San Valentín

Juan Calabuig y Justo Serna

Nota de los editores.

El relato que abajo reproducimos aparecerá pronto en la colección Noire/Giallo. La Editorial Smith & Wetson se imagecomplace en difundir en España la obra de un escritor de fuerte pegada.

Este relato y otros que completarán el volumen forman el emblema de lo que la crítica ha denominado ‘New New Romanticism’. Se trata de una corriente norteamericana de gran audiencia entre lectores muy exigentes.

El libro es obra de Fiero Ron, seudónimo tras el que se oculta un gran escritor. Su nombre, ya va alcanzando cierta celebridad entre los expertos franceses.

El volumen que publicará Smith & Wetson Papers es ‘Dos balazos, Sartana’; el traductor es Manuel Jaenz, que ha hecho un gran esfuerzo por mantener modismos y expresiones del hampa en español eficaz; y el relato que ahora reproducimos se titula ‘San Valentín’. Es un adelanto que publica en España la revista ‘Clever Minds’
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Todo empezó hace dos o tres semanas. Hacia finales de enero, seguro. Esa noche, con la banda, habían acudido al Montmartre Café algunas de las chicas más vistosas. El jefe tenía negocios que terminar con unas cuantas botellas de Perrier-Jouët y debía hacer entrega de varios escotes.

Hablemos de Laurie: su edad se la reserva y sus deseos más íntimos, también. Hasta hace poco era la preferida de Jack “Gun” Gun. Para cualquier buen entendedor, con eso ya está todo dicho.

No en balde, alguien, en otra ciudad, le espetó una gran verdad cargada de desprecio. Citaba alguien para acabar diciendo: “se puede llegar muy alto cuesta abajo” ¡Qué gran carrera! Con esas palabras demasiados hombres podrían resumir el currículo de Laurie.

Los matones de Moran aparecieron por el local ya avanzada la madrugada. Tan sólo se trataba de un juego inocente, “amistoso”: tomar unos tragos más y hacerse los encontradizosen uno de los sitios de moda de la ciudad. O sea, poner un ratito los huevos en nido ajeno y ver caras nuevas ¿Qué mal hay en eso?, decía Moran a sus esbirros.

El jefe no dijo nada. Esa noche había que hacer negocios y divertirse. No era el momento aún para el plomo. Todavía no le había llegado a nadie la hora de terminar boca abajo, con la mirada perdida en un charco de sangre.

Les acompañaba aquellos días un muchacho alto, refinado, diferente a todos los gorilas a las que Laurie estaba acostumbrada. Ella ya le había echado el ojo en alguna que otra fiesta de esas en donde se emborracha a escondidas lo mejorcito de Chicago.

El muchacho es de familia rica, es estudiante y juega al fútbol en los Maroons. Un chico sano y limpio de mierda de día, pero que por la noche le gusta ir de malote probando de todo como si no hubiera un mañana.

Con esas inquietudes y con dinero fresco en la mano para gastar sin límites, era normal que conociera a alguien que le ayudara a pasearse y fundirse los posibles de la familia por el lado salvaje de la vida.

Eligió mal a sus amigos. Escogió peor. Y vaya si lo hizo: la mujer de la que enamorarse y, si Dios no lo evita, se dará cuenta de ello pronto y esta vez, sin remedio.

Todo empezó hace dos o tres semanas, hacia finales de enero, sí. A veces, Laurie no sabe muy bien si no se tratará todo de un sueño, pero un sueño no dura semanas, ¿no es cierto? O tal vez sí. Igual si cierra los ojos de golpe y los vuelve a abrir. No sabe y no está en las mejores condiciones para dedicarse ahora a cavilar.

Sucedió todo rápidamente, en muy pocos minutos. Ella había ido al tocador y cuando se dirigía ya a la mesa donde las chicas estaban alegrándole el día al gran hombre y sus socios, se topó en la entrada con los soldaditos de Moran. Bastó con un cruce de miradas.

Frankie cogió una flor de un jarrón de la barra, una púa loa rosa y blanca y se la ofreció preguntándole: “¿Te reirías si te digo que me gustas porque no veo a ninguna otra mujer en este antro?” Lo que se dice, un hombre con clase.

No hablaron más esa noche. ¿Para qué? Tenían ya el resto de sus vidas para hacerlo. Nadie, ni Gun, siempre buen perro guardián, se enteró: en ese momento hundía sus babas en las tetas de Martha. Y ya tenía bastante trabajo, ya.

Una tarde, Lorraine llegó al Rosie’s bar, el lugar donde se reúnen cada tarde las chicas para que las recoja alguno de los muchachos, y cuando nadie prestaba atención, alguien le pasó sonriendo una billetito con una dirección escrita con letra elegante y tinta cara. Era de Frank y se la había dado a la única amiga de Laurie algún conocido común.

Tampoco es que a Laurie le importara demasiado en esos pocos días de felicidad. Una chica como ella, uf, cuya biografía tiene más manchas que la radiografía de un tuberculoso.

Frank y Laurie se estuvieron viendo esos días fuera de la ciudad. Quedaban cuando él llamaba al Rosie’s y decía que era su primo. Alguna vez en una casita junto a un lago, otras en moteles de carretera, otra en el apartamento de un compañero de universidad.

Fueron cuatro, cinco veces todo lo más. Laurie no se hacía ilusiones, no podía ni sabía hacérselas. “No te encapriches nunca de una puta y menos todavía de una de ojos verdes”. Lo decía cada vez que lo abrazaba sin creer en sus propias palabras: “No te lo tomes tan en serio cariño, mis besos no son de amor, tan sólo es oficio”.

Únicamente cinco veces y Frankie dispuesto a enfrentarse a todo, a Jack, a sus padres, a su futuro, a sus dudas. ¡Pobre chico rico! La “Las cosas son como son. Soy un tonto por quererte, por querer tener un amor que es para otros también”. Joder, todo un poeta.

Para disimular sus lágrimas Laurie bromeó: “Parece que estés componiendo una canción” y él completó aquellas risas: “Algún día un cantante llamado Frankie pensará en una mujer como tú y hará famosa esta canción: ‘I’m a fool to want you’. Los músicos se matarán por grabarla y sonará en todas las radios del mundo. Seguro, es inevitable” ¡No lo decía Laurie; lo decía todo un poeta!

Dos noches, mientras Magda y Laurie escuchaban unos discos nuevos y jugaban al rummy junto a la ventana, los muchachos no paraban de beber y de reírse: “¡Ya era hora!”, dijo Gun. “¡Esta vez sí que nos libraremos de esa escoria de Bugs Moran y para siempre!”

Más risas y advertencias: “¡Cuidado con fallar alguno y con hablar más de la cuenta! Todos aquí el jueves a las nueve. ¿Está claro? Y ahora a casa que el jefe está muy preocupado con este asunto”. Risas.

“¿Qué otra cosa podía hacer yo?”, se preguntaba la muchacha. Estuvo esperando inútilmente a ver si aparecía Lorraine. No pensaba en otra cosa. Como fuera tenía que avisar a Frank. Al final y sin pensar en el riesgo que corría, le dijo a Jimmy, el muchacho encargado del teléfono del bar de Rosie que si llamaba su primo le dijera que estaba muy ocupada, que no la llamara esos días y que ni se le ocurriera acercarse al North Side la mañana del jueves porque su tía, mi madre, lo necesitaba para unas obras.

“Ya lo sé, una estupidez, ¿pero qué otra cosa podía hacer?”, se reprocha. Finalmente vino Joss el Rata a buscarla a la pensión. La trató con dureza y ni siquiera se molestó en disimular al palparle el culo cuando entraban en el ascensor. Mala señal.

La llevó al almacén, detrás de la oficina del jefe y le dijo que Jack vendría a buscarla cuando fuera posible, que había problemas para la banda y que iba a traer a todas las chicas y ponerlas a salvo hasta que escampara.

imageEn ese momento, Laurie no espera nada bueno. La puerta del almacén está cerrada por fuera. Han pasado las horas, se ha hecho de noche y allí no acude nadie, ni el Rata, ni las chicas. ¡Nadie! Laurie sabe que Jimmy ha cantado y que no tiene escapatoria.

Tiene miedo, incluso pánico, y no es por ella. Sabe que a Frankie va a pasarle algo malo y que después vendrá Jack a buscarla. Eso es lo único cierto en todo lo que Joss le ha largado. Ojalá todo termine pronto. No soporta bien el dolor.

Dentro de unas horas es San Valentín y esta vida de mierda la ha enseñado que el amor eterno es aquel que termina cuando no se espera.
“I’m a fool to want you
I’m a fool to want you
To want a love that can’t be true
A love that’s there for others too.”

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