los botes como una suerte, como un blanco. El ruido metálico nos hacía creer que aquello ya no era un juego de niños.

Un día, siendo adolescente, apunté a un pájaro. No era como las palomas o perdices que le ponían a Franco para que se resarciera, sino un colorín: el preferido de mi abuelo, que siempre tenía uno o dos enjaulados.

Apunté, vaya si lo hice. Abatí mi primera pieza con un horror infantil. El muchachito que aún era lloró y se lamentó, queriendo devolver al ave la vida. Fue entonces cuando abandoné el rifle y los perdigones.

El arma permaneció arrinconada durante años en un armario empotrado de la casa. Sola, incongruente, sin aceitar. Mi señor padre y yo nunca volvimos a untar el mecanismo ni jamás volvimos a hablar del rifle.

Esto que les cuento no tiene moraleja belicista ni antibelicista. El contacto con aquel arsenal no me hizo más violento ni más agresivo. Pero la espada, el Winchester o la metralleta de tambor me hicieron creer que de la guerra se sale indemne.

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